Prosas viejas

La fábrica de sonrisas

 Alvaro Figueredo

Erase que se era – en muy remota edad y en pueblo sin nombre, pues se lo comió el olvido- un excelente ciudadano que vestía de gris, gastaba carácter bonachón y sólo durante el baño privilegiábase de fumar, su único vicio. Ojo zahorí, seguía en el prójimo inclinaciones, necesidades, flaquezas, chifladuras y virtudes – todo el barro humano – a fin de sacar de tal estudio conclusiones de provecho. Así, al cabo de escudriñar en rostros y vidas innumerables, dio por averiguado que muchísimos seres no estaban conformes con su sonrisa. En algún semblante leyera:

- “A mí me falla cuando más la he menester, la sonrisa. Por eso entre mi cónyuge y yo hay un abismo”.

En otro – “he perdido la confianza de mi patrón por mi torpe sonrisa, nada más”.

Y en otro todavía: - “Soy un comerciante de aptitudes pero, debido a mi sonrisa que una chiquilla cruel calificara de merengue, sobre los estambres de mi tienda “La Primavera Florecida”, el hombasí y el madapolán, ¡qué desdicha!, se pudren de viejos.

El hombre de gris – que ardía en ansias de acometer alguna industria con la cual hacer el bien de la humanidad acumulando riqueza de paso en poco tiempo – decidió un día invertir su capitolio en una casa de sonrisas. Mas... ¿cómo fabricarlas? En larga consulta con la almohada – consulta inquieta y continua - se estuvo hasta avanzada la noche tratando, en vano, de idear el procedimiento. Pero sujetos venturosos existen - ¿qué duda cabe?- y asimismo empresas inverosímiles destinadas al éxito. Hacia el alba, la madrina del excelente ciudadano- que lo era el hada de la buena fortuna- compadecióse de su afán estéril y resulta a ayudarla, acudió a ella sin pérdida de tiempo.

Disuélvese la pastilla lunar cuando el hombre de gris - nombrémosle ya- Navor Pelika- advierte desde el lecho un camino de luz. Por él llega a Navor el hada, háblale y sonriéle con gentileza de reina, con dulzura maternal –más aún: abuelesca-: no le niega, por supuesto, el don que Navor anhelaba y, luego de cariñosa despedida aléjase por el mismo camino maravillante de su aparición. ¡Qué alegría en el alma de Navor Pelika! Dueño de los resortes de su industria, saltó de la cama contento y feliz cual un príncipe de ocho años la mañana de Reyes.

Apenas principiaba la agitación diurna, cuando Navor echóse a la calle, seguro de sí, radiante y preocupado. Preocupado en su plan de actividades: arrendar un local adecuado, buscar operarios capaces, confiar a expertos la propaganda secreta de la flamante mercancía. Todo le sale a pedir de boca el día aquel y los subsiguientes y transcurridos diez o doce, abre las puertas del establecimiento. Apostado a la entrada, espera los primeros clientes con aire triunfal. De todas partes afluyen compradoras y compradores. Cada cual merca la sonrisa de su agrado, y apenas la recibe, la ensaya. Semanas, meses de indeclinable actividad. Miles de gentes van entregando a Pelika, en pago de lo que se llevan, brillantes o deslucidas moneda. Y forman los discos de oro bonitos montañas que Navor, después de cada jornada, gusta contemplar, derribar o rehacer.

Es fuerza contratar nuevos empleados para el despacho, que se afectúa en gabinetitos discretamente reservados, como esos de los montepíos y bioc-a-bracs. Al llegar a salir de la sección ventas, suelen entrecruzarse personas que se conocen, pero no importa, porque simulan no verse.

El negocio anímase más y más. Navor se hace acaudalado, poderoso, punto menos que omnipotente. Ancianos de la comarca afirmaran con vehemencia:

- Ya sospechaba ya que ese muchacho de Pelika iría lejos.

A todo estos, en su país de encanto, no había olvidado a Navor el hada de la buena fortuna. Una noche de verano en que los astros volcaban sobre el mundo miradas de mujeres en flor, se determinó a visitarlo por la segunda vez, y puso en obra, en seguida su pensamiento. El ahijado, a solas, repetía: - si viene se lo pediré, oh sí se lo pediré.- De pronto sintió en su ánimo una ola de dulcedumbre y vió ante sus ojos la resplandeciente majestad del hada.

- ¿Cuál cosa te es necesario, hijo?- habló esta sencillamente. Y la pregunta, por unos instantes, no tuvo respuesta. Luego, recobrado, Navor dijo:- Os ofrezco las gracias, hada, por el don estupendo que me disteis. Su virtud me ha hecho, en sólo seis meses de trabajo honrado, inmensamente rico.

- ¿Y ansías seguir enriqueciendo?

- Algo más, si no os oponéis...

- Yo, el hada, ¿oponerme?

- Aspiro a poseer un poco más, abuela. No es justo que resulte menor mi fortuna que la de Síbul, ese tuerto. Puesto que sois para conmigo buena sin medida, ¿no podríais modificarme el don, ampliándolo?... Deseo fabricar también risas y llantos.

- Así sea. De hoy en adelante poseerás la gracia antigua acrecentada en la forma que pides. Adiós, hijo. Pórtate bien.- Y desapareció el hada, dejando a Navor loco de júbilo.

Nace de esta escena la etapa principal de nuestro héroe y de su negocio. Porque comienza a raíz de ella la fabricación de diversidad de risas y diversidad de llantos. Risas: uniformes, cambiantes, redondas, cuadradas, apacibles, erizadas, estentóreas, en un tiempo, en dos tiempos, en cuatro tiempos. Llantos: monótonos, estridentes, serpentinos, rectos, extensos, fugaces, helados, sincopados, hirvientes, bárbaros, apabulladores. Los subalternos de Pelika no dan abasto. Impaciéntanse al sufrir excesivos plantones los clientes. Retan a los empleados:

- Qué desconsideración!

- Estamos abrumados de tareas, señora.

- ¡Y una, apuradísima! Mi amiga, la que en el concurso en que ganara yo

un accesit, resultó reina de la belleza, está en las últimas... A ver...¡dos horas justas que espero! Ya debe haberse muerto.

- Es sensible. ¿Y usted desea, señora?...

- Un llanto desgarrador.

 


 

Resultancias imprevistas trae más tarde esa aceleración del ritmo de la casa. Multitud de damas y señores – cada individuo por su cuenta- quiere entrevistar privadamente a Navor. Inútil que los empleados inquieran con habilidad los motivos: -“Debo entenderme con él, por asunto que a él interesa, retenga usted esto, tanto como a mí”. Va adentro el ordenanza. Torna: Don Navor accede. El visitante es introducido en su escritorio. Demora allí un rato el visitante. Frecuentemente un buen rato. Sale y se va. Nadie sabe, todos ignoran de qué se ha tratado. Y así decenas, veintenas, centenares de veces. Por otra parte, arrecian las devoluciones, a los que atiende Navor en persona, cuando no por espontánea condescendencia, bajo la amenaza de un escándalo. Además, la clientela disminuye notablemente; margen resta ahora a los empleados por holgar.

Trasmútanse en plomo y tinieblas el azul y el rosa de tu cielo, ¡oh, ahijado de la buena fortuna!.

 


 

Así las cosas, otra vez – y cuán oportuna- la visita del hada.

El hada ha saludado a Navor con acariciante, mimo. Navor, que ha respondido silencioso, continúa en prolongada mudez. Lo mismo el hada, la cual, presta a marcharse, supone: -“De tanto que me agradece, no logra articular una palabra”- Y padece un error. Muy otro es, en verdad, el momento interior de Pelika. Conflictos terribles lo transtornan. Ha de exponer cuestiones graves, complicadas. De esta nueva aparición providencial depende el que cierta gran esperanza que lo sostiene, se torne o no en realidad tangible.

- Siempre molestándola – atrévese.

- No es nada, criatura. Soy toda oídos.

Vacilaciones aún, y al fin Navor lánzase entero. Enumera vicisitudes de su negocio, contrariedades, altercados, exigencias. El gesto benévolo de su genio tutelar adquiere, a medida que la exposición avanza, rigurosa adustez. Navor murmura por último un ruego. El hada mueve, en son de negativa, su nevada cabeza.

- Será ésta mi postrer súplica, os lo juro.

Apetezco sólo eso. Nada más que eso

Ha aseverado Navor que, de no crearse renglones complementarios la casa languidecerá. Ha referido cómo se presentan de continuo clientes quejosos. No les basta con una sonrisa, una risa o un llanto perfectos –ha recalcado, - Le es necesario al gaznápido parecer, siquiera sea a través de un pequeño lote de frases exquisitas; al ignaro semejar, fugazmente, un pozo de sabiduría. Y yo espero de vos...

El hada, ante la desmedida pretensión de su protegido, monta en cólera, tiéntase a arrebatarle la grada que le concediera, y retírase refunfuñando:

- ¡Qué también!...

A partir de entonces, Navor será un ciudadano cualquiera y menos que muchos: un sujeto taciturno y opaco. No le moverá el usufructo de su industria ni el cuidado de sus intereses. Sorprenderá a la consorte y a los vástagos con una cara que no le conocían, de desmedro y derrota. La conciencia de haber sido mal ahijado, pesará sobre sus hombros cual una gran piedra. Un cáncer que no perdona consume la energía moral y física de los desagradecidos y los neciamente ambiciosos: de ahí que, víctima del remordimiento. Navor caiga enfermo. Una noche vuela al Más allá. En el Más Allá permanecen: su mujer, su prole, sus dependientes.

Falta del secreto que el fundador no pudo traspasar, la fábrica sobrevívele apenas. Las sonrisas. Las risas y los llantos salidos de allí antes de la muerte de Pelika, siguen conservando después toda su eficacia. Y no es improbable que aún hoy, a la vuelta de millones de años exista todavía uno que otro ejemplar de las creaciones aquellas, descangallado, por el uso.

Julio Garet Mas

Año III.- Montevideo, diciembre de 1943.- Nº 15.

       
 

 

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