SHIRLEY ALVES

Nació en Artigas, en 1958.

Activa participante del Taller Literario y del quehacer literario de Artigas. Secretaria de la Página "Hojas del Cuareim" del Semanario Propuesta. Ha publicado en Ocho puertas. Pertenece al Grupo Literario de Artigas.

Los textos seleccionados pertenecen a Ocho puertas.

Dos textos, puede decirse borgeanos, por el intento de recrear un ángulo insólito de observación; uno de ellos muy cercano, además, a la Ciencia-Ficción. No se señala una dependencia, simplemente un aire que es parte de esa forma imaginativa con que plantea su visión del mundo. ¿Cómo sería una serie de textos que no tuvieran la página 99? Y ella explica una razón de Ciencia-Ficción porque hay un libro que no tiene “La página 99” que vende determinada librera y hay en otro caso un “Libro inteligente”. En las penúltimas oraciones de este último se plantea la perspectiva desde dónde se cuenta para permitir la comprensión del sentido general de ese libro inteligente. Yendo al último texto, una calle es un nombre y nada más, “Pilar Costa” y recrea quién fue Pilar Costa, para terminar en un cierre notable, diciendo “todos somos Pilar Costa”, esa persona cuya figura cuya imagen se ha perdido y queda solo ese nombre nominando una calle.

Pero me parece que el tono fundamental de estos textos que hemos seleccionado de Shirley Alves está en cuando imagina la vida de una persona, que somos todos, porque inmediatamente se reconocen todos en “Vivir en prisión”.

 

VIVIR EN PRISIÓN

El tiempo se había cumplido, la prisión se hizo pequeña...

Octubre la recibió.

Con andar inseguro, dio unos pasos...

fue presa por los ruidos, las luces y los autos.

Los días pasaron...

también la gente, el hambre, el dinero y la lluvia.

Y fue lunes... y domingo...

La niña se hizo madre...

y fue presa por los niños y sus deberes.

Los inventos del hombre hacen que viva presa

de controles de TV. radio, video y computadora.

Los octubres se suceden...la marcha se hace lenta...

hoy es presa de los remedios, los dolores y los nietos.

 

PLAYA LEJANA

La pareja, desde la ventana del apartamento, todos los días observaba, el gran movimiento que se producía en aquella parada de ómnibus.

Mujeres que cargaban bolsos, niños, sillas plegables, sombrillas, todo lo necesario para un día de playa.

Eran momentos de tensión; los niños apurados se empujaban, se arrimaban al cordón de la vereda; las mujeres los reprendían, hasta que ¡al fin! todos saltaban de contentos con la llegada del ómnibus.

Cuanto éste marchaba, la pareja imaginaba la llegada a destino -buscar un lugar para armar la sombrilla, extender la toalla, vigilar a los niños que corrían de un lado a otro, perdiéndose en un segundo entre la multitud-, -al poco tiempo ya estarían con hambre y pedirían algo para comer, todos sucios de arena-, -comerían sin masticar empujando con agua y coca y pedirían más y más pero...

¡ Hay que dejar para mas tarde! -les rezongarían-

¡Vayan, vayan a jugar que vamos a tomar unos mates!.

Las mujeres comerían bizcochos y tomarían mate dulce, cuidando de no estirar mucho el brazo, para evitar que el vecino les tomara algún mate.

El sol comenzaba a debilitarse...mientras la pareja seguía pensando en aquellas mujeres- recogiendo todo para volver...nuevamente hacer cola y esperar el ómnibus. Los niños cansados, con sueño, con hambre, con ropa sucia y mojada, peleándose por el único asiento libre donde sentarse y dormir un poco, o conformarse con venir parados, llorisqueando, prendidos de las piernas de las mujeres, apretados entre sillas y sombrillas. Por mas dormidos que vinieran debían bajarse, seguir caminando. Entre retos y maldiciones, llegarían a sus casas, tirando ropas mojadas y chinelas sucias por todos lados. Luego "obligados" deberían bañarse y comer lo poco que había sobrado, o algo de la heladera.

La pareja había pasado todo el día en el apartamento con el aire acondicionado encendido, no les gustaba el verano, les molestaba el calor del día, las moscas, también los mosquitos de la noche. No les gustaba la playa, ni siguiera la conocían, pero se imaginaban que era arena y agua. No habían salido ni un momento del apartamento, pero estaban con las mentes agotadas de tanto pensar.

La noche los encontró dormidos tirados sobre el sofá.

EL LIBRO INTELIGENTE

Generalmente un libro está dividido en secciones o capítulos, según los temas que trate. El libro que iba a escribir – o que ya lo tuve en mis manos- tenía las hojas de colores, según los temas tratados; los referentes al agua en celeste, al fuego en rojo y a los hombres en marrón.

No se si algún día lo publicaré (o si tal vez ya lo hice) sólo recuerdo que cada día que pasaba le agregaba una hoja, o sea, fue escrito hoja por hoja, a medida que las escribía las colocaba en el lugar correspondiente. Nunca llegué a leerlo totalmente, ni siquiera pude corregirlo, pues siempre que lo abría para leer algo, debía cumplir con la consigna escrita al final, que a veces eran órdenes para hacer algún ejercicio físico, rezar alguna oración o simplemente leer alguna otra página (ya le tenía un poco de miedo). Otras veces debajo de una receta de cocina decía: "Nota: cuando termine de leer la receta, debe picar esta hoja junto a los demás ingredientes", una fuerza extraña me impulsaba a cumplir la orden.

Esto no alteraba la numeración de las páginas, al cerrar el libro las hojas volvían a numerarse automáticamente.

El día que me rebelé y dije ¡basta!, no escribo más este libro, no voy a poder publicarlo jamás. Nunca sabré lo que se siente frente al público que asiste a una presentación. Me decidí ponerlo en la basura, pero... no pude levantarlo de encima del escritorio, estaba como colado a la madera, resolví llamar a un vecino que me ayudara, éste tampoco pudo hacer nada y así sucesivamente la gente se fue amontonando en mi casa. Cada uno daba una idea: "hay que cortar la madera", -dijo uno-, pero hay que llevar el escritorio a la carpintería. Mi asombro fue mayor aún, nadie pudo mover el mueble del lugar, todos empujaban pero aquel parecía clavado al piso.

Agotada de tanto esfuerzo agradecí a todos por haberme ayudado, empecé a despedirlos rápidamente de miedo a que alguien se le ocurriera leer el libro que había motivado tanto alboroto.

Ya más tranquila, me di cuenta que debía seguir escribiéndolo.

Para evitar problemas, le hice una tapa de madera con candado y todos los días cuando terminaba de escribir la hoja correspondiente lo trancaba y guardaba la llave.

Hace algunos días algo cambió en mí, no recuerdo mucho, solo sé que me acosté a descansar y viajé mucho – en ese viaje no escribí nada- y hoy cuando desperté de mi sueño ya no estaba en mi cama, parece que hace muchos días que no escribo, aquí no tengo con que hacerlo.

Me enteré que mi libro ahora está para la venta en todos los comercios, fue traducido a varios idiomas y cada persona que empieza a leerlo lo sigue escribiendo.

       
 

 

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