Historia de un amor turbio

Leonardo Garet

" Primavera de 2008, núm. 1"

 

Si una idea de América como territorio en pleno proceso de conquista para “la civilización”, lo puede dar la cuentística misionera de Quiroga, quizás nada más apropiado que Historia de un amor turbio para un acercamiento a la idiosincrasia ciudadana en el mismo período. Así lo pueden considerar los lectores de Amsterdam-Sur, con plena convicción.
Elaboración. Ediciones.

 

Historia de un amor turbio se editó por primera vez en 1908 (1). Se había adelantado un fragmento del capítulo I, en la revista Caras y Caretas, año 11, núm. 526, oct. 31, 1908. Vio la luz junto a Los perseguidos que, sin embargo, en reiteradas reseñas bibliográficas figura como de 1905 (2). Las extensiones de uno y otro texto no son muy diferentes, sin embargo, al primero se lo clasifica siempre como novela y a Los perseguidos se le considera, en cambio, cuento, o nouvelle. La distinción es acertada porque debe agregarse que Los perseguidos se conforma con un asunto único, e Historia de un amor turbio se complace en un moroso desarrollo de un tema y sus varias derivaciones. 

Historia de un amor turbio fue el confeso resultado de la prolongación de un cuento. Y eso no se oculta en el momento del estudio del texto. La intención inicial había sido, sin embargo, la de novela: “De día no tengo tiempo. Sin embargo, he seguido mi novela que no será tal sino cuento. Creo no estar maduro aún para ese aliento. También Brignole, que debía ser el protagonista, ha desaparecido para dar lugar a un Rohán que tiene casi todo de mí en el cuerpo de Brignole. La cosa fue porque el cuento es a base de honda sicología de amor, y el amigo Amicus no siente esas sacudidas bastante literariamente. Sin embargo, Brignole prestará al cuento sus poses de Athos y su bella impasibilidad cuando sufre dispepsia” (3).
Este texto encontró la forma de cuento que su autor creyó definitiva y de inminente publicación: “De mi libro te diré que espero lanzarlo en agosto, si encuentro $400, cosa no fácil. Hay un editor Moën que me corteja suspicazmente hace tiempo, pero no me habla claro. Creo que para este libro no se anima del todo a editarme. Pienso también hacer una edición amarilla, tipo francés común, y sin carátula, por lo tanto. Me he enfangado tanto antes en decadencias, bellos gestos y singularizaciones, que tengo horror a todo lo que pueda hacer creer en una de aquellas cosas. No obstante si me mandaras modelo de carátula –cosa bella Maguer fuera d’annunziana, que es mucho decir, placeríame como a ti la empresa. El título será Eglé Elizalde, el libro tendrá 23 cuentos y constará de 270 páginas en 8º. El primer cuento, título del volumen, es casi novela corta” (4).
Ese libro y ese cuento no se conocieron. En cambio, al año siguiente, se publicó el relato de Eglé pero con su título ya definitivo de Historia de un amor turbio y como novela, a pesar de la confesión de carta citada “Creo no estar maduro aún para ese aliento”. Curiosamente Quiroga dejará pasar nueve años para reunir su segundo volumen de cuentos. Claro que por las fechas de primera aparición de los cuentos que lo conforman, es muy distinto al que anunciaba con el título Eglé Elizalde.
No es arriesgado suponer que el presente narrativo en Buenos Aires, el encuentro con el amigo, lo mismo que el final del texto, sea la sustancia de lo que escribió para transformar el cuento en novela. También el capítulo XVI, que muestra la atmósfera de la casa Elizalde desde adentro, podría formar parte del deseo de universalizar el enfoque.

El tema en su tiempo

El amor es el agua que corre entre personajes demasiado atados a los interdictos sociales. Corre turbio y se ensaña con sus devotos oficiantes. La sociedad instalada como indiferente matrona dicta las leyes de su curso. Los personajes se asoman al río con su capacidad emocional acotada y sobreimpresa de prejuicios. Nada es lo que dicen. Todo parece la representación de un libreto que se altera sin que los actores implicados tengan ninguna participación. Los nervios, las enfermedades sicosomáticas que se desbocan como creciente ingobernable -la enfermedad estomacal de Rohán, los nervios de Mercedes-, rigen los destinos con previsibles consecuencias. Dostoievski se descubre como la vertiente de este río, el amor turbio, o estas vidas argentino-uruguayas, que no podían estar en otro momento de la historia que a comienzos del siglo XX. Dice respecto a estos años José Pedro Barrán: “Ninguna época en la historia uruguaya fue tan puritana, tan separadora de los sexos, contempló con tal prevención, que a veces era horror, a la sexualidad como esta (5). ”No habría mayores diferencias entre ambas márgenes del Plata y, por otra parte, Quiroga –y sobre todo en temática ciudadana, escribía desde sus vivencias uruguayas. “Y sin embargo –sigue diciendo Barrán- en pocos períodos también, la sexualidad estuvo tan presente como idea fija, como factor perturbador de todas y cualquier relación humana”.
En la carta señalada en la nota 3 de este prólogo, se dice que “el cuento es a base de honda sicología de amor”. En carta –también a José María Fernández Saldaña-, anuncia Quiroga: “el 29 voy al Salto por varios días. Me revivificaré un poco entre faldas y su consiguiente perversión” (6). Tenía la absoluta convicción del carácter enfermizo de las relaciones amorosas de estilo en su época, su morboso tránsito entre lo prohibido y lo aceptado, entre lo que puede negar y lo que puede conceder una mujer. ¿Cuál era para Quiroga –hombre en su tiempo-, la perversión? La atracción hacia la niña, la atracción hacia las dos hermanas, la interminable sección de excitación de las visitas. ¿Cuál es la enfermedad, que para él justificaba y sería central de la trama, lo verdaderamente extraño? Los celos exacerbados de Rohán que lo convierten en un perseguido. Pero lo que hoy nos puede parecer enfermizo como la interminable visita sin motivo fundado a la casa, antes que a una persona, la novela permite suponer que en la primera década del siglo XX atrás era la forma convenida y aceptada de relación social.  En El Sur de Jorge Luis Borges, el viaje en tren hacia el sur significa para el protagonista Dalhmann la asunción de su pasado, sus ancestros, Rohán va en tren a San Fernando, al norte, todos los días al encuentro de la turbiedad de su relación amorosa, que no es otra cosa que la proyección de su propia psiquis enfermiza.

Los canales comunicantes Caso clínico.

Escrita dos años después que Los perseguidos se nota en  Historia de un amor turbio la reiteración del asunto central del cuento, la paranoia del protagonista. Una particularidad que debe subrayarse lo suficiente en una valorización de conjunto de la obra de Quiroga es que su gran variedad de temas no excluye la particularidad de que alguno de ellos reaparezca de formas diversas casi en el grado de obsesión. En El barril de amontillado (Los arrecifes de coral) rinde un tributo a Edgar Allan Poe con una versión muy cercana al original. En El crimen del otro, del libro homónimo, lo reescribe de forma personal, mirando el cuento de Poe como en espejo. Indiscutiblemente la versión personal y superior del tema se encuentra en Los perseguidos, (donde es más visible Dostoievski), pero también se hace presente en textos menos divulgados o canónicos: La lengua y El mono que asesinó.
También el otro asunto, u otra forma de turbiedad presente en la novela, es el amor disperso entre las hermanas. Se puede decir que el autor llega a este tema sitiándolo en forma progresiva y obsesiva, primero en Venida del primogénito (publicado por primera vez en Los arrecifes de coral) y después en Corto poema de María Angélica (incluido en El crimen del otro) donde repite personajes y situaciones. El tema se repite en el cuento Rea Silvia (7), también incluido en El crimen del otro, si se quiere con mayor crudeza.
Historia de un amor turbio reúne los temas del perseguido y del amor disperso. En el momento central de Historia de un  amor turbio, cuando el protagonista narrador retorna de su viaje, y se concreta su relación con Eglé, se genera la situación inicial de su delirio de celos: Eglé le confiesa que había tenido un novio. La celotipia se irá haciendo más aguda al punto que “el otro” llegará a ser alguien que sustituya al protagonista. La lucha será entre los momentos de cordura en que lo domina el reconcentrado perdón, y los raptos de celos que surgen imprevistamente y lo asaltan como “leones”. Los “leones”, que dice el texto, simbolizan muy bien las escenas de agresividad contra Eglé, cumpliendo así una etapa de rencor hacia la persona destinataria de los celos. Con razón puede decirse que la obra realiza una verdadera incursión por una patología sicológica, como no se había realizado antes en la literatura del Río de la Plata. La incapacidad de una relación normal por el instinto de posesión es tan marcada que, al final de la obra, se opta por la vida tranquila de la estancia. 
El protagonista tiene en Eglé su objeto de deseo. La pasiva receptora de sus elucubraciones de paranoico, pero la leal y constante Eglé, desde sus nueve años, una especie de Francesca de Dante, que si tuvo otro novio fue tan intrascendente como el marido impuesto por la familia de la que nació donde “el Po desemboca con todos sus afluentes”. Quiroga  establece la pauta para la consideración de Rohán como un enfermo: “Heredero, por parte de madre, de una notable dosis de neuropatías, había salvado hasta entonces su digestión.”  (Cap. IV).
El tema de la paranoia tiene otra versión, que se manifiesta en Mercedes. Esta tiene los síntomas de emotividad exacerbada y configura un caso de histeria bien marcada.
El diagnóstico moderno más adecuado para la paranoia es el de "trastorno delirante". "El pensamiento paranoide, es rígido e incorregible: no tiene en cuenta las razones contrarias, sólo recoge datos o signos que le confirmen el prejuicio, para convertirlo en convicción (8). "Tal lo que afirma el siquiatra González Duro, quien también piensa que los factores desencadenantes de la paranoia se encuentran muy activos en individuos que presentan un acusado narcisismo y que se han visto expuestos a serias frustraciones, hallándose consecuentemente dotados de una baja autoestima. Se piensa entonces en el acierto de la historia de Rohán, sus años de estudio, su viaje inconducente, para concluir que es un caso expuesto con extrema coherencia, basado, como lo hacía siempre Quiroga, en la observación de comportamientos, más que en las lecturas de temas de psicología, que sin duda le atrajeron. 
Dostoievski y Poe estudiaron desde sus perspectivas y situaciones muy particulares, el tema de la conciencia escindida. Ambos fueron autores predilectos de Quiroga. Dostoievski le llega en novelas que lee y recomienda con fruición a sus amigos. En la elección del nombre Eglé también parece estar Dostoievski, porque Aglaé es hija de Espantchine, en El idiota (9). Marco Glanz observa que tanto Poe como Quiroga: “vuelto hacia sí mismo, encuentra el demonio de la perversidad, el abismo larvado de lo inconsciente; vuelto hacia fuera, encuentra el desamparo, la nada, el espacio infinito” (10).
El exasperado deseo de pureza, el culto a la virginidad a ultranza es un fenómeno social que nace como prolongación natural de una concepción general del sexo como pecado irredimible. Esa es la razón de la atracción hacia mujeres cada vez de menor edad. Lo turbio es la atracción hacia las dos hermanas, pero sobre todo, la centralización de la locura, que en su caso es utilización literaria de íntimas inclinaciones. Le confiesa a Ezequiel Martínez Estrada: “Bien sé que ambos, entre tal vez millones de seudo semejantes, andamos bailando sobre una maroma de idéntica trama, aunque tejida y pintada acaso de diferente manera. Somos Vd. y yo, fronterizos de un estado particular, abismal y luminoso, como el infierno. Tal creo” (11).

El punto de vista. Las mujeres

             
La novela tiene un narrador que en realidad restringe su punto de observación casi exclusivamente al del protagonista. El narrador sólo en notas informativas del pasado se permite decir cosas fuera del ángulo de Rohán. Por otra parte, Rohán nunca es visto por sus antagonistas. La casa de Elizalde, centro de la novela, aparece en una sola oportunidad sin que esté Rohán en ella, es en el capítulo XVI y nada en especial sucede en esa oportunidad, salvo mostrar la incapacidad de mostrar el interior de los personajes femeninos más allá de reacciones infantiles.
La novela se impone sus propias limitaciones en esa parcial consideración de los sucesos. Los fuertes prejuicios de la época son los determinantes de las acciones. La mente y el comportamiento femeninos permanecen en la imposibilidad de conocimiento, como si se cumpliera lo dicho por la protagonista de La bella y la bestia: “Cuando Dios hizo a la mujer, arrojó la llave de oro de su espíritu al misterio. El primer poeta suicida la halló dentro de su ataúd; y desde entonces los escritores, dueños exclusivos de ella, se la pasan de unos a otros”. 
Julio Herrera y Reissig coincide “Cierto novio decíame: su resistencia duró nueve años como el Sitio Grande, después de lo cual los azares del matrimonio ornaron su cabeza de Minerva. Si ella me hubiera cedido la hubiera abandonado, en la certeza de que yo no fui el primero” (12). Ambos, Quiroga y Julio Herrera, no hacen más que dejar constancia de la situación que subraya José Pedro Barrán: “La genitalidad y el placer “brutal y lascivo” a cargo de la amante, la sirvienta o la prostituta, y la ternura y el sentimiento puro, no exento de deber, hacia la esposa y los hijos, eran mundos totalmente separados" (13).

 

El cauce y sus riberas

Nada de lo que hacen los personajes de Historia de un amor turbio parece dictado por otras exigencias que no sean la de satisfacer el capricho del momento. Las relaciones no se fundan en otra cosa que en la incontrolable atracción. Nadie se conoce. No hay temas comunes. No hay proyectos de vida que se deseen cumplir. Solo una atracción infantil-instintiva guiada por unas palabras, o un amor propio que desea ser satisfecho en forma urgente.
La madre interpreta el rol de comprensiva y condescendiente, cobijando a un “amigo de la familia”, destinado –sin que nadie lo diga- a volverse un integrante del grupo. El padre se desdibuja, sin participar en un diálogo o una situación determinada. Aparece apenas perfilado físicamente, para desaparecer. La figura del padre no existe en esta axiología donde la mujer no importa más que como objeto de deseo. Las relaciones de noviazgo aparecen tan sujetas como el pelo: “Y la paz se selló en esa ocasión con tal sacudida amorosa, que las peinetas de Eglé se desprendieron y el cabello cayó, cambiando instantáneamente su compostura de novia en frescura de recién casada”(Cap. XX). Las figuras femeninas no están más carnalizadas que las descripciones que dedica a las figuras del cinematógrafo. Nunca aparece una mínima indicación de actividades de estas hermanas Elizalde, no estudian, no trabajan, no tienen interés más que en un casamiento para el que se preparan tocando el piano y cantando. 
Este comienzo del siglo XX que presenta Historia de un amor turbio no difiere mucho de la novela sentimental del siglo XIX e incluso de la pastoril. Canto, cambio de la zampoña por el piano, de las ovejas por las caminatas para mirarse en las retretas. Con la variante que en la novela de los siglos renacentistas el sexo aparece mucho más sublimado y permitía una separación más clara con la realidad. En el comienzo del siglo XX y en Quiroga concretamente, el sexo es una atracción extremadamente fuerte que echa anclas en la realidad y obliga a considerarla como una forma de vida. En este sentido resulta desilusionante como modelo de comportamiento. Los personajes están destinados a cumplir un libreto en el que la libertad figura como ausencia. 
El único acontecer es el fluir de ese río turbio, que no llega a ser sexo y no pasa de ser una constante elucubración enfermiza. El hombre que vuelve después de ocho años en París, con una vida mundana y de búsqueda, es el mismo que se fue, emocionalmente hablando. Con veintiocho años reencuentra  con diecisiete a la joven a la que había conocido cuando tenía nueve años.

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El autor quiere dar un marco verosímil al manejo de la temporalidad, inserción en el mundo del trabajo, y relación del protagonista con su padre, que pueden ser perfectamente asimiladas y comprendidas. Lo que quizás se  nos hace a cien años de pensada esta ficción, como más inimaginable, es el comportamiento de la familia Elizalde y la aparente “normalidad” de las visitas de ese “amigo de la familia” que es Rohán, que pasa varias horas de visita en medio de una situación indefinida y en una casa en donde nadie parece tener nada que hacer. Las jóvenes “se aburren” y salen a caminar y a mirar a otras familias que salen a la misma competencia de ropas.
Elizalde padre, que muere poco antes del retorno de Rohán, debería haber tenido una presencia algo mayor en el tiempo de las interminables y fantasmales visitas. Simplemente se lo omite adelantando “que no lo quería a Rohán”, para que los devaneos no tengan un juez y ni siquiera un testigo.

 

Coincidencias biográficas

La conformación del protagonista es una sumatoria de dos personas, Quiroga y Brignole. (Carta citada en el primer subtítulo de este prólogo, del 5 de junio de 1905). Es conveniente insistir en el criterio de Quiroga de apoyarse en la realidad, tanto cuando el tema y los sucesos son de selva, como cuando se trata de crear un tipo psicológico. Brignole era el amigo del Consistorio del Gay Saber que lo visita cuando se radica en Misiones enseguida de su primer casamiento. “Su pose de Athos” –refiriéndose a Brignole-, que dice en la referida carta, no es más que una observación dependiente de la historia en común de ambos, porque Brignole había sido uno de “Los tres mosqueteros” -comunidad lírica-, junto a Quiroga y Julio J. Jaureche.
En carta a Alberto Brignole (Salto, 1878-¿?) casi toda ella en verso, le dice: “Y tú, lástima grande que al fin te hayas quedado, // con un talento sacro, tan sacro como el mío. // Siempre te he respetado como a un doncel bravío // capaz de marchar junto conmigo, que te escribo…” la similitud de destinos queda, pues, planteada. La amistad entre ambos se mantendrá a lo largo de los años y Brignole junto a José María Delgado, serán los autores de la más completa biografía que se conoce de Quiroga (14).
En cuanto al autor como personaje, Rohán tenía 20 años cuando fue a París, Quiroga se embarca el 30 de marzo de 1900, con 21; Rohán tenía 28 años cuando vive la situación amorosa central de la novela, suponiendo, como todo hace suponer, que la empezó a escribir en 1906, tenía la misma edad del autor, el último día de ese año. La enfermedad de estómago de Rohán, parece un reflejo de la del autor en sus primeros tiempos en el Chaco.  
Eglé es la chica de Lomas de Zamora. “De mujeres te contaré que la chica de Lomas nunca más”, le escribe a Fernández Saldaña, el 8 de octubre de 1906. Ya Mercedes Ramírez había advertido la relación entre la muchacha aludida en las cartas a José María Fernández Saldaña y la identidad de Eglé (15).
Eglé y Mercedes tenían la misma edad en el momento de atraer la atención de Rohán.
Acerca de la preferencia por las edades cabe agregar que en el cuento citado como antecedente de esta novela, Rea Silvia, la niña de ese nombre tiene, aproximadamente diez años, en el momento de besarse con el cuñado y que su hermana Teresa, en el momento de casarse con el protagonista, tiene dieciocho.
Cuando Quiroga conoce en 1908 a Ana María Cirés, que sería su primera esposa, esta era “una niña de 15 años, rubia, de ojos azules y carácter reservado”. Se casará con ella el 30 de diciembre de 1909. Casi la descripción de Alicia en El almohadón de pluma: “Rubia, angelical y tímida”. Y también puede vincularse con Poe, porque también “Berenice es el símbolo de la belleza eterna”… Berenice tenía dieciocho años.” expresa en una carta en verso a José María Delgado (16).


Una cuestión secundaria: el tiempo

El marco geográfico –calles, distancias y modos de viaje-, el adecuado a los movimientos de los personajes. En cambio, el tiempo del viaje a París aparece como una imposición de los acontecimientos. El protagonista va por dos años y enviado por el padre como recurso extremo para encarrilarlo en el mundo del estudio y del trabajo. El protagonista se queda ocho años. ¿Hay algo que lo justifique? Nada más que esperar que Eglé cumpla los 17. Tenía que volver en ese momento. Nada importa la ausencia de razones valederas para la prolongación de la estadía. Al personaje no le queda nada de ese viaje. Al narrador le interesa muy poco la credibilidad de los hechos exteriores, en tanto atiende el devenir de la anécdota central del texto.
Casi toda la novela es un racconto entre el encuentro con un conocido que le informa la dirección actual de los Elizalde y la visita que les realiza, impulsado nada más que por la curiosidad de “si han muerto los leones”, o de cómo reaccionarán ambos ante el encuentro. Otra forma de perversión, si se quiere.

 

Valoraciones

Como las otras novelas de su autor, Historia de un amor turbio ha corrido una suerte en general adversa de parte de la crítica especializada. El primero que puede considerarse es el juicio muy laudatorio de Leopoldo Lugones, que Rodríguez Monegal transcribe en el prólogo de la edición de Clásicos Uruguayos, sin ubicarlo: “Cuando se hace novela así, con esa gallardía, con ese buen gusto intransigente, con ese dominio de los caracteres manejados, es porque se ha nacido novelista”. Después, hubo una prudente valorización positiva de Emir Rodríguez Monegal: “La novela es, sin embargo, mejor de lo que se ha dicho habitualmente. Su defecto básico está en parte compensado si el lector practica una lectura atenta” (17). (El defecto que Rodríguez Monegal subraya es la incapacidad de “mostrar el mundo femenino” y ligado con ella, la inconsistencia del capítulo XVI).
Roberto Ibáñez por su parte expresa: “En 1908 edita una novela más atractiva de lo que se dice, pero menos que la “nouvelle” a ella adicionada”(18).
Ángel Rama es contundente: “…esa zona reservada de su afectividad anormal de la que surgiría tanto su excelente novela Historia de un amor turbio como la nouvelle que la completa, en la edición de 1908, Los perseguidos" (19).
Más cercanamente en el tiempo Pablo Rocca expresa: “En buena medida a través de estos bien trabajados “campos del discurso”, Historia de un amor turbio se salva como una experiencia estética importante en el trayecto de la obra quiroguiana y destacable en el entorno novecentista rioplatense” (20).
Después, entre los críticos más reconocidos de Quiroga, el que emite un juicio más contundente en su contra es Noé Jitrik: “Pasado amor, por su parte, es una execrable novela que no se distingue en nada de la igualmente mala Historia de un amor turbio, escrita veinte años antes” (21).


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Historia de un amor turbio no es execrable, como dice Jitrik, ni excelente como dice Ángel Rama. Es esencial  para el estudio de la obra de Horacio Quiroga y más todavía para el entendimiento de su personalidad. Son de destacar aciertos innumerables en el estudio que hace de la personalidad patológica del protagonista; y brinda la posibilidad de mirar de cerca el comportamiento social de esos años. Todo lo cual, sin embargo, resulta insuficiente a la hora de juzgarla como producto literario. Los lectores que tienen presente sus cuentos la leerán recordando el temerario juicio del propio Quiroga: “Un cuento es una novela depurada de ripios”, pero no por eso dejarán de encontrarle indudables centros de interés.

 

NOTAS
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  Historia de un amor turbio, Buenos Aires, Arnoldo Möen y Hno. Editor, 1908.
En 1923 la editorial Babel, la reeditó con correcciones del autor. Para la presente edición se ha tenido en cuenta la edición de la Biblioteca “Artigas”, del Ministerio de Educación y Cultura, Montevideo, Col. Clásicos uruguayos, Vol. 126, 1968, que sigue la versión de la segunda edición. Preparación del texto de José Pedro Barrán y Benjamín Nahúm. Prólogo de Emir Rodríguez Monegal.

 La confusión de la fecha de Los perseguidos parte de una carta de Quiroga en que informa que lo había escrito en esa fecha. A. Boule-Christauflour, por ejemplo, dice la fecha 1905. (Mundo Nuevo, sobretiro del núm. 8, París, febrero de 1967.) El divulgado libro de Jitrik, Horacio Quiroga. Una obra de experiencia y riesgo (Arca, 1967) tiene una cronología de Jorge Laforgue que también dice la fecha 1905. Laforgue se corrige en la cronología que firma en Horacio Quiroga, Todos los cuentos, de la Colección Archivos, UNESCO, 1993.

 Carta a José María Fernández Saldaña, fechada en Saladito, el 23 de junio de 1905.

 Carta a J. M. Fernández Saldaña, fechada en Buenos Aires, el 7 de mayo de 1907. Es la primera vez que da a conocer su predilección por el nombre Eglé, que llegará al extremo de imponérselo a su hija. Otro importante detalle en esta carta, es que Quiroga consideraba la posibilidad alternativa de una edición de autor. Queda pues, constancia, que fue lenta y dificultosa la imposición en el medio editorial bonaerense.

 Historia de la sensibilidad en el Uruguay, T. II Montevideo, Ed. de la Banda Oriental, 2004.

 Fechada en Resistencia, el 19 de octubre de 1904.

 Se publicó por primera vez en El Gladiador, Buenos Aires, año II, núm. 67, el 13 de marzo de 1903.

 González Duro, La paranoia 1991

 Acerca de la familiaridad de Quiroga con el autor ruso, vale la pena releer: “Yo hube también menester de una segunda lectura de “Les poseedse”, necesaria hasta entrar de lleno en el ruso. Yo no prefiero esta a “L’idiot”, ni “L’idiot” a aquélla. Creo que esta última es más novela, más llevada y estricta, y en les poseese, hay acabado, sin comparación con Stavroguine, Kiriloff, Sefan y Chatoff” (carta a José María Fernández Saldaña, fechada en el Saladito, el 23 de junio de 1905.

 Marco Glanz, Poe en QuirogaIntervención y pretexto, Cuadernos del Centro de Estudios Literarios, Univ. Autónoma de México, México 1980.

 Ezequiel Martínez Estrada, El hermano Quiroga,  Montevideo, Arca, 1968. del 21-V- 1936.

 Citado por Ángel Rama, La belle èpoque, Montevideo, Enciclopedia uruguaya, núm. 28, 1969.

 Ob. Cit.

 Vida de Horacio Quiroga, Montevideo, Claudio García Editor, 1939.

 Prólogo de Cartas inéditas de H. Q. Montevideo, INIAL,  T. II, 1959.

 Fechada en Buenos Aires, el 13 de julio de 1903. Recogida en Cartas inéditas de H. Q. Ob. Cit.

 Prólogo a la edición de Historia de un amor turbio en  Clásicos Castellanos, 1968.

 Prólogo de Obras inéditas y desconocidas, T. VII, Montevideo, Ed. Arca, 1970.

 Prólogo Obras inéditas y desconocidas, T. IV, Montevideo, Ed. Arca, 1968.

 Pablo Rocca, Horacio Quiroga, el escritor y el mito, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 1996.

 Noé Jitrik, Horacio Quiroga, una obra de experiencia y riesgo, Montevideo, Arca, 1967.

       
 

 

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