Concordancias

Leonardo Garet  

" Primavera - verano de 2009, núm. 3" 

 

Prólogo

            Se ve la noche a través del conejo blanco. Forma una constelación con sus patas y sus orejas. (Me refiero al conejo de mi vecino que, algunas mañanas, se escapa y queda de mi lado, a pocos pasos, mirándome; parado sobre el miedo, encandilando). 
            En el tiempo de su salto, el conejo es lo único existente.
Sólo por el más fugaz de los instantes, se puede adivinar la eternidad.

 

Sobre la responsabilidad de la escritura

    En determinado momento las librerías tocaron la sirena y dejaron escapar humo negro. Era el aviso definitivo. Nadie más compraba un libro.
     Entonces, las imprentas empezaron a trabajar en doble horario, porque todos los habitantes decidieron que debían escribir.
      El tema dominante fue la alarma ante la desaparición del libro. Escribían con gran confianza, porque sabían con certeza que nadie los iba a leer.

 

Libro con perro

Las sombras soportan todo el peso de las luces.
            Allí debía estar José con su perro. Los dos temblando y no de frío. Las sombras soportan todo el peso de las luces y se pasan de un cuento a un cuarto con niño.
            José en su cuarto y el perro en el libro.
            El autor no es culpable de aquel perro sacudido por el miedo, ni del niño solo en su cuarto.
            Siempre habrá perros en los libros para niños y siempre habrá niños solos en sus cuartos. 
El autor es responsable de unirlos: una pequeña mancha de color es la sombra del perro en el libro. El cuarto del niño se ilumina. Cada mancha en el cuarto puede ser el perro que falta.
            Y el niño habla. Da indicaciones imprecisas a un perro de reflejos.

 

Hombre con palabras

Anda con una cara muy triste contando su vida, como si fuera absolutamente imposible que pudiera guardar un minuto algo que se sospechara escondido.
            El día, desde que se levanta, queda como un motor que se destapa sólo para dar lugar a  cabezas aprobatorias. Ni un poco de polvo para sacar.
            El hombre habla y los brazos se le mueven como independientes de su voluntad. De su boca salen sonidos que le dejan de pertenecer para siempre. 
            El hombre en su materia organizada vertical y simétricamente, solo y traslúcido, con el horizonte pasándole por el ombligo. Cuando camina en la ciudad, entre autos y columnas, parece que se engancha y deja sus partes como gotas entre ramas.

 

 Narrador con lectores

            Describe el momento en que se detiene. Puede ser a mitad de una idea, de un párrafo, de una oración, de una palabra. Y deja escapar un lamento. El texto queda contaminado del esfuerzo por escapar y superar un mundo  exclusivamente hecho de barreras. Ha tratado con todo ese esfuerzo, de crear una línea tan luminosa como el cielo.
            Los lectores creen acompañar lágrimas de vida. Sienten que hay un muy triste sentido de las cosas. Pero si la lectura corre como un vuelo, entre los lectores surge la sospecha que "algo huele mal en Dinamarca" y que el narrador se debe detener cuando encuentra la primera línea escarpada.
            El lector mirará con una sonrisa compasiva hacia todos los lados: el narrador es un pobre tipo que hasta podría estar a su lado. "Es tan fácil escribir esas cosas que escribe. Son tan sencillas".
             El narrador se protege. Se va atrás del papel escrito. Se queda metido entre unos ladrillos, tratando de alimentarse como una raíz.

 

Uno con el otro

Los avestruces le buscan cuevas al tiempo. 
            Como tus ojos cuando  se atan a  los míos y escriben en el aire. Los avestruces bailan sin música.
            Como tu boca en la oscuridad. Tu boca se ata a la mía y bailan en el aire. 
            Los avestruces festejan decisiones rotundas. 
            Como los golpes ciegos de lo que ocurre. Y entonces el mundo no existe. No existe necesidad de ninguna cosa afuera de lo que sentimos. 
            Los avestruces corren por el campo como números escapados  de relojes y dan la hora repetida en distintos momentos. Dan distintas horas en el mismo momento. 
            Como tus ojos dan el tiempo. Tus ojos en mediodía y en medianoche exactos.
             Vos y yo corriendo por un campo infinito que abarcamos con los brazos abiertos.

 

Libro final

Los hombres manejaban la escalera para subir a la parte más alta y  depositar allí su ofrenda. Guardaban una fila que se perdía a lo lejos, cada uno con su carga, envoltorios de nylon, de metal, de tela, de cartón, de cemento, de nube, de piel. Paquetes lo mismo que formas desnudas y por eso totalmente irreconocibles, eran depositados en la parte más alta,  desapareciendo como si se hundieran en el agua. La superficie se volvía una lámina muy fina. Las tres dimensiones se inclinaban en el trance de impresionar una película fotográfica. 
            Se debía circular alrededor de ese rectángulo inmenso, para apreciar como el conjunto nunca abandonaba sus proporciones  similares a un ladrillo, o más propiamente, a las de un libro, pero con la solidez y el aspecto de una ruina muy bien conservada. El hombre que quedaba abajo sostenía la escalera como aceptando una convención para que, a su vez, llegado el momento, le sostuviera la escalera el que venía detrás en la columna de espera. 
            Desde una adecuada posición, que no siempre se acertaba, se distinguían laboratorios enteros, revoluciones que enfrentaban a miles de hombres, montes, trenes, un edificio y sus habitantes, todo convirtiéndose en una hoja más, lo mismo que un granero, una discusión de pareja, o un río. El envoltorio que fuera se volvía la foto de más arriba, que inmediatamente era cubierta por la que venía descendiendo como una pluma.
            Si uno alcanzaba a mirar rápidamente hacia el lado conveniente, se sorprendía que ese algo al volverse página, dejaba un hueco donde había estado. La captación era tan fugaz como un parpadeo. Enseguida el lugar era ocupado por algo que también parecía que desde siempre había estado. 
            Como observador desde afuera de la cola me fui acostumbrando a que lo conocido desapareciera en esa montaña, no cuando quedaba viejo, que en la vida es el momento en que las cosas y los seres desaparecen, sino cuando era de reciente culminación. Hasta puede parecer difícil de aceptar pero el sueño de una guerra se archiva idéntico que la guerra. 
            Después de años de vivir mirando ese insaciable vientre rocoso, no le encuentro explicación al temor que me dominó cuando descubrí a un hombre traer sobre su hombro derecho un libro. Venía inclinado, como haciendo una fuerza desmesurada para el tamaño de su carga: el libro no era mayor que una Biblia de los formatos más comunes.
            La tristeza le salía al hombre para adelante de los ojos, como un pentagrama. 
            Sin dejarme tiempo a pensar en nada, quedé envuelto en esa nube. 
Y el hombre, de riguroso traje de predicador,  empezó a subir la escalera.

       
 

 

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