TRES DE BOLICHES (uruguayos)

Por Leonardo Garet 

 " Otoño - invierno de 2009, núm. 4" 

 

1

PARROQUIANOS

  -Mañana viene una comparsa con una mujer desnuda- deslizó el Chango.
-Brasilera habrá de ser,  porque las de acá no se animan- vino una voz desde el fondo.
El Chango escrutó largo y contestó:
-Si, la mujer, y la comparsa también.
Ni se terminaban que se mandaban llenar los vasos. El mostrador estaba alto; el cantinero quedaba envuelto en un humo que no terminaba de disolverse.
-Pero vos conociste a tu mujer cuando bailaba- volvió la voz del fondo.
-Prefiero eso y no como la tuya que te aceptó porque no conoce a nadie. El otro día  la encontré y cuando contó  que se había casado con vos, no sé qué cara habré puesto que me dijo: "no tuve mucho para  elegir".
El mostrador se fue hasta el techo. Quedaron todos sin botella, ni ventana, ni servite, ni te acordás. La vida de los que hablaban se concentró en un solo objeto borroso: la cara de enfrente que se venía y se alejaba como una superficie inmensa.
-Atala que no se te vaya con la comparsa.
-Hacelo vos, el primer brasilero te la lleva.
Y se largó del taburete. El agregado fue dicho como si estuvieran separados por veinte metros:
-Ni puta es porque lo que conoce no la entusiasma.
Opinaron  que de borrachos no sabían lo que decían y que terminaron llorando. Pero fue uno el que lloró, sentado allá arriba del taburete parecía colgado de la espalda. El otro lo miró un rato y después se volvió a subir, encerrando la cabeza entre las manos.

 

2 
                                        
LA CIEGA Y EL MUCHACHO

 

             El muchacho acechaba grillos en los rincones oscuros del café. Se arrodillaba y levantaba la mano derecha. Parece que se espiaba y hacía señas con los grillos, porque enseguida la bajaba y levantaba la izquierda.
-Se te quiere escapar- le informó una voz sin importarle llegar a destino.
-No- contestó girando hacia esa mesa- estoy decidiendo a cuál mato.
El muchacho había mendigado todo el día de café en café y llegaba casi junto con nosotros, que nos encontrábamos puntuales para compartir las copas que cerraban el día. El muchacho contaba su plata; tenía un diálogo silencioso con el dueño y a nosotros nos ignoraba. Nunca se acercó a pedirnos nada.
Éramos cuatro sentados en la misma mesa y en la misma posición, a lo largo de los días.
-¿ Qué me puede vender?
-Nada don, usted ya me compró naftalina anoche.
- Pero quiero comprarle algo.
- A no ser globos y matracas, pero usted no tiene a quién regalarle.
-No, pero le doy unos pesos a cuenta de lo que pueda venderme mañana.
- Mañana no sé si vengo porque me llevan mi nieto a cuidar.
-Nieto, nieto. Mire, váyase y no se me acerque más, ciega.
Escuchar, el muchacho tiene que haber escuchado. Se dio vuelta mirando al que había hablado. La cieguita propiamente no pedía, vendía chucherías que conseguía casi regaladas. El muchacho tenía que coincidir con ella en innumerables bares, nunca, sin embargo, se los había visto juntos. El muchacho dejó su rincón, la tomó del brazo y la condujo hacia la puerta hablándole a la oreja. Formamos un silencio largo, cada tanto punteado por los grillos, los cuatro en nuestros lugares, quietos, como los puntos cardinales.

 

3

CUANDO LLEGUE VICENTE

Las palomas se enredan en el aire de las ventanas. Quedan entre los colores de las revistas del quiosco y los paquetes que una señora agarra como si cargara con su estómago con las dos manos.
-Marche una empanada.
El mozo después de gritar camina hasta atrás del mostrador, corre la cortina y coloca él mismo la empanada en el plato. Viene rápido hacia otra mesa y desde allí, "dos cañas" -grita-. Deja la empanada y se va a servir las cañas. Yo esperaba que la mañana se fuera. La pareja de la mesa de enfrente queda atravesada por el revuelo de las palomas. Para ellos todo debe parecer liviano y ágil como el vuelo de las palomas. La mañana será apenas dos golpes de ala. En una mesa lejana un hombre tiene la cara sentada en una resolución. No puede percibir ni los puchos del piso, ni lo que tiene sobre la mesa, ni lo que pasa en la ventana. Acaso el espejo lo alimenta.
Cuando llegue Vicente será mediodía y tendremos una hora para conversar. Vamos a recordar al amigo que fuiste -le voy a decir. No, no te reserves más derechos que yo sobre aquel muchacho, estás lejos y yo tuve su corazón en la mano. Sólo te parecés a él como una copia desvencijada y rotosa. El era radiante, tumbado en una mesa con los vasos, radiante disfrutando las cosas que decía. Envejeciste conmigo, es cierto, pero él se quedó mucho más cercano de lo que después te fuiste. Buscó su lugar en un rincón donde no llegan ruidos de días, ni de voces intrigantes como las que te alejaron. Vos tenés ahora tus horarios marcados -"de doce a una"- me prometiste- "mientras los muchachos de la oficina salen a comer y no tengo que controlarlos"-. No tenés mucha culpa de parecerte tan poco al que fuiste. El me visita como vos no lo hacés, sin horarios, con ocurrencias fuera de lugar, con cosas compartidas que no podrías entender.
Cuando llegue Vicente le voy a decir, pero dale, vamos a tomar otra, como si no supiera lo que me va a contestar.
La pareja se apronta a levantarse, sumando ella los tickets, contando él los billetes. Al costado el tipo solitario ya no está y en su lugar un muchacho ordena paquetes en un bolso. El gato somnoliento está a gusto en medio del alboroto de las palomas. Cuando llegue Vicente le voy a decir  que al amigo que él fue, no le importa lo que conversemos ahora.

  Salto, Uruguay, Invierno de 2009.

       
 

 

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