Sobre los orígenes de la Literatura Uruguaya

 

El paisaje uruguayo habitado por soledad

 

Leonardo Garet

" Invierno de 2011, núm. 6" 

 

Soledad es un personaje epónimo que muy bien puede señalar también,  metafóricamente, la circunstancia que rodea al protagonista Pablo Luna. Es la suya una soledad propia, intransferible, asumida como un destino, con la que se presenta en la obra y que, a la postre, resulta definitiva de cada instancia de la fábula.
Acevedo Díaz (Montevideo, 1851-Buenos Aires, 1921), autor de novelas históricas y, por lo tanto, recreador del devenir, presenta en Soledad (1894) -aunque quizás no estuvo en los planes hacerlo- el nacimiento de personajes paradigmáticos del campo uruguayo. La soledad del gaucho, el egoísmo del terrateniente, el acoso a la mujer, la desprotección a los ancianos, dibujan el mural que podría figurar en el frontispicio de su serie histórica: Ismael (1888), Nativa (1890), Grito de gloria (1893), Lanza y sable (1914). Misterio, soledad, horror, amor y muerte. 
Soledad tiene  mucho de los vientos huracanados que sacuden a las civilizaciones primitivas, mucho de la inocencia y limpieza de ejecución  propia de las epopeyas, impregnados con el tono de época, el matiz o la deformación dictados por el Romanticismo y el Modernismo. A la interferencia de estas fuentes, cabe atribuir la disociación del carácter y la apariencia física del protagonista: la del comportamiento rudo y cierto aristocratismo romántico, "cintura de mujer" y "guedeja" sobre la mejilla.
El autor se maneja con criterios estéticos muy lejanos a los que acompañaron sus novelas históricas. En Soledad no se plantea siquiera la verosimilitud exterior de la obra; no hay paisaje determinado, aunque, en cambio, se practica un detallismo que pretende la construcción de un ambiente autóctono, que no representa personajes ni coyunturas registradas por la historia.
Soledad está en el principio, como núcleo de lo que se desarrollará cuando aparezcan las guerras por la independencia y las guerras fratricidas. Soledad tiene los personajes en su elementalidad, los que después tendrán nombre propio en las páginas de la historia. "Son los de esta novela -dice Zum Felde- tipos genéricos, prototipos; cada uno de ellos encarna, en estilizada síntesis de rasgos, una modalidad genuina y ancestral de la vida de nuestros campos. Ellos son, respecto a los tipos semejantes que, después, con mayor o menor acierto ha tratado la literatura, los arquetipos, de cuya adaptación a circunstancias distintas resultan personajes diversos dentro del mismo género nacional". (Proceso intelectual del Uruguay, Mont. ED. del Nuevo Mundo, 1967.)
Al extremar la singularidad del protagonista que "debía sin duda haberse criado pulsando instrumentos y aprendiendo en la espesura el modular de los pájaros, porque a veces seguía el ritmo con el canto o con el silbido de modo que no se supiera distinguir entre los sones y los ecos, si era guitarra o era flauta lo que gemía, si era un hombre el que lanzaba trinos o era un boyero.." se lo asimila a la dimensión de principio elemental, y si se recuerda que cumple, además, con el requisito del magnetismo del canto, la asimilación se acerca a Orfeo: "a sus sones bajaban los pájaros de rama en rama apiñándose en la pradera; y que una vez una bandada de cuervos cabeza calva, también por oírle, se estuvo quieta en las piedras de un barranco a pocos paso del tañedor".
Que el autor tuvo presente el mito de Orfeo parecen corroborarlo la capacidad de ambos personajes de comunicarse con la naturaleza mediante la música; y el hecho de que sus madres  tienen vinculaciones con lo sobrenatural,  la de Orfeo era musa, (Kallope, o según otras versiones Plimnia o Kleio), la del gaucho era hechicera primero y bruja después.
En el paisaje agreste todos los personajes son fuerzas primigenias. Brígido es el estanciero desalmado -por eso no aparece con mujer- arrastrado por el odio solamente porque Pablo Luna era un ser libre; es el expoliador que instintivamente odia al que tiene a la libertad por compañera. Brígido, espíritu tan egoísta que se mueve por el interés de "colocar" a su hija con un pretendiente poderoso, muere mordido por una víbora, animal que el cristianismo ha querido identificar con el mal, dejando así su creador plena constancia del poder corruptor del dinero.
Continúa la presencia de la cultura clásica en otro personaje,  porque dentro de los caracteres cómicos que los romanos les inventaron a los bufones se encuentra  Manducus, “monstruo de boca descomunal” según el Diccionario de Símbolos y Mitos, de J. A. Pérez-Rioja (Madrid, Ed. Recnos, 6ª ed. 2000.) y no parece casual el nombre del prepotente Pintos. Manduca Pintos es confiado y seguro del poder que emana de su posición; no se cuestiona la posible correspondencia a su pretensión amorosa. Le alcanza con la seguridad de conquistarla, apoyado, además, en el ningún poder de decisión de la mujer. Pero es valiente,  rasgo muy valorado en el ambiente en que se movía. Referente a la relación que se entabla entre su nombre y los bufones, expresa Acevedo Díaz: “Iba vociferando, y sus acentos parecían ladridos” y más adelante se refiere a “su gran voz”.
Soledad es la fuerza del amor que pugna por manifestarse y lo hace de variadas formas:
A. Ante el formalismo de Manduca, con frialdad e inadvertencia.
B. Ante la concupiscencia de los peones, de igual manera: coqueteándose y exhibiéndose.
C. Ante Pablo Luna con la potencia del erotismo casi volcado al plano de lo puramente instintivo. 
Ya fue notado por Pablo Otero, que "Soledad es, desde su presentación y hasta el final de la novela, un objeto del deseo carnal y sujeto también ella misma"(...)" En su figura predomina lo sensual y, como tal, es creación genial, y uno de los elementos menos románticos de la novela". (Soledad. El combate de la tapera. Bs. As. Ed. Univer. de Bs. As.,1965).
Rudecinda es la cara oculta de la desgracia; la inexplicable acumulación de sufrimientos capaces de trocar en maligno al ser humano o, dicho de otra manera, de hacer perder la razón, que de eso se trata en este caso. La degradación parece llegar al extremo cuando se deshumaniza disputándoles una carroña a los perros. Es capaz de ser reconocida y de ser llorada como madre. En medio de la pavorosa situación de su muerte, el autor ubica el conmovedor reconocimiento del hijo.
Pablo Luna es el personaje más complejo. Está dominado por un pasado al que apenas se alude. Se puede parangonar con Ismael: huraño, solitario, valiente y cantor. Alternativamente ama y odia. Resulta la pura fuerza primigenia, no moldeada. De presencia física contradictoria, es poco amante del trabajo, pero muestra conocerlo y tener capacidad para practicarlo. Aparece en situaciones de extremo peligro y exhibe su valentía. No busca duelos, sino matar. Al servicio del odio y del amor, es un solitario que busca integrarse. Aparece sorpresivamente y desaparece de la misma forma. Por este rasgo y porque el autor cede la palabra a testigos ocasionales para contar episodios, su vida puede crecer mezclada con la leyenda. Hasta en las anécdotas que de él se cuentan, es una imagen que se recorta en la noche o en el monte. Es también una aparición para Soledad y, finalmente, un enigmático alejamiento hacia la noche. Su futuro -incluyendo ahora el de Soledad- queda como después de cada aparición, dentro de lo imprevisible y lo legendario. La fuerza primigenia retorna a su origen  después de haber agitado con amores y con odios, la existencia apacible y regulada del campo. Y los personajes, todos, en medio de circunstancias pasionales, instintivas y salvajes, desbordan de una embrionaria organización social y económica.
Rudecinda proyecta el misterio sobre una existencia  muy humana, que intenta comprender el mundo del caos,  es el ser bestializado por las circunstancias, que puede dejar solamente un hijo como Pablo Luna, que encanta con la música como Orfeo, enamora, incendia, mata y se aleja hacia lo incierto. Bruja para unos, madre y siempre mujer desventurada, representa las consecuencias de la ignorancia y el egoísmo.
Nada  falta en ese mundo que, en estado embrionario, prefigura las oposiciones y constantes de la convivencia del hombre. La presencia continua de los animales acompaña la acción. Y  Pablo Luna cuando el incendio, los desata como fuerza desvastadora.
La valoración de esta novela ha sido justa. Ya Zum-Felde opinó: "es la primera obra maestra de nuestra literatura que brota de una raíz nativa, y tiene sus frutos el sabor de la tierra; pudiendo considerársele el poema más típico de nuestra barbarie". También justipreció que en ella "culmina la prosa de Acevedo" y que "En conjunto, esta prosa es de las más fuertes de Hispanoamérica, acaso sólo Montalvo y Lugones compiten con él en estas virtudes"; finalmente, ubica a Soledad, por sobre Ismael y Grito de gloria, en las que reconoce desfallecimientos expresivos: "el prosista acrisolado cede lugar al articulista; y la prosa baja de categoría, recargándose de verbalismo oratorio y lugares comunes". ( Ob. cit.)
Emir Rodríguez Monegal ha dicho de Soledad: "novela corta, sumamente romanceada, tal vez su obra más pura". (Prólogo a Nativa, Mont. Col. Clásicos uruguayos, vol. 53, 1964).
Alternativamente priman la narración y la descripción, siempre en trazos vigorosos, como "mural de la tradición del pago". No interesa el respeto al tiempo cronológico, que es manejado libre y deliberadamente en forma nebulosa, para recrear la difusa memoria popular que es donde se desenvuelven los sucesos.
La obra se ubica en una  encrucijada de corrientes literarias: románticos los personajes y la acción; realistas los trazos de las descripciones que, ocasionalmente, llegan a ser naturalistas, como en las escenas del incendio y de la lucha de Rudecinda con los perros. La repetición de la palabra "élitros", de neto cuño modernista, se acentúa en "estridulaban élitros".
Volviendo a la interpretación primera, de las similitudes del protagonista con Orfeo, se debe destacar que el incendio no sólo tiene el efecto purificador, sino que Pablo Luna puede recobrar a su enamorada después del incendio, voraz y grandioso, que puede equivalerse al infierno al que tuvo que descender Orfeo. Y que Pablo Luna debe cruzar el agua para alejarse: límite de este mundo con el otro. Es el triunfo del amor y la superación del mito. Recobra a Eurídice y en la visión intransferible de nuestra tradición, se la lleva en su caballo. Va hacia un mundo sin fronteras, en una noche llena de estrellas. El paisaje narrativo uruguayo, quedó desde entonces, habitado por los personajes de Soledad.

       
 

 

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