Cuentos

Leonardo Garet

" Verano - otoño de 2011, núm. 7 "  

 

El descubrimiento

            Cuando le regalaron un cuaderno y lápices de colores, Rogelio sintió que algo como las mágicas palabras de la abuela se desprendía de los lápices en contacto con la hoja blanca. Los colores llenaban y sobrepasaban las líneas haciendo surgir caballos, pájaros y leones. Cada animal se formaba de los colores que le dictaba la memoria.
Tanto como dibujar, a Rogelio le gustaba jugar a la pelota. Así que dibujó bien grande, a toda página, una pelota de cuero.
Anduvo algunos días con el cuaderno, combinando formas y colores. Se animó a poner alas a los caballos y penachos a los leones.   Probó a mirar su cuaderno de noche, a la luz de la lámpara, y  vio que no podía sorprender a los dibujos separados de los colores. Una vez que se pegan,  permanecen en las cosas.
Con una pelota de goma y los días de suerte con una de cuero, Rogelio jugaba "picados" que duraban hasta un número determinado de goles. Por más largos que fueran los partidos, siempre surgían motivos  para ofrecer y aceptar revancha. Los más peleados era cuando se formaban los equipos según se fuera de Nacional o Peñarol de Montevideo. Entonces, los feroces gritos le parecían tan inexplicables, como su padre pegado a la radio, escuchando los partidos los domingos de tarde. Él era de los gurises más chicos y hoy pateaba para un lado y mañana para otro.
Pero después de un día de esos que jugaron hasta no ver más la pelota, a la luz de la lámpara del comedor y mientras esperaba que la madre trajera la comida, Rogelio dibujó caballos azules, blancos y rojos. Leones blancos, azules y rojos. Pájaros rojos, blancos y azules. Y vio que quedaban más alegres y luminosos. Y a una pelota  le puso también esos colores. Se imaginó que cuando jugara su pantalón debería ser siempre azul y su camiseta blanca. En el bolsillo unas letras rojas. Y sintió en su pecho algo incontenible, como cuando hacía un gol.

 

Los parientes

            El padre de Rogelio había barnizado las ventanas y había dado negro a las rejas del patio. La casa estaba reluciente. La madre acumulaba sus tradicionales dulces de zapallo y de membrillo en los potes grandes de vidrio.
En los días de fin de año venían los familiares y la casa debía estar pronta. El tiempo a fin de año, toma velocidad como si se estuviera cayendo. Rogelio pensó que su ayuda venía por el lado del jardín y se había encargado de carpir los caminos de los canteros, eliminando hasta las ortigas que eran, de todos los yuyos, los más impresentables.
Se había acomodado la cama chica en el cuarto de los padres, para que en el suyo entraran las camas de las tías y la abuela. El tío se quedaba en la despensa, con cortinas  cubriendo los estantes.
El miércoles Rogelio se acostó temprano, porque el ómnibus de la ONDA llegaba a las 8 de la mañana. La  abuela subía en el camino, subía en Young, pero los tíos venían desde Montevideo. Será por eso que la abuela podía traer perdices en escabeche y los tíos no podían traer más que ropas, porque venían de  lejos.
El jueves llegó. Se despertó  para tomar con tiempo el café con leche. Pero como los minutos pasaban, lo torturó ese pensamiento que asalta a los que desean algo: que como no habían llegado, a lo mejor no llegaban.
En ese tiempo parecía que no correspondía nada más que prepararse y adelantar cosas. Rogelio preguntaba detalles de los tíos   porque hacía mucho que no los veía.  Le pareció que podía tomar café otra vez cuando llegaran.
A las nueve se sintió el taxi. La abuela bajó la última, pero fue la que avanzó adelante porque los demás se encargaron de bajar las valijas y los bolsos. La madre y el padre de Rogelio se fueron contra la abuela y se abrazaron llorando con ella. A la abuela le bailaron los ojos de lágrimas y su cuerpecito temblando sacudía  la cabeza. Pero todos trataban de hablar, alegres.
Rogelio había imaginado un encuentro como el de otros años. Mientras se acomodaban y abrían los bolsos, se dio cuenta que lloraban la muerte sorpresiva de la tía que vivía en   Montevideo. A Rogelio se le entrecortaba la risa que tanto tiempo había paladeado. Por suerte el tío lo abrazó fuerte y lo hizo volar en calesita. "Mi compañero" -y le puso entre las manos un paquete redondo.
-Si sos de Nacional, abrí ese paquete.
-Claro que sí.
-Ese es mi sobrino -mientras lo volvía a girar sobre sus hombros.
La abuela le había tejido buzo y bufanda. Las tías traían galletitas y chocolates. Se formó como una cancha donde el mate saltaba de mano en mano. La  pelota de tajadas blancas y azules, descubría cautelosamente las pendientes de los caminos entre los canteros. Pero nada fue más importante para Rogelio que cuando el tío caminó entre los canteros diciendo: "¡qué bien cuidado está este jardín!".

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El Descubrimiento y Los parientes son dos cuentos escritos en el clima del libro Los días de Rogelio, Montevideo, Editorial Fin de Siglo, 1998. El Descubrimiento apareció en Cien años de historias, Montevideo, Ediciones del Decano,

       
 

 

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