La poesía de Ricardo Pallares

Leonardo Garet

" Invierno de 2012 - 2013, núm. 9 "  

   

Razón de olvido

       Si Ricardo Pallares ha sabido decir tanto en sus comentarios crítico-literarios y pedagógicos, es porque ha sabido mirar, es decir re-mirar. Para entender –y sobre todo poesía- más que de leer, se trata de re-leer.  Quien en su reconocida trayectoria le ha dado importancia decisiva a la palabra, cuando se define y asume como poeta, es elevando la bandera de amor a la palabra. Así se presenta en El lugar del vuelo (Montevideo, Ed. El caballo perdido, 2002) cuyo título es, como bien lo despejó Jorge Arbeleche, un “vuelo literario” y también, “acción última de ese vuelo con la escritura”. En ese libro Pallares se siente comprendido por un contundente juicio de Amanda Berenguer: “El vocablo es el viaje”.

A la hora de posicionarnos ante la creación literaria pueden estar cercanos y más determinantes, algunos autores que tienen parentescos sutiles y no ostentosamente visibles. Tampoco necesariamente realizan mayores aportes aquellos que consideramos más importantes. La cercanía de voz, que construye nuestra familia literaria, se constituye de múltiples e imponderables tonos.

Pallares leyó copiosamente a los autores que están fuera del tiempo, tanto como a sus contemporáneos y leyó, generosamente, a los autores de su propio país. Inconducente, por lo tanto, buscarle parentescos ocultos, cuando él mismo los declara en acápites y dedicatorias. Se siente y esto es bien visible, genuinamente integrado a la poesía uruguaya y sabe que a ella y en ella debe orientar la posición de las velas.

                                              

                                               *

 

Ricardo Pallares en El lugar del vuelo, en forma de clarín, y después  en Razón de olvido, (Montevideo, Ed. La Gotera) de manera confirmatoria, se instala en la creencia firme de que el único lugar del poeta es el poema. Se aleja de todo sentido utilitario o proselitista, pero no se afilia a la poesía pura. Es la suya poesía conceptual, pero no filosófica. No pierde de vista que el poema, como quería Antonio Machado, tiene que ser cuento, pero también canto. Sus poemas se pueden leer en voz alta –cuestión no menor en la poesía de hoy-, alcanzando la musicalidad que les es intrínseca.

La poesía de Pallares no ha cesado de plantearse a sí misma como forma de conocimiento. El poeta se busca en el poema y se mira al espejo cuando lee y corrige. Entiende sus repliegues íntimos cuando hace sutilísimos cambios de palabras, cuando rescata antiguas palabras del español, o cuando exhibe naturalmente un neologismo.

Y el lector asiste en Razón de olvido, en líneas generales, como a un confesionario. Pallares susurra lo más hondo de sí. Maurice Blanchot  expresa que el poema es un balbuceo que nos pone en las puertas del vacío esencial donde se gesta el poema. Más que sugerente e incontrastable lo que afirma el autor de El espacio literario. El lector tiene derecho a exigir al poema que lo mueva,  trastorne, ilumine.  Y cuando un poema puede dar satisfacción a esa exigencia, habla de su autor pero también de la especie, como sucede en

 

Sin casa ni pan:

                                                                       Desde una mitad amarilla

                                                                       sueña la hoja la mitad

                                                                       de su verde corazón.

Qué larga marcha

                        cuánto es el andar

qué listado de trampas y de engaños

cuántos tiempos

                        lugares

                                   y lenguajes

qué variedad de uniformes

                                   qué uno

que es Él

                        qué abandonos los del destino

calles países fuegos y canales

 

desde el hueso propio

                                   y la propia sangre

bulto de corazones y gusanos

sale una bengala sobre Belén

 

qué variedad de uniformes

                                   qué uno

que es Él

                        qué oscuro el sueño

                                   la visión

de guerra es

                        es luminosa

                                   siniestra

la bengala trazadora en Belén

cuánto es el andar

                        qué larga marcha

que airosa mancha

                        cuánto desamor

desde el hueso propio

                        y la sangre propia

qué larga marcha

                        cuánto va de andar.

 

Un paisaje de mar, enteramente vivido, es el telón que unifica los poemas que constituyen las instancias más confesionales de El lugar del vuelo y Razón de olvido. Sobre éste último, se puede decir que su cenit es “razón de olvido” y su nadir, la razón de amor. El libro se mueve en los parámetros de fina observación que fijó para siempre Pablo Neruda:

 

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.

                                   Es tan corto el amor y es tan largo el olvido.

 

En estos polos, el autor se mueve con la comprensión serena del mundo que nace de los afectos y de las convicciones firmes, como si saliera a la vida desde

 

Una casa azul / adonde hay un pino / tramontino /

En el centro de una gruta / en la que / descansan suaves las brisas / antes de nacer el viento.

                                   ( Mirando una foto de infancia)

 

Y desde esa foto no cuestiona ni reniega, sino comparte una paz que tiene un componente casi místico, porque ese alcance tiene para él la relación de espíritu a espíritu: “Salí de mi casa sosegada / y queda reguero de lágrimas / arrebatadas. (En una noche oscura).

 

Cinco secciones conforman Razón de olvido (cuyo número de poemas quiero adivinar que su autor eludió que fuera 33 y lo decretó de 34). Cinco secciones más que de similar intensidad y temas, de similar estilo. De no similar intensidad porque creo que hay una sección entera que escapa de lo es el centro neurálgico del libro, que es la inmersión en el mundo de los afectos.

 

A la sombra del aire erguido se llama la primera sección. Y regreso del polvo, el primer poema:

 

Los ciclos del polvo tienen Anas

son de alas

llevan meses

                        gotas

                                   pinceles

no transitan por el correo

ni saben de alientos ajustados

de gargantas

                        tocadas por oboes

 

 

Los ciclos del polvo tienen Anas

y tiempos desmedidos

queridos ya cantados

                                   En los que

hay un desvuelo

                                   y regreso alto

donde Él se está quieto

                                   deslumbrado.

           

¿Cuál es el aire erguido? El que tiene en su seno la creación, las claves, el aire ensemillado que riega de formas el mundo.

            El griego que es Pallares, en tanto creyente en el poder del arte, pero también griego por su equilibrio, cree en algo innombrable que está por encima de los dioses. El destino de los griegos y las Anas de Pallares. En tanto los ciclos del polvo tienen Anas, “Él se está quieto, deslumbrado”. Y las Anas no son sino el plural de aquella que según la tradición fue la madre de la Virgen María. Santa Ana, madre de la Virgen, es tema pictórico grato al Renacimiento y por eso los pinceles del poema. Los ciclos del nacer y el morir, los del polvo, tienen detrás un antecedente no visible, un principio vital no reconocido doctrinariamente, que son las Anas, ésas que hacen que estemos, tutelarmente, “A la sombra del aire erguido”.

Esas Anas se pueden entrever después como “mano verde”, en medio de un paisaje idílico y compartido (Hubo indicios) y son visitación en el “claro invierno de los cirios” (Ardimiento). La visitación es del tiempo, tiempo recuperado que se torna “polen exacto”. De lo perdido vienen las fuerzas renovadas, porque es “destilado y encantado olvido”. (Acción de alquimia).

El aire erguido, a cuya sombra estamos en la primera sección del libro, es un aire de inminencia “donde se unen la risa y la brevedad del planto”, y donde están en suspenso la vida “los pinceles / se quedan ciruelados / casi prontos / y de amores.” (Gravitación)

 

Tiene puertas oscuras el país del amor.

 

Es el nombre de la segunda sección. Pero oscura no por malignidad, sino en el sentido de incognoscible. Se llega al “signo / palabra / y voz” rumor de revelación, después de “fases / briznas / puntos / de medio arco / camino de la voz” la presencia del amor es impalpable y nos rodea “Estoy de cielo y casi puedo oírlos / violines que suben torres vacías”, mientras una voz indaga “¿dónde quedó el amor alfarero?” (Dolor de manos).

            El poeta se define “cuando siento existo” y confía en “recibir al tiempo ido / que vendrá”. (Dura luz de amor).

            Conmovedor resulta, en todos los casos, esta apuesta a la fusión de los cuerpos, sentida como dádiva y con responsabilidad:

Me han dado

 noche caída en la mano

cerrada

 que trabaja

                        entre aljabas

circunvala el puño y las espadas

disuelve

al sésamo cuando fragua

cuece las piernas entre enamorados. (Reparto de la mies)

 

3) Como bando de pájaros sin hilo es el nombre de la tercera sección.

 

Esa dispersión del pájaro que no encuentra donde posarse, anda alrededor de la mesa donde hay la vallejiana “Redonda y larga espera”, que no hace más que destacar ausencias: un pan que espera a los comensales. Se oyen Voces al trasluz que son las transparencias de los ausentes. “Hoy he andado el día / con mis muertos”. No es la soledad del hijo, sino la del hombre “dándole vueltas a este día / y a su hora”

Creo que el sentido general de esta sección es previo al paso de las dos primeras. Después de asumir esta soledad en su intensidad plena, puede darse paso al resurgimiento porque: “Los ciclos del polvo tienen Anas”

 

4) Con poca letra

 

Es esta la sección que, como propuse, interrumpe el tono confesional del libro. Los motivos son las palomas de Felisberto, el suspiro de Arcadia de Julio Herrera, las pitangas, las estrellas, dos palomas juntas y un mismo halcón, la imagen mapuche, fiesta de oboes // esqueletos de ballena y “una línea azul en el mar” (Pedido y señal). Si es posible esta delectación es por la asumida paz de espíritu que manifiesta siempre el poeta. No es por lo tanto interrupción sino complemento. Se logra la paz para poder ver.

 

5) Polvo, sombra y humo

 

es el engañoso nombre de la última sección. Quien lo considera un instante antes de leer los poemas, espera la desolación, la ausencia de seres y figuras y los esparcidos restos de un incendio. En lugar de ese paisaje predomina el anunciado en la expresión que nos guía: “Los ciclos del polvo tienen Anas”, porque al dolor de Humeral le sucede lo que anuncia el título Encuentro:

 Anoche supe

en línea de frontera

desde otros ojos

y esplendores

desde un suelo que da

ciego junto a una pared

donde se conjugan risa y risa

donde otra vez es fiesta

 

donde empieza el sueño

y boca a boca es la vida.

 

¿Dónde está “polvo, sombra y humo? Sólo es posible ubicarlo como punto de partida para iniciar el camino desde el abismo. Porque si el cuerpo es el barco en el viaje de la vida En mis maderas (es un título)“golpecitos hubo / oscuros llamados” y entonces se yergue el polvo y los llamados desatan las manos y devuelven los ciclos y aunque sea inexplicable algo “llega a la vida / al centro / de las manos”.

Y en Razón suficiente se reafirma la comprensiva aceptación del orden del mundo, con sus muertes y renacimientos.

           

Razón suficiente

 

Va y vuelve

mueve y mueve

amor alfabetario

o razón de olvido

 

anida memoria

la huella de una letra

respiración del mundo

rudimento y olvido

 

un latido azabache

nace

            entre garabatos

sin memoria

lento

muy lento trae

trae y mueve

está pleno

del semen del mundo.

 

El hombre de letras que es Pallares, no podía mostrar la puja del amor, la puja por mostrarse el amor, si se quiere más allá de “polvo, sombra y humo” sino como signo, y en este caso, garabato. Otra vez y en otra acepción, el balbuceo que nos justifica, porque es razón suficiente y la fuerza de la vida cuando un latido azabache nace “pleno del semen del mundo”.

Con “fé de remo”, como dicen las recordadas palabras de Gladys Castelvechi, con cada golpe impulsando el bote y con cada poema avanzado la vida. Porque ese carácter, esa seriedad ostentan los poemas de Ricardo Pallares. Y como paréntesis a estos razonamientos, si se considera lo esencial que se manifiesta el poema para Pallares, uno no puede menos que preguntarse como vivió su autor antes sin escribirlos.  (Apenas confiesa una lejana selección en un diario).

 

Ante el lector que transita poco y nada la poesía, los poemas de Pallares pueden parecer crípticos. Pero a los ojos de quien se deja llevar por un verso, su fluencia y sus asociaciones, la poesía de Pallares es un brindis de belleza que debemos agradecer. Decía al comienzo que la poesía de Pallares no es proselitista. No lo es en sentido partidario ninguno. En tiempos de ambiciones de poder global, de riquezas obscenas, de discursos mediocrizantes, de menosprecio diario por la inteligencia, se debe agradecer los válidos intentos por restituir la dignidad del hombre como ser espiritual. Ese es el derrotero de la poesía de Pallares. Esta es su razón militante. Y nunca más urgente y necesaria que hoy.

           

Ceniza del mar

 

Y si primero fue el agua a ella se le deben “olor, amor y mujer”, las formas elegidas para la nerudiana Entrada al mundo, que recuerda a la de Entrada a la madera, del poeta de Residencia en la tierra. Pallares siente el tiempo y el misterio como algo que ocurre ahí, delante de los ojos. “Al bosque del agua / le falta la copa del sentido” (Regreso), es decir, todo es agua y la copa del sentido es el tiempo que lo transforma en lo que conocemos, que no es otra cosa que el eterno retorno: “migración del polen / hacia abajo hacia / el fondo boscoso de la arcilla (…hay también un más allá del fondo). Y un poeta profundo y claro, como Pallares, puede establecer que lo que ocurre es la celebración- re semantización del mito, como son esos lebreles que corren gozosos en el mar.

 

 

El hombre y la piedra

 

 

La piedra nos une al pasado, es el pasado. O es el viaje más rápido que podemos realizar desde este mundo que está a nuestro alcance hacia otro que ni siquiera podemos imaginar: “inmóviles hacen su viaje quieto” (El viaje inmóvil). La piedra sostiene el mundo en Amante geología (Montevideo, Botella al mar, 2010), el último libro de Ricardo Pallares, que es como una versión racional y fundada de aquella poderosa tortuga que tenía al planeta sobre su espalda. Pero lo puede ser en esa su especie de eternidad porque participa de la secreta unión entre las cosas y el acontecer, porque (la esfinge) “musita cuando se esparce y retrae // que todo amor es pétreo y es del polvo” (Silencio ocre) y “sin ellas (las piedras) no hay hondero ni mano” (Una o varias).

La poesía de Ricardo Pallares es una red que se despliega para encerrar el sentido de la vida, que no da respuestas, no catequiza, sólo pleitea con la filosofía, la ciencia y la teología, desde la fortaleza de algunas percepciones, entre las que se destaca la que provee la observación inteligente de la piedra: “porque una geoda en su intermitencia / adentro vive y sola está en su afuera” (La sabia piedra). Los sucesos son percibidos en el deambular de la piedra “cada sombra es una alegría antigua” (Naturaleza oculta) y “hay vaivén de huesos viajeros / que huelen a memoria y a carbón” (Un movimiento), exigiendo la entrega y el sacrificio,  dado que “tampoco dora el pan sin amargura / ni surge la claridad sin la voz” (La libertad de las cosas).

Casi en el centro del libro se encuentra un texto que propone un sentido figurado de amplitud de lecturas, “el dragón de piedra enardecido” puede contener la clave de la relación del hombre con el mundo mineral, aunque él mismo no sepa “a las puertas de la cueva no sabe / las claves la navegación el viaje” (Entrada a la  cueva). Poema central, eje, alegoría múltiple que ilumina el libro y vale como lo dice su título, como verdadera entrada al lugar donde se oculta la revelación del misterio. Aunque no sepa la piedra que a través de ella se expresan creencias “juntas lucen sobre piedra con tallo / la coralina culebra rupestre / sierpe azteca y la llama de los Andes” (La espera), en la piedra estamos y somos –podría decir San Pablo- porque “el alma nos va de pedrerías” (El camino está sembrado). En la intuición de la grandeza de la comunicación que aún es posible con el mundo mineral se cifra Amante geología, libro que acomete los grandes temas del hombre, que podrían amplificarse con solemnidad, pero que Ricardo Pallares elige tratarlos como algo inmediato y cotidiano, con la sencillez propia del sagrado ejercicio que es la poesía. Alguien escribió o dibujó el mundo -Borges y los cabalistas lo sabían- con tinta y con betún “con el que escribió un verso perfecto / que no oye no se entiende ni se ve”. (Quién lo recibirá). El lector de Amante geología, pasa y repasa sus ojos por esas líneas porque tiene la sensación que oye, entiende y ve. La vida tiene sentido en los marcos de la belleza, en la lenta maceración del fuego y el agua para lograr el oro de la vida. Los pasos de Pallares son coherentes y firmes, como de alguien que camina con una lámpara azul por entre las ocultas grietas del presente.

       
 

 

Dirección para
contactarse con esta
página:

leogaret2017@gmail.com