ALEJO CARPENTIER EN LAS TRAMPAS DE LA NARRACION

Leonardo Garet

 

" Primavera - verano - 2014, núm. 11 "  

 

Presentación

             Alejo Carpentier (Cuba, 1904-1980) murió en el apogeo de su creación, cuando se esperaba el anunciado El año 1959. También cuando todavía resonaban sus palabras dichas al poco tiempo de recibir el premio Cervantes, en 1978: "Me conforma todo lo que he publicado, en mayor o menor medida.  Pero creo que mis dos novelas inéditas que están en plan de descanso y corrección, son lo mejor que he escrito hasta el presente." (E.Estrázulas, "La sensualidad de un virtuoso", Montevideo, "El Día", 5-8-78.)

            Alejo Carpentier logró, casi se puede decir desde El reino de este mundo (1949) su estilo definitivo. Queda atrás solamente su primera novela Ecue-Yamba-O -Jesucristo, sálvanos- (1933), como fácil experiencia juvenil deudora del surrealismo, de la cual su autor es el primero en arrepentirse.

            A diferencia de Vargas Llosa que emprende cada novela con ideas distintas de técnica literaria, Carpentier se traslada con su rotundo estilo, con su prosa riquísima, a los paisajes imaginarios y a las reconstrucciones de época, al Caribe de El reino de este mundo y a las fuentes del Orinoco en Los pasos perdidos (1953), al peregrinaje de El camino de Santiago (1958) y a la pura invención de El viaje a la semilla (1944), a los excesos y derrota del Magistrado en El recurso del método (1974) y a la canonización de Cristóbal Colón en El arpa y la sombra (1979).

            A su mundo novelístico se asiste como espectadores ocultos y privilegiados con su poder gráfico visualiza el movimiento, las formas y el color. Se habla del barroquismo de Carpentier porque está poseído de la lujuria del idioma, porque parece en todas sus obras que "al comienzo fue el verbo" en estado puro y después todas las otras circunstancias del relato.

            No obstante, Carpentier es un  preocupado por inquietantes contenidos: la búsqueda existencial de Los pasos perdidos; los juegos con el tiempo en La guerra del tiempo (1968), que incluye  dos textos ya publicados, El acoso y Viaje a la semilla, además de dos nuevos, Semejante a la noche y El camino de Santiago; la alucinación de El reino de este mundo, la pasión histórica por reconstruir la Revolución francesa en la isla de Guadalupe en El siglo de las luces (1962), el estudio de múltiples niveles de realidad de América El recurso del método (1973) y su más comprometido intento con el presente en Los convidados de plata (1972) adelanto de su obra El año 1959, inspirada en la Revolución Cubana.

            Además de decidido impulsor de la novela histórica americana con El siglo de las luces, es uno de los adelantados del realismo maravilloso, acuñando la frase tan caracterizadora "el reino de este mundo". Escribe con la minuciosidad y el asombro de un conquistador dando noticias a la reina de las nuevas tierras. Y todo con la perspectiva socarrona y la sonrisa  cómplice.    

 

Los pasos en la trampa

            Alejo Carpentier desarrolla en Los pasos perdidos   la fervorosa odisea en pos de la recuperación de la integridad del hombre socavada por el materialismo y la desvalorización de los valores. Elige significativamente un viaje como camino de salvación, pero no a la manera dantesca, como viaje en el más allá, sino justamente un viaje que en sí mismo, ya significa una asunción del "reino de este mundo". El paisaje del viaje es muy carpenteriano pero, a la vez, incluye una circunstancia histórica particular: Los pasos perdidos, relato de un viaje a las fuentes del Orinoco, se publica apenas un año después del  descubrimiento efectivo de dichas fuentes. Si Carpentier, de acuerdo al detallismo de las descripciones, participó en dicha expedición,  es información que no se lee en sus biografías y cabe, razonablemente,  suponer que siguió esa aventura a través de la prensa.

            Nada hay más cierto que un texto queda determinado por la elección de sus primeras palabras y del ángulo de observación. El comentario de Los pasos perdidospuede iniciarse con la consideración de su narrador, memorialista locuaz que no deja de confesarse, ni cede nunca su protagonismo. Irá confirmando con el paso de las páginas, la peculiaridad de mantener una actitud crítica despierta, que enfoca tanto hacia sí mismo, a su pasado, como a los demás y al entorno histórico social. Para ejercer una severa función de fiscal, elabora su razonamiento sobre un entramado de una suma incontenible de detalles. Los rasgos más curiosos de ese detallismo que coincide con la carpenteriana manera de ver el mundo son los que se pueden deducir de la captación sensorial. El narrador es un hombre que siente antes de ser uno que piensa, al punto que pocas obras tienen una tan decisiva y constante atención a la información de los sentidos. Y por eso el autor es barroco en todos sus términos. El barroco es un hombre que se deleita tanto, que se detiene tanto en los polos de placer y dolor, belleza y fealdad, eufonía y cacofonía, que  de ellos extrae su visión polarizada del mundo.

            Una curiosidad del narrador de Los pasos perdidos es su deliberado anonimato, lo que sumado a los datos de su biografía que asoma a lo largo de la novela, a su carácter de hombre de dos mundos, lo proyecta como símbolo del hombre occidental. Pierde carnadura cuando busca ser todos los hombres pero la pérdida de individualidad no se debe a la aplicación de una ecuación fácil: a menor individuo, mayor presencia simbólica, se refiere a la comprobable falta de coherencia del personaje, a la que este trabajo se referirá más adelante.

            El narrador, no conforme con ser único, se preocupa por sembrar pautas de interpretación: aquí estamos ante un paisaje de la Edad Media; aquí, en uno del neolítico, etc. Poco o ningún margen queda para otra interpretación que no sea la del correlato de un viaje en el tiempo.

            Vinculado con lo antedicho, el diálogo es inexistente. Se adelanta la soledad del hombre y se va cayendo en una de las anunciadas trampas de la narración. El narrador exclusivo se vuelve despótico, e inventa un mundo cerrado donde la narración parece no tener sorpresas. Y así es efectivamente, porque enfocando lo que ocurre con el personaje, se hace notorio que éste no es dueño de su destino y que, simplemente, las cosas le ocurren y el mundo se le precipita, en una de las heridas más graves provocadas por las trampas de la narración. El autor quiere un personaje que, a medida que viaje, evolucione hacia una forma más auténtica de vida. Parece inevitable el paralelo con Hermann Hesse que, reiteradamente, planteó en sus novelas un similar cuestionamiento del hombre contemporáneo. Los personajes de Hesse parten de un hastío y pérdida de valores causada por los mismos agentes, sólo que, el autor de El lobo estepario y Siddharta, es más riguroso en la determinación de las salidas, más exigente para la evolución sicológica de sus personajes, ya se trate del occidentalísimo Harry Haller, o del orientalísimo Siddharta. Hesse parte de una premisa axiomática en su obra  y es que la verdad está dentro del individuo y la evolución verdadera se hace solamente hacia el interior. Carpentier propone que su personaje peregrine en busca de su propia superación. Pero ésta no se cumple sino que es una ilusión, del narrador y acaso, del propio autor. Y no se cumple por la excesiva soledad del supuesto interesado. Si quiere crecer mirando hacia afuera, debe hacerlo en el intercambio dialéctico con los demás. Al viajero de Los pasos perdidos le ocurren las cosas. Se pueden anotar algunas instancias claras de esa falta de poder  decisorio del personaje:

             1) la soledad, o "vacaciones maritales", en principio no es otra cosa que un sorpresivo paso de su mujer, llamada a compartir una excursión de su compañía teatral. El protagonista  recibe el hecho tan consumado que lo sorprende la misiva: "Besos Ruth. P.S. Hay una botella de jerez en el escritorio".

            2) El encuentro con el Curador, que le permitirá el viaje, o sea nada menos que el desencadenante de la trama, es absolutamente casual y ocurre para que no quede ninguna duda de su carácter simbólico, bajo la lluvia. Es que se piensa como el viaje purificador y el Curador se lo ofrecerá aún después de oir la extendida gama de autoflagelación del protagonista.

            3) Dicho viaje lo emprenderá con su amante Mouche, no por deseo personal o compartido sino por decisión de ella.

            4) Cuando es necesario y no sabe desprenderse de Mouche, el paludismo acude, providencial.

            5) Pero quizás lo que deba llamarse verdadero "Deus ex machina" de la obra, sea la aparición del avión que lo encuentra en medio de la selva.

            6) Como último ítem para esta exposición, que no agota los posibles, se encuentra el hecho que Rosario, la mujer con la que cree experimentar el amor verdadero, no lo espere y pueda cumplirse así el planteo teórico de la obra.

            El ostensible planteo de tesis hace víctima, como tantas veces, a los personajes encargados de sostenerla. El personaje cree evolucionar y lo único que sucede es que le es permitido contemplar una forma de vida más auténtica. El permanece ajeno. Valga como adelanto el siguiente: luego de su tan proclamada superación interior, al volver de "su mundo" vuelve a tener relaciones con su amante. Vive en los momentos finales de su aventura en la ficción, una instancia que debería estar ya superada.

 

Evolución del personaje

            El narrador-protagonista ingresa al mundo de la ficción vinculado al arte; su mujer es actriz de teatro y en el fracaso de su profesión se adelanta el fracaso de la pareja; su amante es astróloga por snobismo y mercantilismo, también ella "representa" y no es capaz de "sentir" verdaderamente. Tras de sí el protagonista tiene una vocación de músico minuciosamente sepultada. El recorrido vital, el viaje, estará estrechamente relacionado con la búsqueda de una autenticidad también como músico.

            Como músico, el protagonista tendrá una evolución más auténtica. Pronto comprende que no puede mentir el instrumento que salió a buscar en su viaje, ese como eslabón perdido de la historia de la música. Es que se trata de un creador que vive pendiente de la realización de su obra. Su auténtica evolución sólo se puede sostener si se tiene en        cuenta la escritura de su Treno, de su obra escrita en los cuadernos proporcionados por el Adelantado. Sabe que será irrepetible el aliento que le dio origen.

            Desde el punto de vista del individuo; ¿es verdad su crecimiento, o sólo existe una atracción hacia Rosario? Cuando no puede volver a ella porque es demasiado tarde ¿hay algún lector que suponga que el personaje se propone quedar en la selva a pesar de todo? No, razonablemente, porque el narrador no elaboró ningún planteo de alternativa. El vuelve para vivir con Rosario.

            Pero hay otro punto que debe clarificarse en la novela. Otra trampa de la narración. El personaje no dialoga y no evoluciona pues eso da la rarísima consecuencia de no plantear siquiera las reacciones que un hombre muy siglo XX suscita entre hombres repetidamente presentados como del Neolítico. Carpentier no sintió esta fractura porque no hizo hablar a sus personajes. De lo contrario se le hubiera hecho evidente, ¿en qué lenguaje los hago entenderse? Y así lo tenemos al protagonista teniendo amores con una aborigen sin que ello represente nada fuera de lo normal ni para la interesada, ni para su familia, ni para los otros pocos hombres de la sociedad del Adelantado. Tal cosa no es convincente y tampoco lo sería para Carpentier si hubiera intentado la mínima comunicación entre sus personajes.

            La sumas de salvedades a la novela, pueden suponer una consecuencia valorativa que no está en estos límites. Sin duda que los personajes de Hermann Hesse son más vitales, más completos e inobjetables desde el punto de vista racional. Son caminos prototípicos. Lo que ocurre es que la novela de Carpentier apasiona y deleita, a pesar de todo, porque se siente a ese hombre débil como un prójimo próximo. Con ese hombre puede identificarse el lector tanto como con los rigurosos y ascéticos de Hesse. En él no hay voluntad de crecimiento sino de derrumbe. Hay el escepticismo de quien no cree  en la magia ni en los vivientes dioses orientales.

            El protagonista de Los pasos perdidos no encuentra nunca una verdadera integración a sus semejantes, porque así como renegó del mundo occidental, del mismo modo se encuentra muy lejos de poder sentir como los integrantes de la naciente comunidad del Adelantado. (No en balde carece de autoridad moral y de convencimiento ético como para matar al leproso que había violado a la niña.) Pero por el contrario, se integra rápidamente a la naturaleza y tanto que se puede presentir que el paisaje lo determina. Las sugestiones de paisajes lo deciden a realizar el viaje.

            Como el personaje no es dueño de su destino,  el azar tiene relevancia en Los pasos perdidos y se cumple la estrecha vinculación con la obra de aventuras prototípica: La Odisea. Un personaje, Yannes, buscador de diamantes, lleva como joya de su equipaje, un tomo de La Odisea. En  otra oportunidad, el narrador se equipara a Odiseo. Y caben también las consecuencias. Mientras Odiseo tiene sobre si a Zeus determinando su futuro, el protagonista de Los pasos perdidos, hombre del siglo XX, sólo convive con su desorientación.

            El crecimiento del personaje de Carpentier no fue tal y por eso el final de su peregrinaje, es volver al sin sentido. Por eso la comparación con Sísifo. El protagonista vuelve a cargar la roca de su vida anterior.

            Quizás la clave de toda la obra sea la experimentación del tiempo, una de las más constantes obsesiones de Carpentier. Y se distinguen dos tiempos. El individual y el de la historia. En el individual se da el fracaso del protagonista, el que por su misma pequeñez de criterio, contempla el fluir de los acontecimientos sociales con una óptica que contradice a la del autor en otras obras.

            Es notorio y hasta ostentoso el desinterés con que se contempla el conato revolucionario; Carpentier quiere decir con ello la limitación de criterio de su personaje; de su antihéroe. Porque exactamente contraria es la postura colectivista de la historia que se expone al final de El camino de Santiago, donde hasta desde lo divino se justifican los errores, con tal que se realicen obras., con tal de "que me cumplan", como dice el apóstol Santiago. Ese desinterés es también la antípoda del sentimiento de apoyo a cualquier intento de realizar una obra, como concluye en las páginas finales de El siglo de las luces, cuando Esteban y Sofía, deciden hacer "algo", cualquier cosa, lo que se pueda, pero nunca quedarse de brazos cruzados. La idea de compromiso social, es señalada ausencia en el protagonista y el planteo general de Los pasos perdidos que tiene, en cambio, otras ambiciones y propuestas.

       
 

 

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