LEONARDO GARET

 OCTAVIO PAZ

HIMNO ENTRE RUINAS

 

" Invierno - primavera 2017, núm. 14 "  

donde espumoso el mar sicilano... 
Góngora

 

Coronado de sí el día extiende sus plumas
¡Alto grito amarillo, 
caliente surtidor en el centro de un cielo
imparcial y benéfico! 
Las apariencias son hermosas en esta su verdad momentánea,
el mar trepa la costa, 
se afianza entre las peñas, araña deslumbrante;
la herida cárdena del monte resplandece; 
un puñado de cabras es un rebaño de piedras; 
el sol pone su huevo de oro y se derrama sobre el mar.
Todo es Dios. 
¡Estatua rota,
columnas comidas por la luz, 
ruinas vivas en un mundo de muertos en vida!

Cae la noche sobre Teotihuacán.
En lo alto de la pirámide los muchachos fuman marihuana,
suenan guitarras roncas.
¿Qué yerba, qué agua de vida ha de darnos la vida, 
dónde desenterrar la palabra
, la proporción que rige al himno y al discurso,
al baile, a la ciudad y a la balanza?
El canto mexicano estalla en un carajo,
estrella de colores que se apaga, 
piedra que nos cierra las puertas del contacto.
Sabe la tierra a tierra envejecida. 

Los ojos ven, las manos tocan.
Bastan aquí unas cuantas cosas; 
tuna, espinoso planeta coral, 
higos encapuchados,
uvas con gusto a resurrección,
almejas, virginidades ariscas,
sal, queso, vino, pan solar,
Desde lo alto de su morenía una isleña me mira,
esbelta catedral vestida de luz.
Torres de sal, contra los pinos verdes de la orilla 
surgen las velas blancas de las barcas.
La luz crea templos en el mar.

Nueva York, Londres, Moscú.
La sombra cubre al llano con su yedra fantasma,
con su vacilante vegetación de escalofrío,
su vello ralo, su tropel de ratas.
A trechos tirita un sol anémico.
Acodado en montes que ayer fueron ciudades, Polifemo bosteza. 
Abajo, entre los hoyos, se arrastra un rebaño de hombres.
(Bípedos domésticos, su carne 
-a pesar de recientes interdicciones religiosas- 
es muy gustada por las clases ricas.
Hasta hace poco el vulgo los consideraba animales impuros.) 

Ver, tocar formas hermosas, diarias.
Zumba la luz, dardos y alas. 
Huele a sangre la mancha de vino en el mantel. 
Como el coral sus ramas en el agua 
extiendo mis sentidos en la hora vivo:
el instante se cumple en una concordancia amarilla,
¡oh mediodía, espiga hinchada de minutos,
copa de eternidad! 

Mis pensamientos se bifurcan, serpean, se enredan,
recomienzan,
y al fin se inmovilizan, ríos que no desembocan, 
delta de sangre bajo un sol sin crepúsculo. 
¿Y todo ha de parar en este chapoteo de aguas muertas?

¡Día, redondo día,
luminosa naranja de veinticuatro gajos,
todos atravesados por una misma y amarilla dulzura!
La inteligencia al fin encarna,
se reconcilian las dos mitades enemigas
y la conciencia-espejo se licúa, 
vuelve a ser fuente, manantial de fábulas:
hombre, árbol de imágenes, 
palabras que son flores que son frutos que son actos.


HIMNO ENTRE RUINAS DE OCTAVIO PAZ
Por Leonardo Garet 

El sentimiento del tiempo detenido, en radiante afirmación del presente como ser pleno -la insaciable búsqueda faústica del "momento detente, eres tan hermoso"-, es una de las intuiciones recurrentes de la obra de Octavio Paz (Ciudad de México, México, 1914-1998) para quien la comprensión del ser, y del ser en la historia, está estrechamente vinculada a la posibilidad de captar la incidencia y primacía que los distintos tiempos, el cíclico y el lineal, tienen en un instante determinado. Sus poemas nacen de la hermandad verdadera de la inteligencia, la cultura y el sentimiento. Paz oye, toca, ve un razonamiento o un hecho histórico; es el antropólogo y el filósofo que sólo sabe pensar en poesía. No hay poema suyo, por intrascendente que parezca, que no suponga un intento de comprensión del cosmos; así "Niño y trompo":

Cada vez que lo lanza

cae justo,

en el centro del mundo.

Con mayores razones se puede hablar de trascendencia en sus poemas más extensos, de los cuales "Piedra de sol", es el más elaborado y comentado. "Himno entre ruinas", pertenece a La estación violenta (1957) y se destaca por la claridad y oportunidad de su planteo.

Senderos del himno 
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En "Himno entre ruinas" el mediodía es la hora elegida para ser detenida. El día aparece "coronado de sí", premiado por sí mismo, mostrando satisfacción cuando "extiende sus plumas". El sol en el cenit, responsable de la elección del mediodía, es metaforizado mediante doble sinestesia, que sugiere la expansión violenta del calor desde la altura. Y para que el sol se destaque aún más, se aclara que el cielo es despejado, "imparcial". La serie de imágenes sensoriales de alabanza, de los primeros versos es interrumpida por un verso que relativiza la exaltación con palabras tomadas de la filosofía, "apariencia y verdad", para representar que es una mente alerta la que se encuentra extasiada en el momento.

La mirada se extiende al paisaje, resultado de ese "huevo de oro" que pone el sol. Las variadas prosopopeyas, el día tiene plumas, el mar trepa y es una araña, el monte tiene heridas, las piedras forman rebaños, el sol pone huevos, se justifican, en tanto que en la presentación de un instante sólo importa la apariencia fotográfica de las cosas y los seres. Así también en un quiasmo enriquecedor, las cabras son un puñado, cosificadas porque están con la coordenada del tiempo reducida a un punto. Ante tal éxtasis intuitivo, se entiende que "Todo es Dios", porque de la plenitud sensorial se va a la fe, de manera igualmente arbitraria a cuando de su interior extrajo San Pablo: "Dios está en mí, está en tí, está en nosotros y nosotros somos nos movemos en él". La estrofa culmina con el presente imponiéndose al pasado -una estatua rota- luego las columnas no están rotas sino que la luz las come, porque tampoco tienen tiempo y son parte de ese corte transversal del mundo, un mundo pleno porque puede ser intuido en toda la riqueza de asociaciones de los sentidos, sin la interferencia o intervención de la memoria. En el último verso, la expresión "ruinas vivas", derivada de aquellas "columnas comidas", da origen, por juego de palabras, al juicio, "mundo de muertos en vida", que revela la reaparición de la conciencia vigilante. 

En la noche, sin la transfiguración operada por el sol resaltando cada elemento del mundo, el pasado aparece como un lastre y la nominación de un lugar, Teotihuacán, implica que éste señala su presencia con todas las connotaciones de un pasado que, a su vez, fue brillante, y de un presente que sólo es imagen de desolación. El tiempo impone su reinado a lo que se sigue llamando Teotihuacán: la noche cae. Y como el presente ya no satisface, los muchachos buscan excitación artificial. y para que sea más notoria la transgresión a la armonía natural, lo hacen en lo alto de un lugar sagrado. Es el poeta plegándose a esa circunstancia que se pregunta los medios para volver a lo esencial, a un tiempo donde la palabra tenía un valor equivalente a la proporción que rige todas las cosas. Desenterrar, buscar una palabra, porque el hombre "es un ser maravilloso" y porque, a veces, habla.

En ese hoy dominado por el ayer, la gente que vive en función del ayer, no encuentra la palabra, no habla, ni canta, meramente "estalla en un carajo" y cortan la comunicación, "cierran las puertas del contacto". En ese clima se explica que "sabe la tierra a tierra envejecida".

La tercera y la quinta estrofa reiteran el tiempo de la primera. En ellas los sentidos salen a su fiesta. "Bastan aquí" -¿en el poema, en el paisaje?- "unas cuantas cosas" y aparecen caracterizados, lo que le resulta al poeta más sugerente: de la tierra su forma equivalente al coral; de los hijos, su contenido, resguardado como una capucha; de las uvas, su tradición, que se une al mito de Dionisos; de las almejas, su interior celosamente guardado; y luego, elementos esenciales: "sal, queso, vino, pan solar".

Con la misma visión sincrónica del mundo de la primera estrofa, la persona es una catedral que se eleva sobre el color de su piel; las velas blancas son torres de sal, y "la luz crea templos en el mar". Santificación de la persona y del mar, y luego en la quinta estrofa, la mancha de vino huele a sangre. Es el presente. Es la apoteosis de los sentidos:

Como el coral sus ramas en el agua // extiendo mis sentidos...

Es el presente absoluto, "la hora viva", que permite que todo adopte nueva relación: "el instante se cumple en una concordancia amarilla".

Pero Octavio Paz propone otro tiempo que vive en su representación, el del futuro con tanto clima de destrucción como el que reinó en Teotihuacán, cuando dejó de ser ciudad para convertirse en reliquia y ruina. El de la destrucción de la civilización representada por esas tres capitales -Nueva York, Londres, Moscú- de la técnica y el poder. La oscuridad ahora no cae, es una sombra que repta de forma indefinida y amenazante. La vida se encuentra agonizando con el "sol anémico". Ya no ciudades y tampoco a quien vigilar: Polifemo bosteza. Los sobrevivientes se han bestializado, "se arrastra un rebaño". Y entre paréntesis, otros seres interpretan a esos hombres como los judíos a los cerdos. El futuro nos estremece con su horror atómico, el pasado nos recuerda lo que hemos perdido y ante tales polos la razón se debate y en la estrofa sexta, se concluye con la impotencia de una resolución.

La última estrofa retoma la radiante afirmación del presente, pero no ya los sentidos solos, como en las estrofas 1,3,5, sino que esos pensamientos que se anegaban en aguas muertas encuentran su cauce: Octavio Paz propone una inteligencia guiada por los sentidos, por la poesía. La conciencia se mira a sí misma y vuelve a ser origen de imágenes positivas. El hombre se vuelve un "árbol de imágenes" y su palabra retorna o adquiere el valor mágico de recrear el mundo. Las últimas imágenes del poema nacen de la inteligencia, de abstracciones y no de los sentidos. Y esta es la respuesta del autor a las múltiples inquietudes y exigencias: la inteligencia con imaginación. Su "Himno entre ruinas" es el que se eleva como afirmación de la vida, a pesar de que se crucen el pasado y el futuro señalando la errónea orientación del mundo. Paz realiza una afirmación de la renovada maravilla de la vida, capaz de colmar el minuto y ser "copa de eternidad."

De esos muchachos que intentan, sin saberlo, recoger en su guitarra las palabras mudas de Teotihuacán, y de esa imagen incorpórea de hombres que se olvidaron de la palabra, Octavio Paz recoge el mediodía, el sol y la palabra.

En las estrofas pares se ausculta el mundo con los ojos de la razón y el resultado no puede ser más deprimente, ya sea cuando aparece el pasado en la segunda, el futuro en la cuarta y la razón como objeto de pensamiento en la sexta estrofa. Las imágenes muestran una plenitud, pero del instante. La última estrofa reúne las dos visiones; mirar el mundo con las dos ópticas. Octavio Paz desacredita lo que proviene de una sola interpretación. Se propone, según el poema, que ni el puro científico o filósofo, ni el artista que excluye a la razón pueden dar propuestas válidas. La obra entera de Octavio Paz, corrobora esta consecuencia. Y la realidad del mundo y de nuestro tiempo, corrobora a Paz. 

       
 

 

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