Viaje de Odranoel hacia los anabákoros

 

Montevideo, 17 de diciembre de 1999.

por Miguel Angel Campodónico

El nómade Odranoel T. va ahora en el ómnibus de norte a sur, pensando que si su búsqueda tampoco esta vez termina en Montevideo, mañana viajará en dirección al oeste para revisar ciertos poblados que ha pasado por alto la semana anterior. Está a punto de dejarse vencer por el sueño, de modo que aparta el cuaderno de notas, estira las piernas, apoya la cabeza en el respaldo del asiento y cierra los ojos. Cuando finalmente se duerme, los anabákoros que acaba de escribir ocupan la pantalla de su mente, bailan, susurran, le recuerdan viejas canciones, lo invitan a descansar y lo acarician tiernamente como si se propusieran tranquilizar a un niño dominado por el temor. Odranoel T. continúa avanzando por la carretera serenamente dormido, rodeado por el círculo quieto de palabras que los anabákoros han formado para velar su sueño.

Odranoel T. había inaugurado su nombre el día que decidió rebautizarse seducido por el procedimiento que una noche cualquiera, también mientras dormía, alguien había utilizado para revelarle el término anabákoros y confiarle lo que se esperaba que él hiciera con ellos. Desde un bar montevideano, decadente y penumbroso, le había llegado el término que lo había trasladado a un palacio ninivita. Prestidigitaciones verbales que partiendo de un pasado remoto se instalaban de pronto en el presente de Montevideo para hablarle de anabákoros. Aquella lejana noche gobernada por el desasosiego, mientras se enredaba con la sábanas humedecidas por el sudor, se había despertado súbitamente con la inquietante seguridad de que por un largo tiempo sería otro. Y que ese otro, por supuesto, necesitaría llamarse de otra manera. Aceptó apartarse del que había sido y asumió el desafío de que el renacido se dispusiera a descubrir las huellas que lo condujeran a los escondidos anabákoros. Fue entonces cuando Odranoel T. se largó a recorrer caminos, pueblos y ciudades con la esperanza de que, en base a un plan minuciosamente preparado, en poco tiempo llegaría a dar con el paradero de aquello que le habían transmitido en sueños. Y es por esa razón que acabamos de sorprenderlo viajando en el ómnibus que corre de norte a sur.

De todos modos, hay que decir que nunca había estado suficientemente claro para él lo que se le había dicho aquella noche en la cual oyó por primera vez en su vida pronunciar la palabra anabákoros. Y quizás también sea necesario adelantar desde ya que se equivocó. Una equivocación propia de quien se despierta sobresaltado y, en medio de la confusa niebla de sus pensamientos, cree haber manoteado la única respuesta que habrá de tranquilizarlo al devolverlo a la claridad de la vigilia.

Curiosamente, fue esa misma equivocación lo que llevó a Odranoel T. a reescribir los anabákoros que, se suponía, ya estaban escritos desde miles de años atrás por los asirios, clasificados y conservados en la biblioteca de Nínive, la ciudad real. Porque era esto, justamente, lo que se le había pedido: escribir los anabákoros, no descubrirlos. Pudo dedicarse a la reescritura, claro, en la tranquilidad de su casa, de frente a la ventana que daba al jardín soleado, pero aquella mala interpretación del mensaje recibido, lo convirtió en un nómade infatigable que se desplazaba de un lugar a otro con la obsesión del cazador que va tras los pasos de la presa herida. Odranoel T. no encontraría los anabákoros que tenía en la mira, pero los escribiría. Y así fue que se encontró envuelto por la historia de Nínive y que -sin saberlo- terminó haciendo exactamente lo que de él se esperaba.

Nuestro Odranoel T. llegó a completar la cantidad de 101 anabákoros. No son tantos como los que reunió el famoso Assurbanipal en su palacio real de Nínive, es verdad. Pero, ¿quién hubiera sido capaz de competir con aquel todopoderoso rey apasionado de la escritura? Puede afirmarse, incluso, que si Odranoel T. incursionó en las más diversas materias, se debió a la influencia que ejerció sobre él la obsesión de Assurbanipal de recopilar textos de la más variada naturaleza en tabletas de arcilla. Y si estas tabletas atesoradas en Nínive, hablaron de los anales de un reinado, de los relatos dirigidos a un dios, de las crónicas de una ciudad o de un templo, de letanías, de los comentarios y de las observaciones de los astros y de las entrañas de las víctimas, de encantamientos mágicos, los anabákoros creados por Odranoel T., en viaje perpetuo no fueron menos abarcadores y también se refirieron a cuanto tema ocupa el pensamiento humano: agotaron la reflexión, la imaginación, la descripción de la realidad y su propia invención.

Grande fue la proeza de Odranoel T. Es necesario tener en cuenta que Assurbanipal se jactaba de poseer de los dioses toda la ciencia de la escritura y que cada uno de sus funcionarios acataba ciegamente su orden de enviarle al palacio los originales, o al menos las copias, de todos los textos rituales, religiosos, mágicos, históricos y astronómicos, para entender lo que significó que Odranoel T. se viera obligado a emprender su gigantesca tarea absolutamente solo, sin recibir la ayuda de funcionario ni de esclavo alguno. Después de todo, en Nínive el precio de un esclavo adulto era apenas de 20 siclos de oro, igual al precio de un asno, lógicamente inferior al de un buey. Pero Odranoel T. no estaba en condiciones siquiera de hacerse acompañar en sus viajes por alguien de tan poco valor. De modo que la consideración de esta verdad, agranda todavía más el valor de la obra de Odranoel T. frente a la del rey Assurbanipal, quien terminaba sus circulares con este consejo que, en realidad, era una orden suplementaria: "Y si existe alguna tableta y texto ritual acerca de los cuales no te haya dado instrucciones y que tú creas bueno para mi palacio, escógelo, tómalo y enviámelo". Odranoel T. jamás tuvo semejante posibilidad, no disfrutó a su servicio ni de un funcionario que le acercara una sola línea. De nadie más que de sí mismo se valió para escribir sus anabákoros. Y fue por eso que su obra adquirió una dimensión mayor que la de un rey. Cuando los arqueólogos que descubrieron en las ruinas de Nínive miles y miles de tabletas tomen conocimiento de la obra de Odranoel T., también deberán abocarse a coleccionar los anabákoros creados por su imaginación para completar definitivamente el tesoro real ninivita.

Odranoel T. aspira a continuar su tarea sin plazo, si fuera posible hasta el mismo fin de los tiempos. Pretende seguir aumentando sus 101 anabákoros porque cree que estos no son suficientes. Pensando tal como lo hubiera hecho un ninivita clásico, se dice que del más allá no puede esperar otra cosa que tinieblas, que no hay recompensas, que ningún dios se molestará en premiar a nadie estableciendo correspondencias entre la vida llevada más acá y la que espera del otro lado. Ni Isthar, la terrible señora, ni Samas, ni Antum, premian a nadie después de muerto. Esta seguridad la expresaban los ninivitas con palabras terribles:

"La vida que tú buscas no la encontrarás. Cuando los dioses crearon la humanidad, también crearon la muerte para ella. Y la vida la retuvieron entre sus manos".

Si la desesperanza presidía la idea del más allá de aquellos pobladores de la Mesopotamia, queda claro que lo único que podían desear era la prolongación de la vida terrena, de ahí que un rey ninivita implorara:

"A mí que temo tu divinidad, cóncedeme una vida de largos días y la alegría del corazón y que de tanto ir a tu templo mis pies envejezcan".

Nuestro Odranoel T. reclama también que sus pies envejezcan recorriendo más distancias que le permitan escribir nuevos anabákoros que sigan alargando su tiempo personal mucho más allá de los 101 que hasta hoy ha dado a conocer.

¿Cómo son los días de Odranoel T.? Los de hoy, propicios para hacer lo de ayer, los de mañana dispuestos a repetir los futuros. Nada lo cansa, no hay distancia que lo detenga, que lo haga vacilar, que lo tiente para quedarse en la tranquilidad de su ciudad del litoral, leyendo, escribiendo, mirando la puesta del sol más allá del río. Se calza la ropa más cómoda, toma el cuaderno de notas, sube a un ómnibus y se va a buscar-escribir los anabákoros del pasado que lo esperan adelante. Tantos años viajando, tanto subir y bajar de los ómnibus, le han dado a Odranoel T. la posibilidad de prever lo que deberá enfrentar, está ya acostumbrado a todos los quilómetros futuros. La carretera es la misma, los pasajeros se comportan como siempre, algunos dormitan, otros leen, unos pocos conversan con los vecinos de asiento, alguno espera en el pasillo que el baño se desocupe, los niños inquietos molestan, las madres los miran con caras de madres, caramelos y galletitas crujen en las bocas de casi todos. Muy pocos pasajeros piensan. Odranoel T. es uno de los que piensa todo el tiempo. ¿Hasta cuándo iré de un lado a otro? ¿Cuánta distancia tendré todavía que recorrer antes de toparme con los anabákoros? En cada viaje se dice que está más cerca que el día anterior. Más cerca de las polvorientas tabletas de arcilla escondidas en algún lugar del norte, o quizás del sur, o en cualquier otro punto al que, tarde o temprano, él llegará. Se entusiasma paladeando la idea de que ha sido elegido para descubrirlas. Sonríe, se pasa la mano por el pelo, mira su vida como un privilegio. Hasta que inesperadamente lo gana el desaliento. Puede ser en el momento en que repara en el perfil de ave nocturna del chofer que bostezando parece a punto de dormirse, cuando soporta al guarda ojeroso afanándose por destrabar la palanca del asiento de una rubia con vincha dorada como su pelo que pretende recostarse para escuchar la música que se inyecta en el oído con un audífono o cuando golpean en sus sienes las desmayadas palabras de un diputado que su vecino de asiento ha encontrado en la radio que manipula sobre las rodillas. ¿Qué ninivita acostumbrado a temblar sobrecogido en medio del silencio del templo de Assur, se animaría a aprobar semejante tablado armado en un ómnibus? Ninguno, por supuesto. Por eso la ansiedad hace que Odranoel T. abra el cuaderno de notas, busque el bolígrafo y, como tantas veces, como todas las veces, como siempre, se ponga a escribir. A la realidad, él le contesta con anabákoros. Si ellos continúan ocultándose, él los escribirá. Nada puede apartarlo de su camino de palabras. Así es la vida de Odranoel T., el escriba nómade uruguayo, esparcido desde el litoral en todas las direcciones. Nunca se queda quieto, en permanente movimiento jamás siente la mano cansada. Si acá no están los anabákoros, él los hace nacer. Si más allá tampoco se revelan, él sigue creándolos. Si al cabo de una noche en la cual ha recorrido cientos de quilómetros los anabákoros no muestran la cara, él está en condiciones de describirla con la detallada precisión de un orfebre. Odranoel T. no anda por las carreteras en busca de palabras ajenas para quedarse de pronto sin las propias. Lo habitan palabras de escriba nómade. Palabras de anabákoros.

No tiene las prerrogativas de un soberano ninivita. No viaja en medio de un gran boato ni lleva la barba y los cabellos rizados coronados con alta tiara. Tampoco exhibe joyas ni largos vestidos recamados de bordados de realce. Ningún servidor camina a su lado ofreciéndole la deseada sombra protectora con un parasol o agitando sobre su cabeza mosqueros formados con haces de hierba que ahuyenten las moscas impertinentes. No va a la cabeza del formidable ejército asirio, nadie tiembla cuando pasa dirigiendo las temidas huestes, no se coloca a la vanguardia de los carros y de la caballería pesada, no lo custodian ni lanceros, ni arqueros, ni honderos. No es el amo de la extensa comitiva que se extiende en larga fila rematada por una retaguardia formada por los camellos y los asnos que transportan la comida y el material necesario para la guerra. No es Assurbanipal, ni Senaquerib, ni Asaradón, ni Sargón el Viejo, ni Falasar I. Es Odranoel T. el solitario, el pacífico andariego que sólo sabe blandir su cuaderno de notas como única arma personal. Rica vida interior la suya, fértil entusiasmo desparramado por caminos y carreteras. Así continúa reconstruyendo un sistema de pensamiento nacido hace miles de años. Reclinado en el asiento del ómnibus, este uruguayo contemporáneo entra y sale de Nínive, se adueña de su historia más antigua y de su futuro más lejano viajando por esta parte del mundo. Escribiendo, apaga cenizas. Por eso Nínive nunca fue tomada, ni saqueada, ni entregada a las llamas por los vencedores medos y babilonios. Los anabákoros borran hasta la desconsolada sentencia que lloró la destrucción de Nínive:

"Esta es la gran ciudad que vivía segura y que se decía orgullosa ‘yo sola existo’. Ahora está desierta, alberga la devastación y recibe el desprecio del caminante".

Los anabákoros de Odranoel T. son capaces de resucitar a aquella ciudad y de hermanarla con las ciudades de hoy, son también capaces de convertir a todos los seres humanos en una única expresión pensante, dolida y asombrada, se las arreglan para construir nuevos y refrescantes acueductos, para levantar flamantes palacios y templos. Los de ayer y los de hoy. Los de la palabra. Los de la literatura hecha Anabákoros.

 

Miguel Ángel Campodónico, Montevideo (1937). Escritor y periodista. Secretario de redacción de Maldoror, colaborador de Aquí. Autor del Diccionario de la Cultura Uruguaya (2003). Entre su narrativa: Donde llegue el río pardo (1980), Descubrimiento del cielo (1986), Invención del pasado (1996).

       
 

 

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