Anabákoros por aquí,
anabákoros por allá...

 

Narradores y Poetas Contemporáneos

 

Por Ricardo Pallares

El último libro de este autor salteño apareció con el sello Editorial Fin de Siglo, esmeradamente impreso y armado, con muy buena tapa, muy buen papel y mejor tipo de letra. Además tiene letras capitulares grandes, de propósitos decorativos, que refuerzan la numeración arábiga progresiva de sus ciento y una partes.

Desde su materialidad se ofrece gratamente para el placer del manejo tanto como para el de la lectura. Leyendo Anabákoros

de Leonardo Garet aparece una necesidad de saber qué significa el título y cuál es el tema. Aparece la necesidad de saber qué es una "literatura de anabákoro" y cuál su función.

Los textos que componen el volumen aparecen como manifestaciones del azar, ante todo porque se hacen cargo de renovados viajes en ómnibus de mediano y largo alcance. Por lo tanto los asuntos tienen una imprevisibilidad segura y atrayente.

Asimismo son manifestaciones de la imaginación creadora que aquí da lugar a una forma singular de diario de viaje.

Por uno y otro lado aparece, además, lo extraordinario y lo maravilloso como propuesta de comunicación y de juego.

Como todo juego jugado en serio (vaya uno a saber cómo empezó) es probable que conduzca a insospechadas derivaciones.

En primer lugar las reglas no están explicitadas especialmente. En Segundo término la experiencia lectora conduce a capturas de sentido que probablemente no se propusieron los jugadores.

Así, por lo pronto, el libro conduce a una especie de celebración a través de la recomposición de la realidad, a una afirmación de la vida a través de fidelidades sustantivas, a una búsqueda de la trascendencia -no de lo trascendente- a través de lo extraordinario, de lo original, del momento lúdico.

Jugando con reglas de juego que son permutación de las escriturales, se recompone la realidad, se asoma un mundo, resulta una afirmación de vida y aparece el hecho literario como resultado y mandato.

El juego -aunque no se vea presión normativa- aporta la sucesividad o sus variantes y aporta las reglas que al interior del acontecer dan sentido, si no razón, a todas las cosas.

Es así que aparece un sentido no "disciplinado", como una producción libre del significante en las condiciones de su pragmática textual.

Ahora bien, la creación que se despliega en un anabákoro es -como se verá- de tipo poético. Por ello, este es un caso de "posvanguardia" -en relación a las del último siglo del milenio que abandonaremos-.

La que captura un "tiempo nuevo" es la fuerza de la poesía y de sus signos errantes por nuevos territorios de viaje, de testimonio, de recuerdo y de simbolización.

Se trata del tiempo de la analogía -como decía Octavio Paz en La nueva analogía- en el que se conjugan la antigüedad y sus pasados, el presente y todos sus ahora, el futuro y su renuevo permanente. Por ello el juego creado se imanta con la misma imaginación que lo creó, se resignifica como mito, y en él "el cambio no es menos ilusorio que la eternidad".

Los viajes en ómnibus que se cuentan, evocan y entresueñan en este libro, a fuerza de circularidades y ocurrencias de reiteración, terminan por llegar siempre al mismo lugar de la salida. Si no en el plano de la anécdota, sí al menos en un plano simbólico.

Ahora bien, como en el plano de la anécdota siempre hay una terminal o equivalente, el viaje adquiere parentesco con el viaje y con las estaciones alquímicas. Habrían procesos y etapas de transmutación de las sustancias que se dan emboscados en trasmutaciones del ánimo mediante operaciones con las letras.

El juego, del que ya hablamos, es una operación capaz de radicales trasmutaciones. No hay juego que no tenga alguna axialidad centrada en el lenguaje, que no sea -en el fondo- pura letra y que no sea vivir algo nuevo y distinto.

En efecto, es llamativo que uno de los paratextos que figura en la contratapa diga: "Vertiginoso como una epopeya, íntimo como un poema y complejo como una novela del siglo XX, es este mundo que da la sensación de ser inventado desde sus letras."

La realidad se carga de ribetes ficcionales cuando sus imágenes son analizadas conjuntamente con los signos que la construyen. La realidad en desfase continuo con las representaciones que acerca de ella impone la cultura, termina pareciendo de "ficción", lo que ya es una manera de serlo.

Al tópico del viaje y del viajar se le vincula un estado, una autopercepción que el hablante tiene de sí como si se tratara de un "estoy viajando". Por momentos se nos aparece a la manera de un estado de la conciencia. Como una metacognición que de algún modo remite al hipertexto.

Viene a cuenta de lo anterior lo que se dice en el texto 38, "el único suceso real es el viaje". Todo lo demás está contenido en una textura o atrapado en ella.

Este anabákoro 38, titulado "Elogio del viaje", agrega: "Pero los viajes no pueden ser contados, por más que el otro lea el garabato del camino. A lo sumo se puede atraparlo en un símbolo. La ambición mayor es que pueda atraparse el sentido de un viaje en un anabákoro."

El viaje pues, es inefable porque sólo es vivible. Se lo puede simbolizar pero lo simbolizado quedará en otra dimensión que es la dimensión iniciática del viaje interior. Por este motivo se dice al final: "Creo en el viaje todopoderoso, creador del hombre y de la razón. En ése, inscripto en el cerebro, como los años en los troncos de las palmeras. En ése, quizás ya imposible de realizar, que nos alejaba de un punto cuando nos acercaba a otro."

El viajar como el vivir todopoderosos crean la razón en el hombre, que es la meta del viaje. La razón es la luz interior, la sabiduría.

Vinculado con estas posibles claves del sentido está el hecho de la existencia de elementos de numeración simbólico-cabalística en varios textos. Basta registrar -al paso- que el libro está compuesto por cien textos y una addenda.

Pensamos que, en definitiva, el viaje transcurre por un "lugar" interior porque hay enclaves subjetivos que le aportan a la mirada del narrador, otro paisaje. Otro paisaje que se sobreagrega al que ofrece la ventanilla del ómnibus.

Porque hay, valga tenerlo presente, ventanas interiores que se abren cuando la ventanilla del vehículo empieza a "pasar" imágenes para quienes van adentro. También hay -dicho sea de paso- dos dimensiones interiores: el interior del vehículo y la interioridad del viajero que enuncia.

Si el viajar en ómnibus revela un topos que es algo así como una tierra baldía, casi liberada de historia y de la acumulación literaria, el cumplimiento narrativo de cada texto -en los que siempre hay un acontecer- instala un tiempo nuevo, primigenio, descategorizado aunque siempre con sutiles hilvanes.

En nuestra opinión es una temporalidad propia de todo juego, incluso de un "juguemos a la literatura en serio" como impulso del cual habría nacido este libro.

El juego en si y en cada una de sus partidas, si las tiene, procede a la instalación de un tiempo "destemporalizado" en razón de lo cual siempre es valedero y en razón de lo cual su ilusión se adscribe a la duración. Cada vez que se lo juega tiene "duración", pues reifica su acontecer, sus propuestas y sus simulaciones.

A modo de ejemplo podemos tomar el texto 16. En él inicialmente se habla de la zoología de los animales-letras pero en su segunda parte leemos:

"Lo que ocurre en el reino de los animales-letras no es muy lejano de lo que pasa con el tiempo. Este fragmento puede estarse comiendo al que correspondía estar a su lado. Sólo así se sienten aceleraciones y enlentecimientos, según se marche en el tiempo devorador o en el devorado.

El ómnibus está detenido en su velocidad constante; el campo del norte uruguayo no tiene algo para que los ojos se sientan útiles.

De rincones que ocupan todo el escenario de la mente salen los animales-letras. Se puebla este paisaje y el de ayer. Los ojos asisten a la lucha: en el aire se producen complicadas operaciones cabalísticas. Un animal muerde a otro. Por una cuestión de letra más o menos, cambia el sentido y el resultado de este viaje".

Nos parece que esta cita es muy ilustrativa de las afirmaciones anteriores, en especial a partir de la idea de la quietud a través de la imagen motora "El ómnibus está detenido en su velocidad constante".

Asimismo, las percepciones de tiempo y de espacio quedan estrechamente vinculadas al proceso de la escritura ya que ella también es una forma del viaje paradigmático. Tiene punto de partida, itinerario, llegada.

El título que lleva este texto que comentamos es "Canibalismo", con el que se alude al caprichoso proceso de formación-deformación de palabras, a las continuas sustituciones, agregados, derivaciones, apariciones, que provoca la gesta lexical y morfosintáctica de un texto, en tanto que protocolización y en tanto que entramado de significados en construcción.

No sería nada extraño que el título del libro -sustantivo que causa fuerte impresión- fuera un casi anagrama del nombre de un café montevideano, uno de los últimos reductos de algunas penas de escritores y círculos de intelectuales y artistas, que no hace muchos años perdió su local en la Av. 18 de Julio y Plaza de Cagancha, y luego se "refugió" en otro muy pequeño que da sobre la acera oeste de la peatonal Yi.

Anabákoros/Sorocabana encerraría una clave a la manera de asunto "cifrado".

En el texto 36, titulado "Sobre la fugacidad", leemos: "Se puede decir que el anabákoro es un fuego artificial que deslumbra en una fiesta y se vuelve recuerdo".

La fugacidad referida en el título sería no la de la escritura sino más bien el momento irrepetible que supone toda producción de sentido durante la fiesta del encuentro del lector con la obra.

Se podría pensar que el texto es el fuego potencial, no el dibujo que adquiere o desarrolla el artificio.

Luego dice que "1os animales-letras prevalecerán" aludiendo a los diversos tipos de texto y a la duración de la obra escrita. En el último párrafo agrega: "Atrás del nombre divulgado, como creyeron los egipcios y los babilonios, se encuentra protegido el nombre verdadero. Por eso no importa que el tiempo borre el anabákoro que se hace visible".

La cita precedente es muy ilustrativa de este planteo. Si el tiempo conduce al no texto, hay otro verdadero que sostiene la especie. Otro que hasta puede ser "oral" como los cuentos en la rueda de café: compuestos repentinamente o leídos para los contertulios.

Estos textos como las conversaciones de café tienen mucho de viaje de ciento y una etapas, a manera de asuntos que podrían no acabar nunca. (En más de una ocasión está citada o aludida Las mil y una noches.)

En este caso hablamos de un casi anagrama por la sustitución de la consonante ce por la ka y la colocación de un tilde de efecto sonoro con resonancia griega.

Pero en el texto 35, titulado "Mascaradas", el anagrama completo de la palabra que resulta ser "Sadaracsam" por la transposición de las letras, hace evidente el procedimiento lúdico y una probable intención irónica.

Los sadaracsam son los autores inauténticos, la comparsa de los falsos creadores de animales-letras que se niegan a la circularidad, a los retornos míticos, porque "ya tienen decretado que su pueblo es el ombligo del mundo" y entonces no viajan.

La ausencia del viaje sustancial, que es el viaje interior y mítico, hace que los sadaracsam sean los mediocres, los individualistas en quienes la hipertrofia del yo impide ver otros horizontes.

En realidad son los anti-creadores porque los animales-letras mencionados son metáfora de la proteiforme de la escritura y de la reescritura, de lo inacabado e inacabable de toda obra escrita, en razón de las pluridimensiones de la creación literaria.

A esta altura vale preguntarse ¿qué es un anabákoro?

El propio libro da cinco "definiciones" o aproximaciones conceptuales, que se sitúan en los textos No, 5, 30, 36, 67 y 69. Cada definición toma en cuenta preponderantemente algún aspecto, implicancia, incidentalidad, o derivación, sin que falte la entonación metafísica, reflexiva, onírica, poética, memoriosa o esotérica.

Un anabákoro es un texto en prosa de una página o poco más, cuya naturaleza es ambigua y siempre fronteriza. Puede ser casi un poema en prosa, un apólogo, un relato, un cuento, una visión, un sueño, una fantasía, una casi parábola, una escena, una narración simbólica o alegórica, una prosa de intensa rafracción subjetiva pero de escaso lirismo.

O puede ser una página capitulada en la que se enuncia a cuenta del tema de la escritura o de las vicisitudes de la escrituración en tanto viaje pormenorizado, "real" o simbólico, pero capaz de juntar tiempo y espacio en la fundación de una nueva realidad.

Finalmente un anabákoro es un juego con cuentos o mitos o autoengaños, un juego con trampa, travieso, la mosqueta de quienes o para quienes buscan la verdad o solución definitiva. (En el texto 100, justamente, se habla de un juego de mosqueta en la esquina de las calles Andes y San José, en el centro montevideano.)

Un anabákoro también es un cuento para la rueda de café, un cuento para el viaje. Es una movilización narrativa de grandes cosas o temas sin desafectar a lo literario de su componente lúdico esencial.

El anabákoro es un juego con la nada de las letras antes de ser escritura, un juego con todo lo que es el propio jugador. Es el accionar de un malabarista virtualizador.

Los anabákoros tienen por motivos, en forma claramente predominante, asuntos atinentes a un viaje interdepartamental diurno o nocturno, o a una etapa de viaje cotidiano de larga distancia, comúnmente entre dos ciudades, por el interior del país.

A veces confluyen varios de estos rasgos o "especies" en un mismo texto. La intensidad poética que pueda alcanzar uno de ellos en particular, no oculta la ausencia de formalizaciones líricas ni la pertenencia al universo de la prosa narrativa de ficción.

Anabákoros. Ed. Fin de Siglo, Montevideo, 1999.

 

Ricardo Pallares, Montevideo, Uruguay, 1941. Ensayista y poeta. Inspector de Literatura. Académico. Entre sus obras críticas: Felisberto Hernández y las lámparas que nadie incendió (1980), Narradores y Poetas Contemporáneos (2000). Entre su poesía:El lugar del vuelo (2002) Razón de olvido (2004), Ceniza de mar (2007).

       
 

 

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