80 Noches y un sueño

 

5 SUEÑOS

 

 

Me sorprendía tanta sumisión ante aquel hombre que estaba sentado con el brazo hacia 

arriba y sin hacer nada desde un tiempo indefinido. Los niños le traían canastos con comida y bebida y las mujeres se le acercaban y agachándose un poco, le besaban la boca.
 

Un hombre de pantalón, camisa y cara del mismo color grisáceo, de aspecto muy severo, 

me informó que así tenía que ser porque ese hombre imperturbable sostenía la lámpara que mantenía encendidas las estrellas del cielo.

 

* * *

Andaban buscando muertos a todo lo ancho y largo de la provincia. Lo único que 

importaba era que fueran grandes porque se iban a utilizar sus huesos para hacer un puente.

 

* * *

 

Encontré no sé si palabra o letra final de un verso.

Y estalló

luminoso

vivo

tan inconcebiblemente hermoso,

que lloré.

 

Me desperté al instante.

No lo pude recordar.

 

* * *

 

Lo descubrí corriendo con una renquera singular. Su pierna derecha más que apoyarse,

rebotaba como si tuviera resortes. Aquello debía resultar dificultoso para apurarse y ese hombre lo estaba intentando, ya que a pocos pasos venía otro, con la misma dificultad y persiguiéndolo. Un canto sobre una música de marcha: "young-caté, young-caté, young-caté, young", se acomodaba tan bien al movimiento que llevaban ambos, que se confundía con el propio origen del movimiento. Uno en pos del otro iban cuesta abajo por una serpenteante huella. Largos, bolsilludos, coloridos pantalones de payaso y la misma apariencia robusta, conducía a confundirlos. Por algo indefinible se hacía evidente que el perseguidor sólo quedaría satisfecho con la desaparición y muerte del perseguido.

 

Parecía ser que la persecución se resolvería según a cuál de los dos le llegara más fuerte 

la música "young-caté, young-caté, young-caté, young". Enseguida de cruzar un puente de madera, sobre cuyas barandas se afirmó entreparándose para mirar hacia atrás, el de adelante se achicó como un niño o enano, y ganó velocidad con el cambio. El de atrás también trocó en niño o enano. Así devoraron unos metros hasta que el de adelante se metió en una puerta por la que entraban muchísimas personas. El perseguidor no le perdía la pista y por muy poco no quedó en situación de estirar un brazo y alcanzarlo. Vertiginosamente también entró.

 

Yo había permanecido observando desde que se había planteado la persecución, como si

estuviera en el techo de una casa bien alta, y siempre a la misma distancia de los personajes. No entré al edificio grande, de aspecto de templo antiguo, por donde los dos habían desaparecido.

 

Se hizo un silencio de muerte. Pensé: lo agarró. Y de pronto: "young-caté, young-caté, 

young-caté, young", y salió una niña con pollera alegre y saltarina, llevando como muñeco entre sus brazos, tan pequeño como esos ositos que las niñas acuestan en sus almohadas, al perseguido. La niña iba abstraída, sin ninguna inquietud por determinar si era ser vivo o muñeco, como si ya lo llevara con ella desde hacía mucho tiempo. El iba como un monito que tratara de acomodarse para no dar trabajo. La música sonaba, alegre. El perseguidor no apareció.

 

* * *

 

Me explicaban las bondades de una pila grande como un tronco que se levantaba en el 

medio de la única parte de la meseta de piedra que tenía vegetación verde.

 

Yo asentía. Pero no lograba darme cuenta de por qué la pila era sagrada. Era brillante y 

tenía grabados unos dibujos parecidos a letras.

 

Entonces aparecieron unos muchachos que venían de cazar. Traían manojos de plumas y

cueros, atados a una caña que apoyaban sobre sus hombros. Los muchachos se acercaron sin dudar a la pila y fueron bajando su cargamento. Pasaron uno a uno los bultos sobre la pila. Salieron volando unas palomas y corriendo, casi chocando con mis piernas, unas liebres se alejaron a los saltos.

       
 

 

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