EL ÁRBOL PERMANECÍA ILUMINADO

 

EL ÁRBOL PERMANECÍA ILUMINADO*


 Juan Carlos Ferreira Rodríguez
Por Juan Carlos Ferreira Rodríguez

 

Aunque ha pasado un tiempo, espero poder reconstruir la historia del viejo Américo. En aquella época vivíamos en la calle Mataojo, a la vuelta de la Comisaría; el edificio todavía se conserva, aunque le han agregado un par de calabozos horribles que se pueden ver al abrir el portón para la camioneta.

Fue un día cerca de Navidad cuando doña Celeste convenció a las otras vecinas para adornar los árboles de la cuadra con guirnaldas de luces; el hijo mayor, el Yuyo, que estudiaba en la Industrial había hecho una preciosa y la probó en el fresno frente a la casa y esa misma tardecita, a la luz de la guirnalda, se resolvió que cada árbol tuviera la suya; juntaron el dinero y el Yuyo preparó todas, siete en total. Los árboles se iluminaron para la Nochebuena y todos los vecinos salieron y brindaron con sidra y nosotros los gurises con Coca y Mandarina. Trajeron bizcochuelo, torta y pan dulce, menos los Antúnez que siempre habían sido flor de amarretes, según mi tía Morocha. (Debe ser cierto porque el Sergio una vez fue a casa y yo estaba comiendo papas fritas y se enloqueció y tuve que convidarlo.)

Dije todos, pero no todos salieron a brindar; el viejo Américo, emburrado como siempre, ni se apareció. La casa de él era un galpón atrás de un muro alto; al fondo, había otro galpón más. Todo esto lo sabíamos por Tolentino, el encargado de los depósitos de la Intendencia. Mejor que no venga viejo desgraciado – ogro matagatos fueron algunos de los comentarios. Lo de matagatos era porque decían que el Viejo salía por el fondo de su casa, que daba al arroyo, y caminaba por la orilla durante horas buscando gatos para comer; decían que siempre llevaba un bolso y una caña con un lazo en la punta; así los cazaba y después los ahorcaba en un árbol que tenía en el fondo. Sólo Papá lo defendía: Son inventos de la gente, es un pobre infeliz, no se metan con él. El Aníbal, que trabajaba en el diario, nos contó que años atrás salió la noticia de que el Viejo había matado a la mujer envenenándola pero que no lo llevaron preso por falta de pruebas. Otra vez, escuché en la peluquería que el Viejo había echado de la casa a la hija porque quedó embarazada y nunca más la dejó entrar.

A veces, cuando nos cruzábamos con él en la vereda, decíamos en voz baja Fuera Mandinga, la pata de la gringa,casi las mismas palabras del campito cuando alguien tiraba un penal (a mí me lo hicieron tres veces y erré las tres). El Viejo usaba una camisa gruesa a cuadros y una gorra azul del ferrocarril; caminaba despacio pero dando pasos largos; le mirábamos las manos, grandes, con cicatrices como de arañazos y eso nos convencía cada vez más de que mataba a los gatos. Qué viejo podrido. La madre de doña Celeste (¡esa sí que era viejita!) tenía una gata preciosa, la Mimosa y cuando se sentaba en el zaguán con la gata en falda miraba con miedo hacia la casa del Viejo y se persignaba.

Esa primera vez con los árboles iluminados duró muy poco. Al día siguiente, que era 28 de diciembre, varias cuadras quedaron sin luz porque un aparato de la UTE se había fundido. El Yuyo nos explicó que era un transformador con mucha intensidad y la resistencia no aguantó tantos vatios y entonces otras cosas más se reventaron, por eso las chispas. Puede ser dijo Papá, pero se acordó de los mellizos Suárez, unos gurises terribles de las casas detrás del arroyo, que siempre hacían diabluras. Esta vez se pasaron comentó. Lo increíble fue que el árbol frente a la casa del Viejo siguió iluminado, el único de la cuadra. Todos salimos a mirar: estaba hermoso, pero el Viejo ni se asomó.

El año siguiente el Yuyo, muy paradiento, colocó las guirnaldas agregando luces anaranjadas y verdes; la verdad, quedaron espectaculares. Otra vez brindamos todos y otra vez los Antúnez se hicieron los osos y no trajeron nada. La tía Morocha, Mamá y otras vecinas estaban re-calientes. Son terribles pijoteros dijo la Tía y Mamá se enojó con ella ¡Qué lenguaje! dijo, pero después, cuando le contaba a Papá, se reía. Tampoco esa vez se apareció el Viejo.

El 28, de nuevo, se reventó el transformador. Papá y Cayetano fueron a la Comisaría a denunciar a los Suárez. Son infanto-juveniles, señor Comisario –decía Cayetano– hasta dónde vamos a llegar. Pero lo curioso fue que el árbol del Viejo volvió a quedar iluminado, el único; nos pareció más lindo que el año anterior.

El día de Reyes, mientras mostrábamos los regalos en la vereda (fueron los Reyes de mi primer bici, toda roja) vimos llegar a dos policías a la casa del Viejo. Golpearon la puerta varias veces y al final vino el propio Comisario y abrieron; al rato apareció la ambulancia y dos enfermeros salieron de la casa con una camilla; ahí estaba el Viejo, tapado por una sábana hasta la cara. La que vio eso fue la Gilda, que es flor de metereta y nos contó todo; un enfermero dijo Ataque al corazón y el Comisario dijo Utopsia.

Esa misma tarde lo velaron, un rato nomás porque lo iban enterrar a las cinco, total, el Viejo no tenía familia. Todos los de la cuadra fueron y Mamá y otras vecinas llevaron flores. El Quique y yo nos colamos, nadie nos dijo nada porque estaban hablando en voz baja con un hombre viejo, chiquito, muy serio y muy triste, que también usaba una gorra del ferrocarril. El Quique se acercó y oyó lo que el hombre estaba diciendo: Américo se quebró cuando lo dejó la mujer, la muy canalla se fue para Brasil; la hija lo echó de su propia casa, de su propia casa porque el marido quería instalar un negocio; nunca pudo ver a su nieto; el pobre Américo siempre almorzaba con nosotros los domingos; era la única salida que hacía porque no confiaba más en la gente.

Yo fui al fondo porque quería ver el lugar donde el Viejo mataba a los gatos; había un galpón viejísimo, de paredes gruesas de piedra, con un portón de madera; árbol no vi ninguno. Abrí y varios gatos salieron disparando hacia la casa; adentro había como diez cajones de fruta con diarios y en cada uno dos platitos, con restos de bagrecitos y agua y leche; había dos escobas, una pala y una lata de kerosén cortada, con aserrín y una batería con cables viejos y una bujía. Los cajones tenían cartoncitos con nombres. Empecé a leer: Tito, Lulú, Rosita, pero no pude seguir y me puse a llorar.

Esa noche, cuando prendieron las guirnaldas, el árbol del Viejo se apagó. 

 


 

*.  Este cuento forma parte del libro "La casa que no era nuestra", próximo a aparecer.

       
 

 

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