PRESENCIA DE ARTIGAS EN EL LITORAL

PRESENCIA DE ARTIGAS EN EL LITORAL


 Por Ofelia Piegas
Por Ofelia Piegas

Sentada frente al Arerunguá a pocas cuadras del lugar en que se inició la mensura de los campos  otrora ocupados por Artigas  y adjudicados al Prócer en 1837, como consta en los planos originales, que obran en mi poder, y la mensura de los mismos realizado por el agrimensor Anselmo Dupont.

Reitero, ubicada en la única construcción que figura en dichos planos, con el nombre de Tapera de Evaristo, me propongo cavilar sobre  hechos acaecidos hace casi doscientos años y sin embargo, latentes en los que como yo, sentimos intensamente la presencia de Don José, el centauro que corre por estos campos en aras de crear la Patria y no el de la estatua ecuestre, estático y sin vida de las plazas; o el de la figura decorativa de muchos libros de Historia, donde se le ha petrificado  dentro de un esquema que lo usa, pero no le asimila en su profundo sentimiento de creador y conductor.

Sabemos que al finalizar el siglo XVIII en plena época colonial, al  norte del Río Negro, el procreo del ganado y su faena  se desenvolvió en forma anárquica. Sobre las costas del Uruguay se desarrollaban las estancias misioneras dependientes de Yapeyú, de las cuales los portugueses extraían el ganado ayudados de charrúas minuanos y changadores. Estas tierras se habían distribuido por donación de la Corona  a los pobladores que las denunciaban y por promesa de venta, que generalmente no llegaba a concretarse a pesar de lo cual, los interesados tomaban posesión de extensiones, a veces enormes. Escogían los parajes donde los ríos hacían triángulo, llamadas rinconadas, donde, amén de ser las tierras más fértiles, servían para arrinconar el ganado a falta de alambrados. Estas estancias fueron en algunos casos, elemento nuclear en el orden social, cuando el terrateniente no disputaba la tierra  a los pobladores modestos que estaban cobijados bajo su poder, como punto de partida para nuestra organización económica.

Dado  el tipo feudal de organización, estas estancias fueron un centro de colonización, en una época donde la autoridad estaba dispersa, consecuencia de un poder central impotente de poner orden y donde la protección privada del débil dio origen a un sistema muy especial de dependencia personal. El derecho y la obligación de la legítima defensa marcaron al gaucho con huellas indelebles. Hasta el ejército se formaba con la obligación personal de equiparse. Caso de los Blandengues que debían incorporarse al cuerpo, con 6 caballos de su propiedad.

Cada estancia era un señorío con sus defensas militares, que aún se conservan en las taperas, con sus torreones medio derruidos, que fueran testigo del espectáculo de la defensa de sus tierras durante el coloniaje. Y en la Revolución, enarbolando el principio de libertad, con su peonada, sin más lema ni más odio que el de su amo y protector.

De ahí que sea muy gráfico el aseverar que el cuadro que ofrecía el norte de nuestro territorio fuera el de una dilatada estancia, sin centros de autoridad que frenaran los instintos primitivos de nuestros tipos humanos, estimulando las faenas clandestinas, el contrabando de cueros o las arreadas de ganado a Portugal, todo lo cual, dada las coordenadas mentales de los hombres de la época, no constituían un delito.

Lo que necesitaba nuestra campaña era orden y orden obtuvo con la creación del Cuerpo de Blandengues, del Regimiento de Dragones o el Bando del Virrey Arredondo, exigiendo que los estancieros erraran con su propia marca y señal la propiedad de sus animales, que determinara la lícita procedencia de los cueros que entraran en Montevideo, siendo declarados los sin marca, de propiedad fiscal.

Pero la pacificación racional de la campaña solo podía lograrse con el “arreglo de los campos” que distribuyeran las poblaciones en forma ordenada, reduciendo a los indígenas y delimitando definitivamente la frontera, que detuviera el avance portugués.

Frente a todos estos problemas que hemos esbozado, encontramos la figura de Artigas sobresaliendo por sus dotes excepcionales. La primera intervención de Artigas como guardador del orden en la campaña, aparece en su incorporación a los Blandengues,  por recomendación de su padre, Martín José, a Olaguer y Feliú, en marzo de 1797.

Artigas con 33 años de edad, había logrado a través de una vida intensa gran madurez y experiencia. Había aprendido a conocer pasos y picadas, vadear ríos y arroyos, conocer senderos que daban acceso a los refugios  en los montes de bandoleros. Pero por sobre todas las cosas había calado hondo en el alma del gaucho al convivir con ellos, peripecias y alegrías en la solidaridad que crea el peligro y en las confidencias del fogón y la mateada. Al incorporarse a los Blandengues, comienza para él una vida llena de peligros, como Capitán de Milicias y Ayudante Mayor. Su fama crece. En 1797, los hacendados de la jurisdicción de Montevideo le eligen para perseguir a los vagos de la campaña e imponer el orden.

Artigas es un celoso defensor del orden social. Se le verá persiguiendo hasta la frontera portuguesa a sus ancestrales enemigos que le derrotarán finalmente en la época de la revolución. Era el centauro vigilante del orden. Pero el centro de su acción, se halla en nuestra zona del país ya que las zonas más difíciles eran las situadas entre Santa Ana y Tacuarembó, Cuaró, Cuareim y los dos Arapey, el Grande y el Chico, donde habitaban los indios minuanos y charrúas. Aquí actuó Artigas bajo las órdenes de Esquivel, al que sustituirá a su muerte, confirmado luego por Sobremonte.

Al establecerse los vecinos con sus haciendas en un Cuartel general, donde se empadronaron las familias que poblarían las fronteras, Artigas les acompañó librando  duros encuentros con los charrúas en la Región de Sopas y en el  primer gajo del Tacuarembó, hasta establecer la Villa de Nuestra señora de Belén, el 16 de junio de 1801.

La política internacional repercutirá en la situación de estas tierras, ya que la alianza de Portugal con Inglaterra con la consiguiente declaración de guerra a España,  tendrá como saldo la pérdida de las Misiones por España y su anexión a Portugal, quedando definitivamente la frontera en el Cuareim pese a la desobediencia de Artigas para defender el Batoví.

Y se enfrentarán  a la sombra de una política internacional conflictiva con sus raíces en la Bula de un Papa renacentista, las figuras de Borges de Canto y de Artigas. Aquel,  último bandeirante, poseedor de la fuerza heroica y brutal que había perforado la selva posibilitando la expansión portuguesa y éste, representante de la honorabilidad española  con la independencia de acción, como lo urgía la situación, pese a la acusación  de insubordinación, por parte de Rocamora.

Así lo vemos hacia el final de la colonización española, enérgico, leal y desinteresado al frente de sus andrajosos y rectos soldados Blandengues y Dragones y más tarde Cazadores, perfilándose ya su personalidad como defensor de desvalidos  y derechos ultrajados. Y obediente, hasta donde no se menguara su libertad y albedrío.

Su pensamiento organizador además coincidía con  Azara, Soria y Lastarria a las que agregaría como toque personal y de grandeza el concepto de justicia  social que emanará de su Reglamento de 1815.

Hay una profusa documentación de su accionar en esta zona, en sus correrías contra charrúas y portugueses fechados en los campos de Arerunguá, Arapey Chico, Cuareim y Tacuarembó, lo que prueba el profundo conocimiento que tenía de estos campos que fueran denunciados por él en 1805  ante el Coronel Francisco Javier de Viana y que se delimitaban así: de las Puntas del Daymán a las Puntas del Valentín hasta su desembocadura en el  Arapey; de allí hasta la desembocadura del Arerunguá, el Vera y pasando por unos altos Cerros a la Cuchilla del Daymán y sus Puntas. Esta adjudicación le fue concedida inmediatamente por quien fuera su Jefe inmediato.

Cuatro años más tarde, en 1809, como  Ayudante Mayor de Blandengues fija su Cuartel General en Belén  a instancias del Comandante de la Villa, Don Vicente Valiñas, quien se declaraba impotente de detener el avance portugués sobre las posesiones españolas. Volviendo a la actuación de Artigas en nuestro medio, tomemos la etapa posterior a la revolución. Ha sido lugar común en el estudio de nuestra Historia  realizar una dicotomía respecto a la personalidad y actuación de Artigas entre la época colonial y la etapa revolucionaria. Error sustancial, ya que buscando en su actuación anterior a los sucesos revolucionarios perfilamos claramente al hombre que se transformó en uno de los prototipos de la Historia de América. De ahí que sea tan importante destacar el conocimiento profundo y el amor entrañable a esta su tierra, para comprender el afán en defenderla y protegerla como hija suya, que vaya si lo era no solo en la idea de Patria sino de lar. Cerros y cuchillas, valles y montes recorridos mil veces en sus trabajos de campo como en su quehacer de “guardián del orden”, como Blandengue. Abundan los documentos históricos que prueban su pasar y repasar por estas tierras.

En lugar preferencial de la historia de nuestra pequeña parcela americana, tenemos la gesta del Éxodo, donde eligió para emular el Éxodo bíblico, con perfiles religiosos, este su Salto, el hogar que ofrecía a su pueblo, el calor de su tierra salteña. 431 familias; 4.931 personas entregando su confianza al sin par padre de su pueblo. Fueron 9 años de intensa actividad revolucionaria como bien lo sabe cualquier oriental, pero lo que me propongo divulgar en estas informales remembranzas  es el hecho de que casi todas estas actividades las llevó a cabo desde esta zona salteña, otrora sanducera y por momentos tacuaremboenses, pero sin duda con el epicentro aquí, en su querido Arerunguá, Guayabos y Valentín.

El 7 de diciembre de 1811 Artigas llega al Paso de las Piedras del Daymán, camino al Ayuí; el 20 de diciembre se firma un Convenio con los portugueses por el cual pueden llegar las patrullas lusitanas al Arroyo Yacuy. Violada una vez más la palabra del portugués Pinto Carneiro debe poner en fuga a Pedroza en la acción de Belén. Cinco veces los patriotas cruzan el Río Uruguay del 6 al 14 de diciembre. Artigas instala su campamento en Salto Chico agrupando en torno a sí, las 4.931 personas que le siguieran en conmovedora gesta por todo el territorio oriental.

Según las Memorias del General Antonio Díaz, los primeros días de enero del 1812 cruzaba Artigas el Uruguay, aguas abajo de la Barra del Arroyo San Antonio aprovechando la bajante del río, acampando en el Ayuí. En marzo, el Campamento del Salto estaba ocupado por Artigas, su ejército y 400 indios charrúas. De aquí en más, sus huestes se abrirán en abanico hacia el Cuareim, Tacuarembó y el Río Negro. Ante el avance portugués debe replegarse hacia el Ayuí, pero ya antes del 9 de octubre le vemos fechar una carta en Laureles, encontrándose  el 13 de setiembre en Puntas de Valentín y el 20 en Corral de Piedras. Perdóneseme citar todas estas situaciones por ser para nosotros los salteños lugares muy familiares y más queridos aún para los que habitamos estas zonas. Camino hacia el sitio de Montevideo, las familias emigradas volverán a sus pagos asolados y sus hogares destruidos. Muchas amarguras habían de esperar a ese hombre generoso y altivo. Ante la imposibilidad de lograr la autonomía de su Provincia, tan magníficamente planteadas en las Instrucciones del Año XIII, abandona el Sitio de Montevideo volviendo hacia el Norte, a su viejo Batoví, para dirigirse luego a Belén, donde concentra sus fuerzas, levantando a todo el Litoral contra la centralista Buenos Aires. La respuesta no se hace esperar. Posadas le declarará por el Decreto del 11 de febrero “infame, traidor y enemigo de la Patria”, ofreciendo 6.000 pesos a quien le entregara “vivo o muerto”.

Es entonces que Artigas viene a buscar en su madre tierra, las sierras de Arerunguá, las fuerzas necesarias para enfrentar el poderío militar  de Buenos Aires. Podríamos glosar aquello de que “la fe puede mover montañas”. La Batalla de Guayabos pondrá fin a la dominación porteña en un magnífico ejemplo de David contra Goliat. Es entonces que ebrio de gloria y en el cenit de su vida política creará la Bandera de los Pueblos Libres en el Cuartel general de su Arerunguá. Dispuso que “todos los pueblos libres” levantaran una bandera igual a la suya “BLANCA EN MEDIO, AZUL EN LOS EXTREMOS  Y EN MEDIO DE ÉSTOS UNOS LISTONES COLORADOS”, en señal de la sangre derramada por defender nuestra Independencia y nuestra Libertad. Se fecha tradicionalmente este acontecimiento  como consecuencia del triunfo de Guayabos,  el 15 de enero de 1815.

No es nuestra intención  repasar la inmensa obra llevada a cabo desde Purificación. Sí recordar el injusto destino de Artigas de volver a la lucha con los portugueses en el Año 16, restándole fuerzas para llevar a cabo sus magníficos proyectos de gobierno. El 27 de octubre de 1816 Artigas es derrotado en la Batalla de Carumbé, cayendo en enero del 17 en manos de los portugueses, todo el material que le quedaba a Artigas en el Cuartel General del Paso del Horno de Arapey.

Otro golpe esperaba a Artigas el 21 de febrero cuando caía prisionero Juan Antonio Lavalleja en Puntas de Valentín. Precario desquite significó el triunfo de Rivera en Guaviyú.

Y llegamos al triste final de la actuación de Artigas en estas tierras. El último Campamento del Paso del Mangrullo de Arapey, será testigo del último esfuerzo contra el invasor. El 20 de enero del Año 20 se perdía la Batalla de Tacuarembó, luego de la cual, reuniendo a sus dispersos  y últimos soldados de la Patria en el Paso del Mangrullo del Arapey, les informa en conmovedora escena que recogió la Historia, su decisión de abandonar la lucha en ésta su querida tierra. Cuentan testigos que nadie de la tropa  se movió, escuchando consternados la decisión fatal.

El 14 de febrero de 1820 quien sabe con qué amargas remembranzas cruza definitivamente el Río Uruguay por el mismo Salto Chico, que le viera enérgico e invencible  nueve años atrás. Traiciones y amarguras le esperaban aún. Hombres pequeños que no acabaron de comprender nunca la grandeza del federalismo artiguista, habían de clavarle la puñalada final, tras la cual, el gigante malherido por tantas adversidades, cruza al Paraguay que, en su concepción de Patria Grande, seguía siendo suelo americano. Es aquí que me atrevo a hacer una digresión personal: no me sumo a quienes se pierden en argumentos acerca de la permanencia de Artigas en el Paraguay. Simplemente afirmo que, con vocación de campesino, cambió el sable por el arado, retornando a telúricas fuerzas ancestrales tras el logro de la paz interior y el destino cumplido.

La Historia sigue su curso y la Provincia Oriental vino a transformarse en República Oriental del Uruguay. La deuda de la Patria con Artigas era enorme. La Patria quiso tributarle su gratitud y le adjudica  “la porción de terrenos que está entre  los Arroyos Arerunguá, Cañas e Isla de Vera cuya área es de quince y cinco sexmas leguas cuadradas…” Montevideo, 15 de abril de 1835 firmado por Alejandro Chucarro.

Tratábase como vemos, de una porción de los campos denunciados en 1805.

Su hijo legítimo José María Artigas buscó todos los medios para adquirir el derecho a enajenar un bien que aún no le correspondía y logró, según reza en los títulos de todos los padrones que hoy forman el predio adjudicado, la venia para efectuar dicha venta en la persona del portugués Don Antonio José de Souza, por escritura otorgada en Montevideo  el 8 de abril de 1840, ante el Escribano del Juzgado en lo Civil, Don Manuel del Castillo, habiendo solicitado previamente venia para vender del Juzgado Letrado de lo Civil, la que fue concedida el 23 de enero de 1837 “cuya venta era indispensable a la ausencia del General Artigas por más de 24 años e ignorarse si existía o no pues era desconocida su residencia  en el Paraguay y era imperiosa la necesidad de la venta”.

Este campo lo poseía el general Artigas desde 1805, pero recién el “23 de mayo de 1836 por resolución de las Honorables Cámaras le fue donado en propiedad y escriturado  por el Poder Ejecutivo el 1º de agosto  del mismo año, cuya escritura otorgada en Montevideo,  fue autorizada por el Escribano Público, que lo era el de Gobierno y Hacienda, Don Manuel del Castillo”. Tal reza en los títulos antedichos.

Que la historia juzgue la falsedad de los argumentos utilizados para justificar los hechos tal como acaecieron. Pero lo auténtico y trascendente es que aún resuenan en estos campos de Arerunguá, los cascos de los caballos que vieran pasar este jinete apocalíptico, cual Cid Campeador, portando con su gallarda figura  toda el alma de esta América que sigue buscando su destino tras los pasos del Conductor.

       
 

 

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