INTRODUCCIÓN

 

 

Introducción‏

 

Por Leonardo Garet

     Francisco Espínola dijo que vivir o “insertarse” en una tradición es como tener una pared de corazones sobre la que apoyarse. No otra cosa que la búsqueda de esa pared, valorando cada una de sus piezas para encontrar las que puedan haberse perdido, ha sido el objetivo que inspiró el proyecto “La historia entre todos”, que es la base de este libro, Historia del Departamento de Salto. El proceso se inició proponiendo e incentivando la participación de los pobladores y de todos los que de una u otra manera son o fueron actores de la vida de cada colonia, paraje, caserío, centro poblado, pueblo o villa del departamento. Para poder presentar una visión más completa, se consultó la información disponible en las publicaciones que ya habían abordado algún aspecto del departamento en su conjunto, o de alguna población en particular.

     El departamento en su totalidad tiene una muy desigual población y un estado de evolución -o de involución en algunos casos- que refleja la forma de explotación de sus posibilidades de sustentabilidad. Exceptuando el cinturón hortofrutícola de la ciudad capital, el interior es, salvo algunas islas agrícolas,  netamente ganadero. La falta de estímulos efectivos para la radicación torna cada vez más difícil la existencia de las poblaciones.

     “Las determinaciones precisas –escribe Enrique A. Cesio- de la raíz étnico-social de los primitivos hombres salteños del período indígena están aún en fase de investigación. No hay dudas, en cambio, de que en las inmediaciones de los saltos de agua, especialmente del Grande, se establecieron largamente los indios en la zona”.1  Considerando el inicio del poblamiento dentro de los límites de lo que hoy es el departamento, debe recordarse a Manduré como el poblado más cercano de que se tenga noticia, del lugar donde se iniciaría la villa del Salto.  Habría sido, según Auguste de Saint Hilaire (Orleans, 4 de octubre de 1779 - Orleans, 3 de septiembre de 1853) naturalista francés que llegó a tierra oriental en 1820 y que dejó prolija descripción del Campamento de Salto, un pequeño poblado de indios originarios de los pueblos fundados por los jesuitas y que entre ellos hablaban el guaraní pero sabían el español. En su notas dice refiriéndose a su viaje desde Rincón de las Gallinas hacia Salto: “Cada poblado ha sido formado por varias familias que, reunidas por un Jefe, abandonaron el país para sustraerse a las vejaciones a que se les sometía, y sobre todo al hambre que, para un indio, es el más grande de los males.   De los poblados por donde he pasado el más considerable y más ordenado es el que se llama Manduré, nombre de su jefe. Este hombre, menos pobre que el común de los indios, había sido nombrado por el jefe de los insurrectos, Comandante de un pequeño pueblo de indios, situado más o menos enfrente del Campamento y hoy destruido.” (…) El poblado de Manduré es un punto histórico bastante notable, porque fue un poco más abajo que después de haber perdido la batalla de Tacuarembó, Artigas pasó el Uruguay por última vez”.2  La ubicación sería entonces al norte del arroyo San Antonio y al sur del Ayuí. Quizás lo único que hoy puede suponerse es que quedan vestigios de su cementerio, ubicado en las inmediaciones de la avenida Ojalmi. Lo recordamos a propósito de los varios centros poblados que están transitando su desaparición, hecho no exclusivo de Salto, del país o de la región, sino del planeta. El despoblamiento de la campaña se hace ostensible en las más variadas regiones y países. Vaya como ejemplo la desolación de los pueblos de Grecia que muestra el film “La Reconstitución” (1970), de Theo Angeolopoulos.

     Las poblaciones del departamento de Salto nacieron a lo largo del siglo XIX. En efecto, dice Fulvio Cousin: “En el departamento se han desarrollado, desde 1801, algunos centros poblados que constituyen “puntos de humanización” en medio de la campaña. Tales son las poblaciones de Belén, Constitución y Colonia Lavalleja, esta última situada casi en el borde del Arapey Chico”.

     Nacieron y crecieron; así, en el departamento y según los censos, había: en 1834, 1.315 habitantes, en 1854, 7.500 (la ciudad capital 7.500), en 1890, 15.721 y en 1908, 46.259.3 Pero contemplando el estado de varias poblaciones que en décadas pasadas, sobre todo cuando por la existencia del ferrocarril, fueron prósperas y con más habitantes que en la actualidad, puede legítimamente preguntarse cuál será el destino de varias de ellas. Acaso desaparecer, como en su momento le ocurrió a Manduré. La conjunción de la fuerza de los elementos y de la vegetación implacable borran en menos tiempo de lo imaginable todas las construcciones del hombre. En algunos casos, los centros poblados sobreviven en el núcleo de viviendas de MEVIR y la edificación antigua se muestra en proceso de convertirse en tapera.

     El alerta sobre el progresivo abandono del medio rural no es nuevo; hace más de medio siglo una nota periodística advertía en forma contundente: “Nuestro país tiene una sola fuente de riqueza: el agro. No cuenta con un subsuelo pletórico de minerales, ni grandes extensiones de bosques maderables, ni yacimientos petrolíferos. Su vida depende de la tierra: de lo que la tierra produzca y de lo que la tierra transforme. Y se la dilapida, sin dársele adecuada utilización, en la plenitud de sus posibilidades.  Entretanto, la campaña se despuebla. El éxodo se acentúa. La inmensa columna se desplaza hacia las ciudades, para crecer sus aledaños y tender, en torno de los centros urbanos, cinturones de desesperación y de escepticismo”.4

     La naranja vale como símbolo identitario de la ciudad pero no puede serlo del departamento en su conjunto. Poca vegetación y esporádicos grupos de animales, desolados kilómetros sin presencia humana, es la imagen que resta después de recorrer el departamento. La casi totalidad de su extensión es de eminente producción ganadera. “¿Quién ha salvado al Uruguay –se pregunta Eliseo Salvador Porta- cuando el destino se presenta sombrío? Lo ha salvado la ganadería; la ganadería que floreció a favor de una circunstancia sin par en el mundo: existencia de una pradera sin fauna autóctona de herbívoros, verdadero vacío que las vacas de Hernandarias y de los misioneros jesuitas, vinieron a llenar prodigiosamente, estableciendo un hecho y determinando un destino a nuestra economía y a nuestra historia.”5

     Los escritores intérpretes más constantes del interior de Salto, sus costumbres, personajes y centros poblados son Enrique Amorim y Montiel Ballesteros. El primero es el que más lo ha nombrado y aludido, en concordancia con su persistente búsqueda de realismo. El paisaje aparece como marca indeleble del personaje de Corral abierto, que es orgulloso de su pueblo, Mataojito, aunque no sepa declarar su ubicación geográfica. En el cuento Saucedo,6 también de Amorim, el propio pueblo cuenta su historia. Y el campo es, desde el comienzo de El paisano Aguilar, el antagonista del personaje que siempre temió verse atado a la vida campesina”.7

     Pero también el campo, no el que embrutece impidiendo el desarrollo de la personalidad, admite interpretaciones positivas, como la que surge de la declaración de Irineo Leguísamo a Mario A. Jacottet: “Los uruguayos no traicionamos jamás los ideales de nuestro suelo…Tenemos muy arraigado el sentimiento de la libertad, que para nosotros es una necesidad…Desde chico lo respiré en las cuchillas de Arerunguá, a campo abierto, cruzando arroyos y vadeando ríos…Y ni el dinero ni los halagos de la ciudad son capaces de torcer la vocación de las almas que nacieron libres en el campo”.8  Visión espiritualizada del campo que recuerda la del poeta argentino Lysandro Z. de Galtier en su libro Luz de Pampa: “Corazón adentro la pampa (podría decirse el campo), comienza”. También el campo de Carmelo de Arzadun, nacido y habitante en sus primeros años en la zona casi deshabitada de Mataojo, no es deprimente sino armonioso y colorido.

     No es posible considerar de manera uniforme todo el territorio del departamento. Hay desolación en algunos pueblos pero también en otros la actitud es de franco deseo de superación y orgullo de lo propio. Se ha querido en El departamento de Salto, reunir la información disponible de anteriores estudios así como investigar y reflejar lo que los pobladores recuerdan y sienten sobre su poblado y su zona.  

     Acerca de la evolución de la población del departamento, es oportuno dejar la palabra al Arq. Adolfo García Da Rosa: “El departamento de Salto se caracteriza por presentar una ocupación espacial claramente vinculada a las actividades pastoriles sobre suelos predominantemente basálticos superficiales.

     Este modo productivo de baja ocupación de mano de obra ha sido determinante en la cantidad y tipo de distribución de la población en el territorio del departamento. En los censos nacionales desde 1963 hasta la fecha se aprecia una constante disminución de la población rural y del número de centros poblados.

A pesar de la disminución de la emigración campo-ciudad  producida en el período  1975-198~ el último censo nacional muestra la continuación de este proceso en las áreas pecuarias del departamento.

Esta situación se atribuye:

  1. A la disminución del número de productores pecuarios en un proceso paralelo de aumento de la superficie explotada por productores medianos y grandes.
  2. A que un número muy importante de productores no vive en forma permanente en su establecimiento, sino en centros poblados mayores.
  3. Al mejoramiento de la red vial, que ha favorecido la atención "a distancia" de servicios técnicos que se han ido concentrando en ciudades.
  4. A la pérdida de roles de los centros poblados rurales, antes verdaderos proveedores de servicios de amplias zonas aisladas, poco a poco disminuidos por los procesos migratorios, el desarrollo de las comunicaciones, la disminución de los pequeños y medianos productores, etc.” 9

     El paisaje se va formando en el contemplador a medida que entra en sus colores, sonidos y movimientos. Es necesario detenerse y sacar una foto de aquella casa y cuando en la máquina entra la casa, en el contemplador quedan también la ondulación, el apenas demarcado camino, el ombú siempre solitario. Quedan la melancolía, el mezquino amarillo de los pastos, el pedregal como granizo volcánico y una figura que se aleja ignorando completamente la intromisión del visitante. Es el hombre de campo que demuestra ninguna curiosidad por quien llega o pasa, pero que podrá después brindar el detalle afinado del vehículo y sus ocupantes.

     A lo largo del departamento hay arroyos, cañadas, hilos de agua, que hacen del campo salteño un tapiz de rico entramado. No falta agua pero falta el jazmín, la madreselva y hasta el naranjo. Pero qué podría pedírsele si no está presente ni el árbol para dar cobijo a las paredes desamparadas. La mayoría de los poblados de Salto no ha sabido enamorarse del reino vegetal en ninguna de sus formas. Casi no hay jardines ni pequeñas huertas acompañando a las casas. Un proveedor en camioneta les aporta la verdura y las frutas. Definitivamente, el cordón hortofrutícola marca la línea divisoria entre la ciudad de Salto y el resto del departamento.

     Las taperas son el cimiento del silencio que corta únicamente el canto de los teros. El zumbido de las perdices es casi un recuerdo. Entre un pueblo y otro se extiende la monotonía que, en varios casos emblemáticos, forma una barrera, más que de rivalidad, de enemistad entre dos pueblos cercanos.

     Las casas agazapadas en las colinas son las que resisten el tiempo. Las viviendas de MEVIR, más modernas, eligieron el terreno llano, cuadriculado y sin veredas. Al llegar al pueblo se busca la plaza, un espacio por pequeño que sea con niños corriendo, o con grupos de mayores conversando. Pero debemos haber llegado muy tarde o demasiado temprano. Hay más motos que caballos frente a un comercio que ya perdió su palenque. (A los jinetes vestidos de gauchos habrá que mirarlos pasar en los desfiles ciudadanos.)

     Recordando al jockey Irineo Leguísamo y su exaltación de “la vocación de las almas que nacieron libres en el campo”, podemos decir que el campo es un altivo desierto que conduce a la carrera donde podemos cruzar el disco del entendimiento propio. Pero eso será cada vez más extraño si no se acrecienta el apoyo que incentive la radicación en los centros poblados. Este libro no pretende otra cosa que llamar la atención sobre tantos pobladores que en situaciones muchas veces nada favorables, trabajan y sueñan. 

     Escribir sobre nuestros pueblos es estar dispuesto a la elegía. Pero por los pocos niños que se acercan curiosos y por algunos mayores que encienden sus rostros al  recordar su infancia, vaya esta invitación: “¡Vengan, vamos a cantar juntos el nombre de todos estos pueblos!”.

     Tantos kilómetros como horas han sido necesarios para gestar este producto que –por su propia esencia- ha de quedar inconcluso. Es que van de la mano lo aleatorio de sus proporciones como el instante en que debe firmarse la finalización. Siempre faltarán datos y siempre la línea de equilibrio entre la extensión dedicada a cada población dependerá más del azar de los aportes que de la posibilidad de jerarquizar el espacio de acuerdo a criterio alguno. Así, no hay más solución que echar a andar el libro por los pedregosos caminos de la consideración de los lectores, sabiendo que lo esperan los oídos atentos y otros no tanto, la mueca agria y la sonrisa comprensiva, la palabra dispuesta a aportar y otra pronta a reprochar. De estas reacciones podrá nutrirse el libro en nuevas ediciones.

     Para la redacción de Historia del Departamento de Salto se hizo un amplio llamado a colaborar, tanto a los pobladores de las localidades, a las que se visitó, como a los residentes en la ciudad de Salto, en otros departamentos y países. (Hubo un médico radicado hace décadas en Estados Unidos, que contestó con recuerdos del Guaviyú de Arapey de su infancia). Si hubo quien no se animó, o por otro designio no quiso o pudo realizar un aporte, sigue invitado a hacerlo. (En ese sentido, la revistaculturalateneo.com dispone de una dirección WEB que recibirá sugerencias para ser tenidas en cuenta.)

     La ordenación de los centros poblados en el libro requiere una aclaración de  criterios. Una manera hubiera sido la alfabética, priorizando el hallazgo fácil del interesado pero brindando un panorama caótico. Una segunda forma descartada porque deja casi la mitad de las poblaciones afuera de la clasificación, es la de ordenar por alcaldías. Preferimos atenernos a las “Microrregiones” y dentro de cada una de ellas, se sigue el orden Villa, pueblo, centro poblado, caserío, paraje y  colonia. Finalmente, sólo dentro de cada una de estas categorías, se aplica el orden alfabético. Es una manera de no separar en el papel lo que está unido en la geografía y en el espíritu de los pobladores, que fue lo que se tuvo en cuenta para la división en microrregiones.

     Acerca de los aportes puede decirse que fueron dispares10. Se realizó un pedido público de contribuciones, dirigido a los pobladores y a los conocedores de las poblaciones. Hubo quienes respondieron con su aporte, ya sea en forma escrita o dialogando sobre el tema. Se visitó cada uno de los centros poblados que se citan y se buscó a sus referentes, y a quienes por su actividad debían conocer el poblado y la región. Se tuvo en cuenta estudios anteriores que si bien abarcan aspectos parciales del tema, enriquecen el panorama con su registro de otros años.

     Historia del Departamento de Salto queda, pues, en una colina desde donde se ven poblaciones completas y también paredes a medio construir o a medio caer. Son todas ellas, como decía Francisco Espínola,  las paredes de la tradición, sobre las que apoyarnos y encontrarnos.

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Salto en la Historia, incluido en Salto, los departamentos, Editorial Nuestra Tierra, Montevideo, 1970.

2 Auguste de Saint Hilaire, Voyage a Río Grande do Sul.

3 Boletín del Ministerio de Hacienda.

Tierras para fecundarlas es el clamor del campo, en Revista Salto Actualidad, S. / F.  Redactor Responsable Jorge Andrade Ambrosoni, Salto, 19 de marzo de 1953, año I, N° 50.

5 Eliseo Salvador Porta, Uruguay, realidad y reforma agraria (Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 1961).

6 Incluido en Horizontes y Bocacalles, 1926. Ver capítulo correspondiente.

7 Ver Leonardo Garet, La pasión creadora de Enrique Amorim, Montevideo, Editores Asociados,  1990.

8 Mario Jacottet, Irineo Leguísamo, el jockey del siglo, incluido en El Heraldo salteño, El Libro del Bi-Centenario, Salto, 1956.

Población y vivienda en el medio rural, en Salto, Los Departamentos, Editorial, Fin de siglo, Montevideo, 2000

10 Además de quienes trabajamos desde el comienzo del proyecto, se debe dejar constancia de que también participó Jorge Pignataro, quien fue hasta el mes de febrero funcionario del Departamento de Cultura. A su expreso pedido, por no haber quedado conforme con el aporte que realizó, no se incluye su nombre entre los autores.

 
 


 

Bibliografía   

y   documentación   de   consulta

 

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