EL MAPA Y EL HORIZONTE

 

Por Alvaro C. Dos Santos"

 

Anabákoros" de Leonardo Garet.

Montevideo: Edit. Fin de Siglo, 1999.

 

A partir del juego anagramático Anabákoros / Sorocabana Leonardo Garet (Salto, Uruguay,1949) inaugura un libro ubicuo y una especie de calendario de la imaginación. Ocurre que aquí la propuesta narrativa es la de un viaje (o muchos viajes) y con tal material discursivo se cumple, dentro del entramado de la obra un juego de alternancias y coordenadas lingüísticas en las que predominan tanto las imágenes ilusorias que un viajante puede ver desde la ventanilla de un ómnibus en movimiento ("Junto al vidrio de mi ventanilla, se transparentaron cuadros que tomaban vida. Se cimbrearon cuerpos exuberantes", p. 101) como las horas vacías y muertas de ese viajante, quien, casi siempre y a fin de hacer más llevadero su peregrinaje, va fundando, a medida que avanza, una mitología de la imaginación: "He sorprendido la tristeza de los ómnibus muertos. Se convierten en nidos de palomas, en casas rodantes, en escaleras para hormigas y arañas. No hay nada que se aleje más de un ómnibus que un ómnibus transformado en casa" (p. 193)

Rozado por paisajes imprecisos y por los espejos oníricos de la realidad exterior el narrador-personaje, dentro de su pleno movimiento, nos revela ya sean recuerdos familiares, escenas de la vida dentro de un ómnibus, vivencias de su existir y la convicción de que él mismo es una suerte, al ir re-inventando y re-creando el horizonte a cada minuto, de prisionero del instante y lo etéreo ("En el medio de la plena velocidad de los viajes, hay sólo uno que de verdad estremece: el que nos traslada a otro tiempo", p. 92).

La "definición" más clara y precisa sobre qué es un anabákoro se da en la p. 19: "Composición en prosa de corta extensión y motivo variado, generalmente con implicancias metafísicas, donde se destacan los temas de la magia y del tiempo, de los viajes y de la palabra. Se ha señalado la similitud del anabákoro con el cuento, aunque a diferencia de éste, no se puede dudar de su origen escrito, que explica su casi imposibilidad: de trasmisión por vía oral y por ende, el desconocimiento en que cayó a partir del 632 A. C., año de la destrucción de Nínive".

Así planteadas las cosas el narrador-personaje fragmenta la macroestructura general de la obra en 101 anabákoros, y, podríamos decir, viaja con ellos en un peregrinaje mítico que une al Norte uruguayo con Nínive, a Yahvé con la diosa Istar dentro de un mundo de mapas y tiempos inhabitados e inasibles. En lo más profundo cada anabákoro surge como una ruptura entre polos opuestos (finitud-infinitud, inmanencia-trascendencia, centralidad-acentralidad) en un juego textual y poético que el lector puede palpar tanto leyendo linealmente la obra como cada casillero ficcional por separado.

 

El periplo del instante

Muchos de los distintos casilleros narrativos que forman "Anabákoros" bien podrían duplicarse temáticamente ("El viaje es el tiempo hecho realidad", p 86) y desdoblarse de una manera casi mágica, más allá de los estrictos 101 anabákaros: de tal modo la fragmentación textual alcanza muchas otras dimensiones y su microestructura simbólica lleva al lector a múltiples y proteicas interpretaciones y conceptualizaciones.

Cada anabákoro, vivencia personal por excelencia, reflexión y metamorfosis de categorías espaciales y temporales a la vez que deificación del movimiento continuo o alternado, hace patente un viaje por intermedio del lenguaje: la aventura en el lenguaje y el lenguaje de la aventura ("Los viajes eliminan la carrera del horizonte", p. 123).

Dentro de un mundo cerrado, y hasta diríamos claustrofóbico de un ómnibus, la clave proyectiva de ese viaje es el ir tratando de hilvanar los instantes y aprehenderlos de una manera que el eterno presente del narrador-personaje se sublime, se haga temporalidad y mundo circundante posibles y plausibles de catalogar y de darles un nombre, una identificación ("El ómnibus separa los hemisferios cerebrales quedándose uno en la partida y adelantándose otro a la llegada. El cuerpo es el puente y desde los puentes, ya se sabe, nada es igual: los árboles no son árboles", p. 43).

El viaje mítico que se nos presenta posee denotaciones totalizadoras: desde la arqueología a lo posmoderno y desde la referencia religiosa a lo trivial, por lo cual el texto ansía un espacio en el que vida, teología, peregrinaje y pensamientos confluyan, tan siquiera por unos instantes, hasta un punto de referencia en el cual se nos señale las características esenciales del hombre contemporáneo y sus avatares.

El texto presenta, también, una ética del viaje, cambiante a cada paso, es cierto, pero conciente de que aquello es una especie de saber mágico y geografías a habitar: "Algún día podré viajar sobre mapas desconocidos, donde se carezca de sentido cambiar algo y el tiempo no ande dando vueltas, a los tropezones con los paisajes. En lugar de pueblos intercambiables, me detendría en arcanos del Tarot. Habrá paisajes magnéticos a medida que vaya dando vuelta las barajas. El destino es un solitario. Que así sea" (p. 60).

En cuanto al ordenamiento narrativo y ficcional de los 101 anabákoros aquí presentados la interacción entre aquellos casilleros se da de una manera muy libre: cada uno de esos bloques prácticamente no condicionan ni rinden cuentas al anterior o al que lo sigue. Así, cada anabákoro presentado posee estructuración propia, bien delineada y signos escriturales, si bien parecidos a grandes rasgos unos con otros, de diferentes calibres lingüísticos. Tal cosa no hace más que apuntar a distintas dimensiones estéticas y a diferentes maneras de modelar el lenguaje.

Dentro de la pluralidad de anabákoros, compatibles o incompatibles entre ellos, se manifiesta un deseo primario y primigenio de establecer la multiplicidad de lo real ("Los viaje eliminan la carrera del horizonte".p. 123) y fundamentalmente estatuir que un viaje (laberinto al aire libre) es un perenne y acentrado caleidoscopio en el cual bien que pueden delinearse y manifestarse los distintos avatares de la condición humana: "El mapa es un paisaje en silencio, con señales de colores donde sólo se siente la ausencia del punto o la cruz que nos represente" (p. 59).

La variedad de Anabákoros presentados parecen jugar con los conceptos interioridad del narrador personaje/exterioridad de su viaje. Esa imposición ficcional, que puede ser tanto auténtica como no auténtica, nos plantea el hecho de ir captando cada casilla narrativa como un texto en donde, de manera breve, concisa, muchas veces drástica, el lector busca una "dirección", un cuaderno de bitácora a fin de hallar pistas , aunque tal cosa no sea lo realmente importante, pues estamos ante una obra heterogénea en lo que se refiere a su microestructura e intensamente homogénea en lo que hace a la, disposición general de los distintos anabákoros.

 

El instante del periplo

Las lecturas, en este libro, se multiplican como en un juego de espejos o los corredores de un laberinto pues las geografías presentadas, la temporalidad fluente, que sólo de manera tangencial se toca con el tiempo real y la noción de espacio acentrado ubican al lector dentro de un proceso de comprensión policéntrico  y, quizás, con un rictus de extrañeza ("¿Y si aisláramos este ómnibus de todo destino?", p. 91)

De cierta manera "Anabákoros, ya sea en sus casillas más locuaces y fáciles de comprender como en aquellas en donde predomina un clima casi onírico, es una obra de ordenación poco menos que laberíntica, pero un laberinto que "otorga informes" al lector , que le hace guiñadas, aunque nunca lo lleve a su centro más íntimo.

En este paseo mítico por los límites de la condición humana el narrador-personaje parece negar la categoría de un "andar lineal" al lector y de un sentido de la inclusión, en espacio y tiempo, de ciertos aspectos de aquella condición humana: "Se puede decir que el anabákoro es un fuego artificial que deslumbra en una fiesta, y se vuelve recuerdo"(p.78).

Los diferentes Anabákoros, de tal forma, manifiestan, muchas veces, un sistema de códigos clausurados, excluyentes, en el sentido de que tanto a nivel lingüístico como estructural y poético casi todo sufre de dislocaciones y solamente existe el instante como tipo de referencia temporal (cada anabákoro es un instante, más un instante detenido).

El léxico utilizado aquí (ya sea de profundas sugerencias o de trivialidades sin pretensiones) nos conduce por un camino en el que el lenguaje, por sí mismo, se hace viaje (y también por senderos en los que el viaje se hace lenguaje).

Pasajero del "tempus fugit", del instante insubstancial el narrador personaje desdobla y disloca tanto su exterior como su interioridad: por ello vemos que, a menudo, la analogía va en yunta o da paso a lo heteróclito, a la discordancia y esto lleva, directamente, al concepto de "desorientación", reductible a la condición humana en general ("Se inventaron los viajes. Uno tras otro empezamos a animarnos los hombres, alejándonos con ilusiones cada vez mayores de nuestras respectivas casas", p. 36).

El universo verbal construido aquí busca diversos efectos y las reglas de comunicación que se establecen en cada uno de los 101 Anabákoros son reglas manipuladas por las leyes de la "instantaneidad" y el tiempo fluente: el eterno viajero-personaje es, por antonomasia, la construcción del devenir, es decir, una encrucijada movible.

 

A la busca del horizonte

En su pleno viaje, dentro de un mundo que se le ofrece a fragmentos, el viajero, multiplicado interiormente en 101 casillas discursivas, es la extrema acentración, la caracterización máxima de lo múltiple, y, a la vez, la única referencia concreta de la homogeneidad en la heterogeneidad, de la unidad en la pluralidad: "Mi vida ha pasado para que yo llegara a este ómnibus" (p.I1 3).

El narrador-personaje, entonces, propone y funde una estética del viaje, estética basada en la acentración y el movimiento continuo. "Anabákoros" nos presenta patetismo y eclecticismo, reminiscencias y ensoñaciones y todo con un fin: dislocar la realidad y jerarquizar el movimiento perpetuo por encima de las realidades estáticas y colocadas para siempre ("Con el paso de los días se va poniendo viejo el deseo de vivir", p. 173)

Dentro del tejido de la obra prácticamente no existe lo visible en sí, ya que dentro de un ómnibus en movimiento lo que se logra observar son solo flashes de la realidad exterior y estática A partir de ese eje se organiza el sentido de lo extraño, las fundaciones míticas, y, suizas, el cuestionamiento a toda gnoseología.

El Otro es visto aquí como sujeto casual y el destino como una busca de lo efímero, de la imposibilidad de asir el horizonte. narrador-personaje trabaja con el lenguaje en distintos niveles y procura dejar en claro que mediante aquel elabora una teoría del viaje: por ello cada casilla narrativa se hace metáfora de las dimensiones temporales y espaciales que rodean al hombre ("Lo no presente y lo futuro, también andan con los recuerdos y los deseos, comiéndose entre ellos como fichas de un juego donde toda y están destinadas a perder", p. 143)

¿Qué se busca en éste viaje mítico y metafórico? Las propuestas estéticas que nos brinda la obra pueden responder a esta pregunta que se busca, en sus distintos niveles lingüísticos y poéticos, tanto lo finito como lo infinito, la tierra del "más acá" como la del "más allá."; re-inventar el mapa (ámbito cerrado, delineado; trascendencia) como el horizonte (lugar de apertura, sucesivamente delineado: trascendencia); en una palabra "asir", por más imposible que esto sea: asir tiempo y muerte, imaginación y vida.

Dentro del diagrama imaginario de "Anabákoros" todo puede ayudar a aquel "asir", tanto lo simbólico y lo banal como lo real y el tiempo fluente: "Los viajes eliminan la carrera del horizonte. El ómnibus tiene la virtud de suspender la competencia" (p.123).

Por lo tanto aquí el proceso de narratividad desarrollado propende precisamente a eso: hacerse dueño de lo etéreo, de las dimensiones de todo tipo y para ello el narrador-personaje trata, muy en el fondo, de darle identidad a su viaje y procurar que los destinos cíclicos del hombre, ya sean a niveles físicos, intelectuales o religiosos se tornen símbolos y cifra de una, condición humana que, hoy por hoy, atraviesa por una grave crisis.

El viaje mítico y milenarista de Leonardo Garet, por más que comience y finalice en un café montevideano, es un viaje de hondas raíces humanistas y en sus 101 anabákoros, notablemente logrados, tal cosa se hace patente.

       
 

 

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