JOSE ENRIQUE RODO, EL MAESTRO

 

Por Leonardo Garet

En el ambicioso alcance de comunicador de ideas trascendentes, allí, entre los guías espirituales y los responsables de una o más generaciones, está hoy José Enrique Rodó (Montevideo, 1871- Palermo, 1917) de manera cada vez más irremplazable. A la luz de este fin de siglo que él hubiera querido diametralmente distinto; en la consideración de la confusión de la juventud; en la advertencia de corrupción en todos los órdenes, Rodó es el maestro menos escuchado, el que encontró más oídos sordos. Y eso que le habló al hombre superior al que se debería considerar como modelo. Las estructuras económicas, antes que políticas o ideológicas en general, han ido desnaturalizando los medios y los fines.
En 1900 Rodó dijo con meridiana claridad su mensaje humanista de actualidad entonces impensable para un siglo después. La juventud para nada es conciente del tesoro a que Rodó aludía en Ariel y, en cambio, reniega de sus años y apremia los goces en premeditada alienación que es fragrante negación de un destino elevado.

El utilitarismo esclaviza como un dios vengativo; la espiritualidad se ha quebrado y apenas las religiones quieren llamar la atención sobre su existencia. Pero no las religiones alentadas por el cristianismo primitivo, que es al que Rodó quiere idealmente amalgamar con el paganismo griego; no, sino las apocalípticas, sin dogmas, fundamento ni rigor, que medran de la necesidad de los desahuciados, ésas son los que vociferan triunfantes por el mundo.

La vocación no es planteada como un problema de las condiciones y aspiraciones individuales, sino como una ecuación dependiente de probabilidades económicas. Tampoco existen objetivos que trasciendan el individuo. El fanático se encarama y proclama absoluto poseedor de la verdad. Los intelectuales catequizan al pueblo pero no lo educan. La política es sustituída por la postura partidista. Y Estados Unidos sigue siendo lo que Rodó temía para América Latina: un avasallador poder económico que todo lo quiere sojuzgar a su arbitrio. Este es, en síntesis, el panorama a exactos cien años de la publicación de Ariel, el libro que iluminó sobre el idealismo, la belleza, la vocación, como supremos desafíos de la especie.

Rodó no es un educador ocasional -como está tan de moda- sino que todas sus obras se originan y concluyen en la necesidad de compartir búsquedas en el terreno del conocimiento. En carta a Miguel de Unamuno planea el reconocimiento de su compromiso: "Si algo me separa fundamentalmente de la mayor parte de mis colegas literarios de América, es mi afición cada vez más intensa, a lo que llamaré literatura de ideas". ( 25-Xl- 1901). Y en líneas dirigidas a Alberto Nin Frías, reconoce: "Predico la acción, la esperanza y el amor de la vida, porque creo que tal es el rumbo por donde haremos en América, obra de Porvenir" ( 29-V-1909 ). Para tales intenciones parece natural que hubiera elegido como lo hizo en tan valiosas ocasiones, el tono parabólico. "Era - como lo valora Enrique Anderson Imbert- un pensador y era un artista". Y la identificación con un discurso y un personaje -Próspero, Gorgias, Endimión- no postula otra imagen que la del maestro de la juventud americana.

El magisterio de Rodó tiene como verdad primaria la enseñanza del amor a la belleza, único camino auténtico para la efectiva comunicación del bien y de lo verdadero. Ariel se inicia con un ejemplar caso de asedio a la belleza. El aula donde ocurre la despedida del maestro y sus discípulos, es físicamente hermosa; el clima de recogimiento es su consecuencia y la belleza de la estatua es su símbolo y, a la vez, su fuente de elevadas sugerencias. Próspero, por otra parte, debía hablar en medio de la belleza y la armonía, como correspondía a su estado de espíritu. Lejos deja Rodó el tono pasional de los negadores -Niestzche proclamando la muerte de Dios- porque si bien no puede sentir a Dios como causa primera, puede sí vibrar con los Apóstoles, como Idomeneo, en su peregrinaje ideal por el espíritu.

Rodó cree en los dioses paganos en tanto incitadores y símbolos ellos mismos de belleza; cree en el cristianismo primitivo y niega con su prédica optimista a Niestzche, a Spinoza, a los agnósticos y al positivismo. El idealismo de Rodó no se agota como ocurre comunmente en panegíricos hipócritas. Se es o no idealista en el pensamiento y en la vida.

En Motivos de Proteo y en Ariel, Rodó es esteticista en el doble sentido de la cuidada elección de los términos y en el de la recreación del mundo a través de los sentidos. Desconoce la metafísica pero, no se atiene como Niestzche, a justificar el mundo como fenómeno estético en el que se agota, porque, como lo expresa Arturo Ardao: "Con la reiterada invocación de ellas (la realidad y la vida) concordaba una también reiterada condena de los esteticismos, los torremarfilismos y los diletantismos" (Rodó, su americanismo, Montevideo, 1970".)

Unas pocas y fundamentales ideas provenientes de su clara y gráfica percepción del mundo, sostienen el enfoque amplio del comportamiento humano. Rodó no se atreve a hablar de Dios, y en su lugar recrea un edén, con ideas morales cristianas, encarnadas en la vivacidad y el colorido de los dioses griegos. El entusiasmo, el desinterés, la tendencia a la belleza, y la firmeza de las convicciones, provienen de ríos que descienden de ese Olimpo particular que visitan también filósofos y moralistas franceses.

Pero a pesar de su formación, tan de otras tierras y de otros siglos, Rodó es vivencialmente americano y de aquellos y de estos días. Su claridad conceptual no se aplica al individuo aislado sino inseparablemente unido a la circunstancia histórica. Su ideario se abraza al de Artigas y Bolívar, en pos de una gran patria americana. En este sentido su clamor es oído por Rubén Darío, Leopoldo Lugones y José Santos Chocano. La sociedad industrial y los "trust" económicos burlaron después el fervoroso alegato del crecimiento espiritual. Los oyentes de Rodó se espaciaron, reducidos como están a los compartimientos de las fronteras y al imperio de la sociedad de consumo. La incompetencia o la sordera de quienes tendrían que ser sus alumnos, no invalida la importancia del mensaje. A América toda, y al hombre en general, le va la vida en el retorno al humanismo trascendente. Rodó sigue hablando hoy y es imperioso escucharlo.

       
 

 

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