BELLEZA ATRIBULADA Y CONSOLADORA
Por Juan Francisco Costa
Valga el oxímoron del título. Este libro me ha dejado un delirio oscuro, con fulgores de belleza desolada. Como su nombre lo enuncia, son "Jameos del aire", que introducen a realidades emergentes de volcánicas tierras y naufragios. Como la de quien va va a la deriva en esa balsa cuya única alternativa es irse comiéndosela. Tal vez rumbo al abismo. Pero que busca "los límites al océano y al cielo ". Y en un plano de circularidad, mudez y brotes de la palabra, destino del escritor y del hombre. Aunque siempre hay una "caja chica" que puede ser salvadora: ese suplemento de realidad de cada ser hacia adentro, que habilita aventuras infinitas pero de cuya existencia no todos se percatan.
Garet hace un empleo portentoso y libre del tiempo, en lo que son historias en este libro; que no todas lo son. Por ejemplo, en "Caminante",
en que el narrador resulta sustraído del presente hacia un pasado en parte vivido, en parte soñado. La única referencia al presente, es la caricia a la cabeza del perro. Se narra con una libertad infinita. Aunque en este caso, no se sale de la subjetividad. Otra índole alcanza "El continente errante", en el que quedan abolidas las direcciones del tiempo, y se patentiza la virtualidad -que no realidad- de lo vivido: "...el antes y el después de los episodios
que no tuvieron cabida en mi vida". Y el médico acaba persuadido de la "cordura" de Ferrando.
Este libro, si bien contiene relatos, como ya se dijera, es más reflexivo y contemplativo: pertenecería parcialmente a la entidad de las estásimas de la tragedia griega. Y son textos, todos, absolutamente transidos de poesía. De una poesía voladora, entre sueños, dominados creo por esa forma de la "razón poética" que consagraría María Zambrano.
"Etimología ", uno de los textos más perfectos del libro, brevísimo y contundente, es una "Poética": el destino trágico de la escritura. Una definición de la poesía maldita, que si bien luminosa, conduce a la muerte.
"El presente", es una reflexión sobre el arte y la vida, la existencia y su representación; la intemporalidad y la ceguera ante el holocausto de los hombres.
El libro exhibe también una extraordinaria libertad en los ejercicios de intertextualidad, aun muy por encima del tiempo. En el relato "Encuentro entre aventureros", el legendario Ulises empieza narrando cómo, al cabo de sus numerosas hazañas, se encuentra en la cueva de Montesinos con el valeroso Don Quijote de la Mancha. Es admirable el modo en que Garet preserva la absoluta identidad de estas dos famosas criaturas, sin desvirtuarlas nunca. Sin embargo, la peripecia del episodio está, en que Don Quijote en su parlamento, acaba declarando su rendición ante el héroe griego. Ha sido vencido por la lección de la irrendible fidelidad de Ulises: "A mí, que persigo la inmortalidad con cada golpe de espada, el sabio Merlín, que maneja el tiempo a su talante, me presentó al hombre que despreció la inmortalidad a cambio de poder volver con su compañera. Me presentó al hombre que sin duda envidiaron aquellos dioses". Es un sabio y precioso corolario. La victoria del amor fiel ante el ansia de inmortalidad. Es, a mi juicio, la prevalencia de un valor más moderno que el representado por el anacronismo de Don Quijote: la veleidad de aquellos dioses les hizo envidiar la vocación de amor y calidez doméstica imperecedera del héroe griego. Aquí, Ulises, a despecho del héroe de trágico destino de Dante es -como lo definió algún crítico- "el corazón que regresa".
Este libro, que es un gran libro, tiene en su filosofía implícita, a pesar de ese amplio suplemento de vida que señalamos, una condición de inmanencia que es la que me deja desolado. Tal vez el texto que más ejemplarmente lo ilustre es el 64 -"De cinturón blanco"-, con el condigno acápite de Cioran: "La lucidez: martirio permanente, inimaginable proeza". ("Ese maldito yo"). Perfecto y terrible texto, después de contar brevemente el diálogo oscuro entre un sepulturero aparentemente alucinado, que oye ruidos y gemidos desde adentro de los féretros -oye en realidad o cree oír -, y la muchacha cuya lapidaria y sombría declaración es esta: "Yo quiero confirmar (...) que solo logra la lucidez el que toca su féretro por adentro". Es la más abismal y letal hipótesis de nuestra condición. Sería una especie de dilacerante reconocimiento de la peor forma de lucidez. Es la lucidez de la ceguera de Edipo. No hay otra forma de trascendencia ni sentido. Aunque al margen de ese "martirio permanente", Garet logre esta obra de radiante poesía, que en sí misma lo justifica. Y nos justifica.