El perro sin cola, de Mario Mele

 

            Este nuevo libro impresiona desde el comienzo por la propiedad de su lenguaje y su índole recia; un lenguaje poco propenso a la confesión pero capaz de elaborar poéticamente los sentimientos más hondos y humanos, capaz de dar cuenta de sutiles movimientos del ánimo y de imágenes personalísimas centradas en la casa, su ventana, la calle, la noche, la luna negra y sus alrededores poéticos.

            En tal sentido esta obra confirma los rasgos más salientes de su libro anterior (La breve noche de tres horas; Aldebarán, 2008) en el que la original estatura del lenguaje vale por lo propiamente poético en tanto capacidad de (re)creación verbal.

            El libro está dividido en dos partes notoriamente diferentes. La primera que le da título, y la segunda: “La novia del viento”.

            En la primera parte o etapa señorea el yo que corresponde al hablante lírico y su estatuto discursivo. También sobresale una imagen peculiar que a medida que se suceden las composiciones tiene importantes variaciones. Es la del perro sin cola (¿mutilado, carente, estigmatizado?) que hace las veces de un mediador lírico. En efecto el perro en las más variadas circunstancias da cuenta del hablante cuando él, a propósito de las evoluciones, juegos, ladridos, gemidos, etc. da paso a lo subjetivo, a las asociaciones, o le sirve de apoyo para completar el sentido. En otras oportunidades ofrece la posibilidad de un hilván significativo o de una presencia “objetiva” por ser externa al hablante o a su estado, y da verosimilitud al cuadro o a la visión.

            El perro también es una versión del alter ego por sus posibilidades proyectivas, por la deriva metafórica que se desencadena a sus expensas o que termina con él, porque pretexta o da lugar a breves anécdotas líricas que a veces elaboran casi alegorías:

 

el viento movió a la luna de lugar

y quebramos el silencio

con los ladridos. (p.17)

 

El perro también es una especie de personaje en y de los sueños del poeta, capaz

de acompañar e iluminar gestos y rituales íntimos, algunos casi domésticos:

 

            aquella noche de amor

            te quedaste en la calle

            sobre la vereda sur del alma

            acurrucado sobre mi sombra (p. 29)

 

            En alguna otra oportunidad es una presencia que rescata la identidad amorosa de una situación, adquiere fuerza simbólica y es emblema de la soledad:

 

            ese perro que llevo dentro

            y lame las horas viejas del alma. (p.19)

 

            La segunda parte se puede considerar otro libro por la diferencia y autonomía temática y de contexto con relación a la primera parte.

Es sin duda un libro de amor más definido, en él                 señorea el “tú” en tanto que destinatario e interlocutor virtual. Los temas de pasión-desamor, eros-thánatos, presencia asociada al instante-ausencia entretejida de recuerdos predominan con una matizada variación. Aquí la sintaxis y el devenir léxico son más serenos aunque hay tensión reflexiva y dramáticas comparecencias:

 

            tenés una manera de irte

            que dejás a la muerte

            hablándome un rato. (p.81)

 

            En suma, como escribe Silvia Lago, son “poemas con una sabia concepción del mundo, atractiva y profunda, donde maneja los temas universales”.

 

Ricardo Pallares.

       
 

 

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