Jorge Arbeleche escribió:
«Bar con sus mesas vacías pero cargadas de noches, con sus insondables laberintos y vericuetos, con la sutil melancolía de lo perdido pero siempre acuciante a través de una ausencia implacable, tan filosa como si rozara el sueño con su aspereza. Todo el libro se me torna como una asordinada y sutil melodía enmarcada entre los espacios recónditos del café y el desvelo desde «una tarde escondida hasta «el paso de la última musa»