En el gorrión y la perla, Mario Mele pulsa su cuerda más grave y profunda, la
del amor que se resiste a irse, pese a la ausencia de la amada, ausencia que bien
pudiera ser distancia física o temporal, ruptura, olvido e incluso la misma
muerte, pero en la que la ausencia se resuelve en un modo de presencia mucho
mas profundo, indesarraigable. Y esto último, en buena medida, por decisión
del amante, como puede leerse al final del sexto fragmento de, “cuando se
alarga la noche” segunda sección del libro: “yo jamás te daré mi olvido”. Bella
cosa, para empezar, es que el poeta dedique el libro a su madre. En la primera
sección, que da título al libro, el poeta dialoga con un cuadro, La joven de la
perla, de Vermeer. El cuarto poema de la sección dice bien el dolor del tiempo
de amar, siempre hasta cierto punto desaprovechado:
Ver tus labios por el cuadro
enmarcado en negro,
suspirando el nombre
de horas perdidas
de besos que andan
por los muros de la casa,
la luna que cae
con las manos atadas
en una perla de la vida
oscura, fría y blanca,
no supe robarte de la noche
un abrazo más.
Los textos de “el roce de la luna”, sección que cierra el libro, retoman con
mayor desgarro el tema y el tono de la primera, y que todo amor presente nos
recuerda, no sin cierta amargura, los amores perdidos:
Dormir mirando al techo,
que se nos cae con
las miradas que no nos dimos.
Donde cuelgan los sueños
y el último recuerdo
golpeó anoche
a eso de las cuatro,
la penúltima mujer
buscando la taza
del último café.
