Ricardo Pallares
Academia Nacional de Letras
2022
En el último libro de Mario Mele se instala una contención expresiva que parece natural a la voz que enuncia en sus dos tonos: uno relativo al bar simbólico de la vida y otro centrado o atento a lo circunstancial en las mesas y en el yo hablante.
Cada mesa referida, descripta o traída a un primer plano presenta o sugiere algo vacío y también se vincula de alguna manera con el entorno y los cuadros. Esos cuadros complementan el escenario lírico desde las paredes del bar en penumbra por lo que la nocturnidad queda presente.
Por ejemplo, el poema 2 dice en su comienzo:
dos y media de la madrugada,
vi tu nombre recorrer
las calles de mi niñez,
entrar al bar
y sonreír frente a un cuadro de Picasso
La referida contención de la voz poética se ajusta al principio de la condensación y trasmite un intenso recato con silencios implícitos, cuajados de experiencias de vida que se manifiestan intensamente.
Este rasgo de la enunciación se acompaña formalmente con una especie de minimalismo que, por momentos, parece vinculado por ejemplo al de Nancy Bacelo, Idea Vilariño, al de Benedetti en Poemas de la oficina, al de algunas zonas de la poesía de Juan Gelman, de Salvador Puig o Eduardo Nogareda.
Estos intensificadores en los poemas de Mele -especialmente en los de este libro- también tienen relación con el relativismo de los asuntos existenciales involucrados. Son los que se expresan y se instalan en el bar, tienen sus vacíos, ausencias y una radical soledad que confina a cada personaje. A la manera de recurso fortalecen la atmósfera que impregna al ambiente. Más que de un mundo parroquiano se trata de otro, subjetivo, al que se canta y que acarrea lo femenino, el amor de pareja, el universo de los recuerdos sustanciales e intransferibles, la imaginería nocturna -a veces erótica-, el de los cuadros con su aporte plástico-visual y su eventualidad artística.
Los dos poemas de la primera parte o del primer momento del libro son particularmente ajustados, lacónicos, condensados en su intensidad y reserva pudorosa. Sin embargo, no se excluye una amable verdad ficcional o poética con un gradiente de elegía y de queja insinuada.
En realidad, la primera parte del libro tiene dos textos a modo de pórtico. Están seguidos por siete más -los de la segunda parte- con el subtítulo “Los cuadros”, que son a la manera de estampas de figuras humanas, literarias y de féminas. Tienen un vitalismo que bien puede operar en el contexto a modo de eje semántico.
Los aspectos subjetivos se aprecian por ejemplo en el poema 6:
me están quedando los papeles
manchados de tinta
sobre la última mesa del bar,
el viejo al lado
cerca de la estufa,
conversa con las mujeres del cuadro.
El bar es el sitio de los vínculos, es lo nocturno, lo amoroso y la soledad. Pero lo que más intensamente se expresa parece ser la carencia, la falta de algo, lo desaparecido o lo ausente. Todo ello es lo que metafóricamente está “servido” en las mesas de apariencia vacía, es lo que alcanza y refiere a las vidas aludidas, a las imágenes de los cuadros y a lo que se les asocia progresivamente.
En el epígrafe del libro hay un pasaje relativo al marco o contexto en el que la palabra poética es la realizadora en esta dimensión simbólica y ficcional. Allí están seguramente las claves líricas o el sentido último. Dice:
abrí las ventanas y un tropel de palabras
entraron y salieron ensimismadas.
Abajo, inquietas sobre el río, algunas
formaron la barca y comenzó el viaje.
Si tal como decía Amanda Berenguer “la palabra es el viaje”, es la aventura de la significación y de la creación en poesía. Por lo tanto el bar del título del libro con las mesas vacías puede ser un sitio singular donde radica y se afirma el ser.
La segunda parte o momento del libro titulada “Los cuadros” tiene una mayor presencia del tú lírico en tanto que destinatario, mientras que en la tercera (“Las mesas vacías”) la ausencia de la plenitud es recurrente. Por ejemplo, en los dos versos finales del poema 3 de esta parte, se lee: “no queda más que el viento caído / y la forma de quererte”.
La cuarta parte “Entre lunes y viernes” instala el tópico de las rutinas, asuntos varios y recuerdos que también se vinculan con un mundo de asociaciones más expandidas, incluidas las del tema de la palabra como realidad mediadora de otra más acendrada o quizá más silenciada.
“Por la camena” (la quinta parte) es un centro lírico relativo al amor y a sus perfiles. El título que recoge el de un libro anterior da cuenta de por sí del oficio y la obediencia. El oficio que practica el poeta conducido por la musa y la obediencia a sus misteriosos designios. Es por esta musa que la poesía canta y que la poesía la canta a ella. Es por la Camena que Eros se expresa y expande y luego de arrebatar a los seres vivifica las palabras en el universo de lo inédito u original.
La pertenencia de la musa a la tradición latina es la que se acompasa con la de los artistas contemporáneos mencionados en el libro que en su mayoría tienen descendencia latina y occidental.
La Musa en una suerte de segundo grado de personificación es objeto de voseo y de trato casi coloquial. Ello aproxima al máximo la intención y la necesidad autoral con la recreación lírica. Por momentos impresiona como la zona más lograda del libro. En la composición “la boca”, dice:
tantos labios saqué de tus ojos
que los tengo por todo el cuarto,
y en las manos, y respirando del techo
y se hace monstruoso el paso
que dejo a oscuras la casa, para besarte,
aquí adentro.
“Los amantes” es la sexta parte donde parece acentuarse el intimismo coloquial con la amada. Es por esta razón que los acontecimientos de pareja son más puntuales y se entretejen con recuerdos, deseos y representaciones, con dimensiones subjetivas del tiempo y los procesos de una deriva necesaria e inevitable.
“La penúltima mujer” es la séptima parte que registra la emergencia de una figura amada paradigmática por ser singular. Las alternativas que se dan entre los comparecientes poéticos, entre un café y otro pautan la duración, lo sucesivo y el precario sustento de lo que existe o acaso de lo que ya pasó.
Este libro de Mele tiene una consumación apreciable como su verso libre y tenso y sus aciertos expresivos, es un libro auto ilustrado lo que supone otra propuesta complementaria. No obstante, parece haber cierta desavenencia en la organización entre el índice y los contenidos que probablemente complejiza la construcción lectora. Su poesía no experimenta tentaciones post vanguardistas, asume el eros con su temperatura carnal y un propósito humanizador que incluye imágenes vicarias, comunicantes.
No porque sí su libro antológico de 1999 tiene por título La camena y logra acendramiento. Mario Mele es integrante de una de las últimas promociones -al menos de la del año 90- y sigue junto a los significantes y su elaboración artística y fundadora.
Integra asimismo el conjunto más laborioso entre la pléyade de los escritores del Interior cuya labor cultural se ve marginada por diversos factores estructurales, que no son para analizar en este momento, pero que suponen acrecentadas dificultades de todo tipo. En especial la falta de políticas comerciales, de promoción y difusión del libro y la lectura que fueran capaces de acrecentar los entramados que desembocan en formas de vida colectiva asociada y crecientemente calificada