Un viaje por la supra - realidad artística de Cervantes, nos deslumbra y enriquece. Se pueden recorrer sus distintas obras como otros tantos grados de iniciación. Cuando una se nos abre y nos adentramos en ella, como en una casa soñada, hemos subido un escalón de sensibilidad y sabiduría.
Las luces cambian la perspectivas y visitar una pirámide a todas horas del día y de la noche, nos revela la pirámide entera. Así con cada obra; leerla una vez, dos veces, antes y después de leer crítica, es ampliar el horizonte de las sugestiones.
El Quijote, sin lugar a dudas la más famosa y vigente obra literaria, ha recibido -soportado- todo tipo de críticas: alabanzas inconscientes, sensibleras, simplistas. Cuando se comenzó a ver la
complejidad, surgió el verdadero rostro de mil ceras de la Esfinge.
Don Quijote no es la fantasía, lo noble y espiritual, y Sancho Panza lo grosero, tosco y sensual, como lo repitieren con similares palabras hasta el hartazgo. Don Quijote es el mundo mágico y místico, y Sancho el mundo nuestro, pero más acertadamente, Don Quijote es la voluntad proyectiva, y Sancho la voluntad receptiva: el primero quiere cambiar a los seres y a las situaciones, y el segundo los acepta, ya sean reales o fántásticos.
El Quijote es un grado de iniciación, que es todos los grados. Podemos suponer como segundo grado, a su novela pastoril La Galatea, que exigirá la paciencia de gustar de un crepúsculo sin integrarse a él. Y elegir como tercero, sus Novelas Ejemplares y su Teatro, que son el espejo de su siglo; y como cuarto, el mundo del puro movimiento de El Persiles.
Aparte dejamos su poesía -circunstancial en grado sumo- y entramos al último grado, que es El Quijote otra vez. Es comprensible que se comprenda tan mal a El Quijote, porque presenta como ninguna otra obra, distintos niveles de captación: el fónico, el de la trama, el de los simbolismos, etc. abarcarles todos es tarea del crítico. La comprensión o el simple deslumbramiento son igualmente válidos, pero al estudiante hay que exigirle lo primero, porque es inconducente y ridículo, el incienso sin doctrina.
Todo acercamiento a Cervantes debe comenzar y terminar en El Quijote; pero es imposible desconocer el itinerario que incluye obras como El licenciado, Rinconete y El Retablo, que, de por sí solas, justifican una existencia de creador