
Leonardo Garet, destacado escritor salteño, poeta y crítico de juicios tan fundamentados como mesurados, dedica un libro a lo que titula, muy expresivamente, La pasión creadora de Enrique Amorim, intentando rehabilitar a un salteño de los que, con Quiroga, Delgado, Montiel Ballesteros, Carlos María Princivale y Julio Garet Más (padre de Leonardo) constituyeron una generación de reconocida vigencia como prosistas o poetas.
Nacido en julio de 1900 y fallecido en julio de 1960, la vida de Amorim se desarrolló en un lapso raramente análogo al de Felisberto Hernández, el que transcunió desde 1902 hasta 1964. Amorim desarrolló una actividad acalambrante, en Salto y en Buenos Aires en especial. Fue argumentista y libretista de doce filmes argentinos, realizador de ocho filmes en Montevideo, de cuatro obras de teatro, y de cuentos, poesías y novelas en cantidades industriales, incluyendo 37 publicaciones bajo seudónimo, muy presuntamente suyas. Y Garet recorre ese próvido despliegue con escrupulosa y atinada fidelidad, proporcionando, no solamente una noticia exhaustiva, sino enjuiciamientos, propios y ajenos, de cada una de sus producciones. Reconoce el autor de entrada la endeblez de sus creaciones teatrales, para señalar asimismo que en tanto poeta y narrador, Amorim demostró siempre ser "un sentidor profundo, un romántico en el buen sentido de la palabra, que no cesó de buscarse a sí mismo". Angel Rama estableció por su parte que "el cuento fue el secreto sostén de su obra creadora". Narrador de la ciudad, de los pocos que había hace seis décadas, lo fue con más autenticidad en su narrativa del campo: "Ninguno tan verídico y tan intenso -dijera Borges- como Enrique Amorim. Es el único que habla de los gauchos con naturalidad, sin prejuicio sensorio o apologético". De la ciudad - expresa Garet- "tenía un aire de familia con Jorge Amado, y podrían algunas de sus obras haber sido escritas por García Marquez". Acerca de sus escritos camperos, el mismo Borges afirmó que El paisano Aguilar es la mejor de nuestras novelas gauchescas, y que con El caballo y su sombra supera aun su obra anterior.
La obra de Amorim alentaba un fondo combativo, de mejora social, lo cual efectuó "poniendo al descubierto -comentaba Rodríguez Monegal- el cuerpo de nuestra sociedad rural llamando a las cosas por sus nombres, aunque feos o incómodos". Mientras Quiroga expuso la relación dramática del hombre con la naturaleza -decía Mercedes Ramírez- "la gran aventura que plantea Amorim es la del hombre con el hombre". Y no se reduce a la realidad irresonante de Morosoli -agregaba Cotelo- sino que destacaba "la lucha con la responsabilidad de una tierra áspera y fiera". "Amorim -concluye Garet - cree en el poder transformador de la acción hacia un mundo más justo y feliz."
Acierta Garet al subrayar "la natural y casi fisiológica alegría de contar de Amorim", debiendo considerársele -agrega como "un genuino y generalmente no reconocido iniciador de la novela americana del siglo xx". Reproduce en su apoyo la alabanza con que lo juzgara Francis de Miomandre en 1938: "Amorim es uno de los más completos y de los más representativos integrantes de la joven literatura en Sud América.
Su virtud principal -señala Garet- era "la calidez y visión política y social con que describe las causas y las manifestaciones de la rebeldía y la unión de las voluntades en pos de la Justicia". El paisano Aguilar y El caballo y su sombra son esfuerzos muy ilustrativos por comprender un país que insinuaba integrarse al resto del mundo. Y Corral abierto, además, lo revela como digno compañero de Onetti y Benedetti en la configuración de la realidad urbana.
Un libro, en suma, que dentro de una realización de ejemplar limpieza y sobriedad crítica, acierta en la calificación de un autor que hoy es injustamente desatendido.
WASHINGTON LOCKHART
Leonardo Garet, La pasión creadora de Amorim,
Editores Asociados, Montevideo, 1990, 85 pp.
BRECHA- 6 – julio- 1990