Es casi lugar común de la crítica quiroguiana establecer que Los desterrados representan su culminación como escritor y como intérprete de la selva y que, concomitantemente, Más allá indica su despeñadero como creador, con la sola excepción confirmatoria de la tesis, del cuento El hijo, que aparece como el sobreviviente del tema misionero. Para el caso entonces, los temas de Más allá son la decadencia, mero resultado de la impotencia creadora. En estas apreciaciones coinciden nada menos que Noé Jitrik, Nicolás Bratosevich y Emir Rodríguez Monegal, entre los más destacados y quizás los mejores críticos de Quiroga. Me permito con todo respeto pero con igual énfasis, descreer de la simplificadora parábola ascensión, cima, descenso. Y haciendo lo que el título de esta nota indica, es hora de comenzar a disparar unos tiros para afinar puntería. Sean los primeros las fechas de publicación de los cuentos de Más allá:
La señorita Leona ……....……............ 1923
Su ausencia …………........…...……... 1921
La bella y la bestia …….......…….…… 1924
El conductor del rápido ……............... 1926
Más allá ………….….……………........ 1925
El puritano …………...………..….….... 1926
El vampiro …………....…...……...….... 1927
El hijo ……………...…......…...…..…... 1928
El ocaso …………...….…..…..……….. 1928
El llamado …………....…...….………... 1930
Las moscas ………….......….…..…..... 1933
Seis de los cuentos son del mismo año o anteriores a Los desterrados. Solo cinco son de fecha posterior y una de ellas corresponde justamente al cuento considerado mejor de todo el conjunto, El hijo.Siguiendo con el tiro al blanco de fechas, se puede repasar un importante número de cuentos, como El síncope blanco (1920), y El espectro (1921), ambos incluidos en El desierto (1924), que pueden muy bien pertenecer a la categoría y al clima espiritual de Más allá.La tesis que motiva las anteriores precisiones es que Quiroga se sintió atraído de manera especialmente intensa por la naturaleza, que buscó en ella quizás, el lado distinto de la verdad de sí mismo, pero que, y sin ser excluyente, la técnica y lo sobrenatural -como dos formas de contraste con la selva- , le presentaban hipótesis y posibilidades inimaginables en la naturaleza.Los críticos biográficos a quienes les interesa recalcar el perfil misionero de Quiroga, suelen no tener en cuenta que una de las razones de su preferencia por la selva era no solo el rechazo de la civilización sino y antes que nada, la voluntad de ser el hombre que se construía desde los utensilios hasta la casa. Suelen no recordar que Quiroga fue un experimentador en el terreno de la industria -a la vez que un malo, muy mal comerciante-. Quiroga sintió y sufrió sin duda, el tironeo de dos mundos, la encrucijada de perspectivas que lo hace tan medularmente un hombre del siglo XX. No sin razones Quiroga fue, en ese sentido, el iniciador de la literatura fantástica en Hispanoamérica. La selva no lo recibió “como despojo”, como dice malévolamente el crítico argentino H. Murena (El horror en la obra de Quiroga, incluido en Aproximaciones a Horacio Quiroga, Caracas, Monte Avila, 1977). No, Quiroga fue el colono, el observador tenaz (quedan como testimonio sus inapreciables artículos sobre animales), el que llevó los últimos inventos, el que se extasió ante el Paraná silencioso lo mismo que ante la pantalla del cinematógrafo. La técnica y lo sobrenatural, ligados sin discernir esferas fue el otro gran polo de la muy humana preocupación de Quiroga.Selva y técnica, animal y máquina, el pasado ancestral y el futuro intuido, y en el centro, asaeteado por todas las solicitaciones, el hombre. El hombre inseparado del creador que halló el lenguaje sólo para una de las esferas. Pero que las abordó en los distintos años de su vida, con similar empuje y confianza. Es cierto, por otra parte, que Quiroga deja paulatinamente de producir, pero ese no es argumento de decadencia. Es sólo y nada menos que silencio. (Es poco lo que escribe después de Los desterrados; y Más allá sale un poco por compromiso). Óigase lo que dice Martínez Estrada: “Hacia 1930 Quiroga escribía muy poco, pero aún no había madurado su aversión a hacerlo” (El hermano Quiroga, Montevideo, Arca, 1968). Aversión, palabra que hay que tomar en toda su acepción por la autoridad de quien la emplea. Aversión, la que conduce al silencio, al sentimiento de frustración, la que acomete al escritor auténtico y que estudia Maurice Blanchot en su obra El espacio literario. No es de extrañar. Es concordante con el significado vital que para él tenía la escritura. Nada de declinación cuando escribe sobre temas cientificistas o sobrenaturales, otra vertiente; nada de declinación cuando deja de escribir, el silencio de quien ha dado lo que creía posible. ¿Declinación cuando El crimen del otro, Los perseguidos, Historia de un amor turbio, preanuncian tempranamente los temas de Más allá? Temáticas diversas ¿Qué hubiera pasado si otro firmaba el precursor de Borges y Bioy Casares hay sólo la diferencia entre un precursor y un escritor del apogeo de una tendencia o género. La que media de Wells y Julio Verne, a Sturgeon, Clarke y Bradbury. En los temas de selva Quiroga es una cima; en los ciudadanos y sobrenaturales y fantásticos, es el adelantado que demarcó el camino.Para volver a intentar la explicación de su silencio, se transcribe lo que le contesta cierta vez a Martínez Estrada: “Bien, querido compañero. Pero tan bien sus líneas finales: “Hay que hacer todavía. ¡Escriba! ¡No se abandone!”. Ni por pienso. Podría objetarle que hay mucho quehacer - ¡y tanto! – no tengo tiempo de escribir. Lejos de abandonarme, estoy creando como bueno una linda parcela que huele a trabajo y alegría como a jazmines. ¿Qué es eso de abandonar mi vida o mi ser interno porque no escribo, Estrada? Ya escribí mucho. Estoy leyendo ahora una enciclopedia agrícola de 1836 – un siglo justo – por donde veo que muy poco hemos adelantado en la materia. Tal vez escriba aún, pero no por ceder a deber alguno, sino por inclinación a beber en una u otra fuente.Me siento tan bien y digno escardando como contando. Yo estoy libre de todo prejuicio, créame”. (Carta a M.E del 22 de julio de 1936. El hermano Quiroga).
Esta conmovedora confesión estremece y rebela. “¡Decadencia!” ¡Qué va! El hombre que madura como la semilla en el fruto. Que siente crecer en él muerte propia. Tal como Rilke, ese grande que mucho supo de silencios y períodos de empecinada infertilidad.