Diario El País

 

MAROSA, A DOS AÑOS

 

Bien lo saben las viudas de los pintores. Muerto el artista, y publicadas las siempre emotivas apreciaciones de la pérdida, hay un largo período de encogimiento de su valor comercial, tras el cual, un día impronosticable, a menudo una argucia de la misma viuda o de su marchand de confianza, lo relanzan a la codicia de los coleccionistas. Es como si el artista reviviera, o por lo menos sus cuadros; el entorno de la viuda vuelve a ser el de antes, y muchas veces más alegre que antes. Los años de soledad, de relegación social, de paciencia, tienen al fin su recompensa. Pasa también con los escritores. ¿Quién hubiera predicho que el autor más leído de los años treinta, Stefan Zweig, iba a desaparecer medio siglo? ¿Quién hubiera adivinado que del autor mimado de los cuarenta, Aldous Huxley, sólo iba a sobrevivir aquel juguete futurista llamado Un mundo feliz?

Estas reflexiones nostálgicas nacen a propósito justamente de alguien que parece haber burlado esa ley, como las burló siempre estando viva. Hablo de Marosa di Giorgio. Murió hace casi exactamente dos años. Aconsejo al lector que se de una vuelta por la librería. La mirada grave e irónica de la poeta lo asaltará desde todos los rincones. Probablemente sólo de dos o tres estantes, pero es el estilo -y la hazaña- de la poeta. Multiplicarse como se multiplican en su obra las camelias, los cuchillos, los murciélagos. Por fin los sexos. Y la propia muerte.

Sus libros mayores y sus cuadernos breves. Los papeles salvajes, La Falena, Misales, Druida, Rosa Mística. Un solo y sostenido impulso poético a lo largo de una vida secreta y al mismo tiempo generosa. De esa vida nos habla ahora un libro ejemplar. En su reserva, en su delicadeza, en su lealtad para con una amiga de toda la vida. Su autor se llama Leonardo Garet. El libro: El milagro incesante. Garet es él mismo poeta; su padre, poeta también, fue el descubridor de Marosa. Incluyó textos suyos en su antología de poetas uruguayas. En 1954. Marosa había publicado sus primeras cosas en 1953.

Las primeras ciento treinta páginas del libro están dedicadas a la vida de Marosa, desde su niñez en las quintas de Salto y sus años de estudios y después junto a Nidia Arenas, una figura consular del teatro salteño; y luego en Montevideo, desde 1978 hasta su muerte. En la segunda parte, Garet hace un minucioso recorrido por toda la obra de Marosa.

¿Es necesario decir que está escrito desde una emocionante devoción?

 

ANTONIO LARRETA


El País, Montevideo, viernes 13 de octubre de 2006.

       
 

 

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