París: centro e irradiación

 

Por Leonardo Garet

Baudelaire considera el auge de París como el signo fatal del triunfo del pragmatismo y de la exaltación de lo útil. En pocos años se abrieron en la capital francesa cincuenta y cinco nuevas calles, se construyeron plazas y monumentos. Era la riqueza y a la vez el clima bélico, porque también se levantaron fortificaciones –nada menos que 34 kilómetros con 94 baluartes de 10 metros de altura entre 1840 y 1843-. La población pasó de un millón de habitantes en 1851 a un millón seiscientos mil en 1861. Los años de producción de Baudelaire se encuadran pues, en el tiempo del crecimiento febril de la ciudad, cuando se invertían millones de francos en la apertura de los modernos boulevards y el casco urbano aumentaba 400 hectáreas por la anexión de los municipios exteriores.

Curiosamente la fisonomía de algunos barrios de París no ha cambiado sustancialmente pasados siglo y medio de cuando por ellos caminaba Baudelaire. Montmartre, la Bolsa, el Palacio Real, la Ópera, son los lugares que ya eran los preferidos por los visitantes. En el barrio Latino abrían sus puertas las principales librerías y atravesando la plaza de la Concordia ya estaba –desde fines del siglo XVII- el paseo de los Campos Elíseos coronado por el Arco de Triunfo, o del Gran Ejército. En la plaza Vendôme, desde 1810, estaba la columna del mismo nombre, en la plaza de la Bastilla quedaba nada más que el recuerdo de su fortaleza-prisión, destruida el 14 de julio de 1789 y en su lugar, se elevaba la columna con el genio en bronce de la Libertad. El antiguo palacio del Louvre ya lo había concluido Napoleón III, se había levantado el Théâtre de Vaudeville en 1792 y sobre el Sena y sus orillas de paseo ya se tendían más de veinte puentes.

Por la ciudad de empuje y magnificencia, Baudelaire niño caminaba abriendo sus ojos al deslumbramiento. Pero tan o más impresionado que por los mármoles y los lujosos cafés se sintió por la pobreza del barrio Saint Marceau, atravesado por las tristes aguas del arroyo Bievre. Al norte de París era la Ville propiamente dicha, con su burguesía próspera; al sur, la gente de Letras y la Universidad. París fue una ciudad demasiado impactante como para no imponerse y no entrar con todos sus aromas, pasiones y exquisiteces en la poesía de Baudelaire. Se convirtió en el poeta de la ciudad, pero no en el que observa el progreso en todas sus formas, sino el que se detiene al lado del caído al costado de la calle, aquel que por imponderables infinitos no pudo mantener la dignidad de su vida. Por primera vez la poesía dejó la placidez de los lagos, los jardines y las montañas y entró en los conflictos de la vida ciudadana.

La entronización de Luis Napoleón Bonaparte (1852) en lo político, la aceleración del proceso de la revolución industrial en lo social y la aceptación del Positivismo como forma de entender no sólo la filosofía sino también la estética, es el panorama que se despliega en los años de composición de Las flores del mal.

Aunque París fue el centro e irradiación de la cultura y el arte de su tiempo, Baudelaire dijo en forma inapelable: “París centro e irradiación de la estupidez universal” (Prefacio. Incluido junto a Proyectos de Prólogos).

       
 

 

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