La cabeza de Lito venía flotando por sobre los respaldos de los asientos. No cabían dudas porque eran las orejas en pantalla, los grandes ojos con párpados en picada, y la mandíbula inferior hacia adelante. Hamacándose, como si el ómnibus marchara.

 

A Lito le compraba el diario puntualmente, apenas llegaba a la Terminal y siempre bajo protesta, como 

si se hubiera tardado y si lo correcto fuera ponerme el diario por delante, aún antes de que le hiciera ninguna indicación. Lito disfrutaba con esto, así como con las veces en que le compraba más de un diario -llegué a comprarle cuatro- "porque en casa somos unos cuantos."

 

La cabeza venía bamboleándose, como retrasando el tiempo de llegar a mi asiento.

-Vos siempre vas al mismo lado -me increpó cuando estuvo adelante -tenés que comprarme esto.

Me tendió una boletera azul. Las letras blancas indicaban: " Pasaje destino abierto. Cinco horas ".

-Vale lo mismo que el pasaje a Paysandú. Apenas siete diarios.

 

Me miraba con su mandíbula grande. Lito no sabía leer y algunas veces que había visto mi foto en el 

diario, me recibía con grandes aspavientos. De edad indefinida, tenía uno que conformarse con calcular treinta años.

 

-¿Y para qué quiero este pasaje ? Yo tengo que ir a Paysandú.

-Para comprarlo nomás. Dice que es mejor que el pasaje común.

 

Y se dio vuelta, sin ofrecerme siquiera el diario. Sus cabellos en punta iban asomando sobre los 

asientos. Tenía ya algunas canas. Corrí hacia adelante y le compré el boleto. El guarda que estaba observándome, se alegró de mi audacia.

 

-¿ Y adónde va el destino abierto?- le pregunté.

-¿ Y Lito no le dijo ? , usted sube y se aleja cinco horas para el lado que sorteen el chofer y el guarda.

 

Bajé y le compré el manojo de diarios que le quedaban. "Son para llevarlos de regalo al lugar adonde 

llegue.Quién sabe si por allí nos conocen".

 

Abrí los ojos. El ómnibus enfilaba rumbo a Paysandú.

       
 

 

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