LA SOBRIEDAD ARQUEOLÓGICA

Leonardo Garet descubre un antiguo género literario como pretexto para descifrar los signos culturales de nuestro tiempo

En Los Cantos de Maldoror hay un pasaje donde el extraño narrador habla de un ómnibus recorriendo la ciudad, a la vez que se interroga –e interpela al lector- sobre el origen de los pasajeros del vehículo fantasmal: " ¿Acaso son seres de la luna?". Maldoror, creación de Isidore Ducasse, violenta nuestra percepción de lo humano, la deforma sin tapujos.

En Anabákoros –"curiosa piedra literaria"-, el viaje a bordo de otro ómnibus que realiza su trayecto de Salto a Nínive, la ciudad del Antiguo Testamento, catapulta una mirada instrospectiva hacia ciertos aspectos de la cultura occidental. Dentro del discurso del narrador , los anabákoros exhalan cierta sobriedad arqueológica, escritos arcaicos cuya más exolícita definición es dada de modo inverosímil: el pasajero – narrador la descubre en una página del diario que otro pasajero va leyendo: " Composición en prosa de corta extensión y motivo variado, generalmente con implicancias metafísicas, donde se destacan los temas de la magia y el tiempo, de los viajes y la palabra. Se ha señalado la similitud del anabákoro con el cuento, aunque, a diferencia de éste, no se puede dudar de su origen escrito, que explica su casi imposibilidad de transmisión por vía oral, y por ende, el desconocimiento en que cayó a partir del 632 A.C., año de la destrucción de Nínive."

En realidad, los 101 textos cortos que componen el libro de Leonardo Garet (Salto, 1949), resultan ser la performance de estos anabákoros, continuamente citados en el relato que componen y en el discurso: "Los anabákoros se acercan indistintamente a la poesía, a la reflexión psicológica, existencial y teológica, sin perder nunca su aliento narrativo". El descentramiento temporal y espacial, dado por el sentido del viaje hipotético, el examen de realidades parciales y descontextualiazadas, como la presencia súbita de Internet -un artificio, una ficción simbólica- y las acotaciones sobre la cultura asiria y el pasado en general, sumados a una multiplicidad de observaciones, proponen una relectura de la sociedad contemporánea. A lo largo de la lectura, e incluso en lecturas salteadas, se asiste al redescubrimiento de nuestra realidad cotidiana y de los signos de identidad cultural, con el sabor de extrañamiento que impera en estos pasajeros, metáfora de la humanidad en viaje.

El narrador ofrece ciertos tics de humanismo; entre tanto deambular de los símbolos, el escrito -o anabákoro- 35 refiere a la actualidad y al sentir del homo sapiens del consumismo, reflejando la tesis posmoderna que postula la impotencia de la historia: "A los hombres de la aldea que va de horizonte a horizonte no les afecta para nada si todo lo que circula es falso o verdadero. Al fin de cuentas –piensan- lo verdadero es falso porque no es de esta época, no nos pertenece, o esta fuera de nuestras tarjetas. Lo nuestro es lo que se puede comprar en cuotas. Lo auténtico no tiene propaganda, ¿a quién van a hacer perder el tiempo si, además, lo auténtico apela solamente a un mérito que nadie descubre?".

¿Hay acaso un enfoque en la sensibilidad posmoderna en la redacción de Anabákoros? Lo cierto es que este viaje periférico que observa el comportamiento humano a orillas del año 2000 suscitará en el lector-arqueólogo la curiosidad por conocer otra perspectiva de esas que no se dan a luz en los informativos de TV, sino más bien emparentadas con el sentimiento de que nuestra cultura es un escrito hacia el futuro, como los anabákoros. "Y habrá anabákoros para grabar a fin de los tiempos". (inscripción bajorrelieve del palacio septentrional de Nínive).

 

J. P. PENZA

EL ESTANTE, Año V- Nº 51- Desde el 18 de enero de 17 de febrero de 2000.

       
 

 

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