ROGELIO, VENI PARA ADENTRO
QUE A ESTA HORA SE TERMINA EL MUNDO

Rogelio,vení para adentro que a esta hora se termina el mundo.Y el niño juntaba las bolitas y el trompo; iba a buscar la pelota de goma entre las cinacinas y volvía con un encogimiento de hombros.

No sabía lo que era terminarse el mundo y al otro día se olvidaba de preguntarle a los que quedaban afuera, como el Genio y Marcirio que, a veces, llegaban hasta el momento en que un día cambia para el otro. Ellos tendrían que saber, pero Rogelio no podía tampoco confesar esa ignorancia. El mundo se terminaba a horas distintas, antes de comer, después de comer, pero siempre cuando las campanas de la iglesia daban las ocho. A lo mejor algo tiene que ver con las campanas, o con la iglesia, a lo mejor con su madre que a esa hora se aclaraba la garganta con clara de huevo y se ponía a dar unos ayes como si le pegaran. El padre cerraba la puerta y lo conducía a Rogelio a comer, o a mirar el fuego.

Rogelio sintió una noche, poco después de la hora de las campanas, un canto que se metía por abajo de las puertas y parecía que levantaba las alfombras de cuero que estaban en el medio del comedor. La madre caminó como claveteando el piso y el padre se encerró en la cocina para poder dedicarse a esa tarea que siempre tenía para terminar en casa. Rogelio no se atrevió a preguntar, pero supo que por ese canto andaría el final anunciado. Por momentos era un largo llanto de perro, que lo llevaba a pensar en extensiones grandes de campo, sin árboles, nada más que piedras y allá, a lo lejos, una tapera habitada por hombres harapientos. Por allí, entre ladrillos y pedazos de muebles apenas reconocibles, aparecía la madre apartándolo hasta conducirlo a la vía a esperar los trenes que venían vociferando hasta tapar el grito y el llanto de los perros. Pero los trenes seguían de largo.

A la noche siguiente se encontró igual de ignorante; no había visto a Marcirio y el Genio andaba changando. El canto, llanto, o grito, no vino ni antes ni después de comer, pero la madre había cambiado el lugar de la alfombra y Rogelio pensó que era para que no la levantara el canto.

Los gurises del barrio fueron a lo de Marcirio que daba chocolate con galletitas "María" para festejar su cumpleaños. Cuando los mayores se desentendieron y les dejaron su espacio, Marcirio confió en un rincón del comedor que su padre, aquel grandulón que estaba cantando y haciendo bromas con un vaso en la mano, era de la perrera. Levantaba los perros- los abandonados, los sarnosos-, y un día a la semana, los mataba con una maceta de albañil. Un mazaso y ni sufren. Dice que aúlllan los que esperan y ven la muerte de los otros. Si, eso pasa de noche y puede ser que- como vos decís-sea a eso de las ocho.

Al domingo siguiente del cumpleaños llovía. Rogelio no había vuelto a salir a la calle a horas cercanas de la noche. Las hojas en blanco de cuadernos viejos quedaron ese día rayadas hasta su más pequeño espacio. Antes de tiempo porque las sombras fueron llegando temprano, la madre dijo que quería cantar con la ventana abierta para que la lluvia llevara bien lejos su canto.Y entonces se hizo, sin querer, la noche. A la madre se le cascó la voz cuando sonaron las campanas y se alejó de la ventana con cara de desolación. Rogelio pudo asomarse y no vio nada: la lluvia haciendo sombreritos y todas cerradas las ventanas de enfrente.

Pasaron más noches de las que hubiera deseado, hasta que Rogelio se animó a escaparse tal como había planeado cuidando hasta los detalles más pequeños. Había comido y se había acostado cuando sintió las campanas de las ocho y muy lentamente, abrió las persianas y salió. La ventana era más baja desde adentro- el gran detalle no pensado-, y cuando sus manos tocaron el pasto de afuera, se dio cuenta que sin la cama para trepar no podría volver. Miró la calle, larga, empedrada, con pozos. Nadie de los que tendría que haber, sólo una anacahuita en la esquina, le indicaba que miraba para el lado que creía. Una figura negra empezó a salir del telón del cielo- ¿cómo podía verla?-. Una finísima línea brillante la remarcaba. Era una figura de rostro anguloso, de camisa y chaleco de ángulos cortantes, de cuchillo goteando. No cabían dudas. El Carlanco, el Carlanco, el hombre que había vendido el alma y perseguía a sus hermanos para tomarles la sangre. El Carlanco sabía matar a un hombre sin que nadie se diera cuenta que quedaba muerto. El Carlanco tenía un montón de personas que trabajaban para él, hasta que caían en la tierra. No era hombre ni mujer, era un pozo de bordes brillantes que se tragaba por un lado a un niño y largaba por el otro un muñeco de trapo. Rogelio reconocía lo que, punto por punto, había imaginado cuando le contaban del Carlanco. Lo vio hamacar con desdén el brazo del cuchillo, señalando hacia un lado y hacia otro. Rogelio, cerrando los ojos como si tuviera que mirar lejísimo y apretando las manos como si fuera apartando las tinieblas, pudo rodear la casa y llegar hasta la puerta del frente. Levantó los puños y golpeó con toda el alma. Quién sabe si ya no se habrán dormido sus padres.

 


 

EL NEGRO CORBO

 

A medida que pasaban los años se le iban blanqueando los hijos al Negro Corbo. El mayor era retinto como él; tenía dos morenitos y el último era rubio. "Como mi mujer es blanca –explicaba– los críos cumplen con los dos". Y se reía. Pero no era eso. El mayor es el único suyo– puedo adelantar mientras se va enfocando al personaje. Además, si ya lo ubico en el barrio, eso lo puede decir un vecino cuando lo oye pasar cantando fuerte en el silencio de la siesta.

La señal que acude primero es la del Negro Corbo en un barrio de buenos bebedores, como único con un empecinamiento tan grande en la bebida que llegaba a empinarse una botella de alcohol blanco "Pereira", apretándole la cintura para que saliera más rápido. Se caía hacia atrás como si le pegara un tren. La impresión era que pegaba de nuca, porque ni los brazos alcanzaba a poner. Eso ocurría de tarde, después de haber cargado los camiones de fruta. Y siempre con la risa.

La noche de las bombitas apedreadas fue la primera vez que conversé con él a solas. Sin luna, la cuadra era un color que no distinguía casas ni árboles. Salí a la vereda para averiguar la causa.

–Acá estoy –llegó una voz imposible de ubicar.
Y como di un paso atrás y bajé la vereda, agregó:
–No me ves porque me mancharon con carbón.
Y la risa dio lugar a los dientes grandes.
–Diversión de los gurises, las bombitas.
También el farol que tenía frente a su puerta habría volado, sin embargo siguió:
–Y si... honda nueva. ¡Ah puntería fina de los gurises!

Con este detalle el Negro Corbo termina de dar un paso lo suficientemente amplio como para estar en esta hoja y en el oscuro cuadro de una vereda de barrio. Desde los dos ángulos se adelanta, pide que le salgan compañeros naturales de las costillas de la sombra, hace surgir la casa en que vive y las otras, que no son otra cosa que un telón por donde camina.

En un espacio de luces y sombras geométricas, se ilumina un rectángulo permitiendo que se ponga de pie el Negro Corbo, un cuadrado para una botella y, más al costado, un triángulo con cabeza se incorpora como mujer. Arriba se disponen rectángulos para bolsas acostadas y en la mitad izquierda, una serie de números y más números, compensa en tamaños y grosores las figuras de la derecha. Se hace de día y las bombitas rotas salpican de reflejos la vereda. El cuadro toma colores, más que dibujo es óleo. Corbo da un paso y se sienta. Salió trabajosamente de su casilla sin casi afectar el conjunto. Es que son muy estáticas las casillas: desde donde sea la botella preside arriba y en las columnas de la izquierda, los números se afirman, monolíticos. Por algún lado –y a oscuras– habrá entrado Corbo cuando era más joven. El hecho es que andaba recorriendo las callejuelas de piedra y tierra del barrio. Las líneas que lo cercaban estaban ocupadas por colores deshabitados. A Corbo le tenía que parecer que en algún lado una mujer lo esperaba. Esto se deduce porque una vez que se cuadricula encastrando las formas, los personajes proyectan su biografía. Corbo llegó al barrio solo; nada debe saber de su familia, padres o abandonos, para no dramatizar y transformar esta apuesta de creación "a los ojos", en una relación lacrimógena.

Corbo está parado al lado del surtidor de agua del barrio. Así se lo vio por primera vez: ayudando a llenar los baldes más grandes, acarreando los que le permitieron y en días sucesivos venciendo los últimos resquemores. Al fútbol no jugaba pero acompañó al cuadro y pudo inventar, sin mucha creatividad pero con chance de repercusiones en la memoria de quienes me leen, que el primer techo –todavía no cama–, Corbo lo tuvo en la pieza entre bar y almacén, con un rincón de fotos y copas de aluminio bronceado, que la señalaban, como sede del cuadro de fútbol.

Después se edifica fácil su integración al barrio y su adhesión a la causa de La Blanqueada F.C. siguió con extensión natural. Los primeros tiempos fue aguatero y sin darse cuenta casi, engrosó después la fila de los hombreadores de bolsas. Por una fisura de las bien separadas casillas llegó a tocarse con Florencia. El primer hijo fue del aguatero; los otros vinieron cuando ya se iba por una semana como acompañante changador en los camiones que iban a Montevideo. Debo empecinarme en negárselos.

A los pocos días de las bombitas apedreadas, Corbo me confesó que él estaba más sin salida que aquella cuadra de apagón. Yo tenía y tengo que demostrar asombro para que él siga contando:

–Me junté con Florencia cuando nació Nieves. Vivíamos en un cuadrado de chapas y no le importaba. Si todavía puedo reirme es teniendo aquellos días al alcance de la mano y pensando que debo estar preparado para encontrarlos.

Corbo no puede seguir más su razonamiento –confesión sin desvirtuarse como personaje. Tiene que quebrar algunos barrotes y soltar su risa para crecer y ocupar más su casilla. Se mueve como una ficha de juego que se va atraída al casillero de la botella. Es algo tan del barrio como el surtidor de metal tallado, o la sede del cuadro pintada a rayas verticales verdes y blancas como la camiseta del equipo.

Una de las formas de responder a esa identificación como personaje típico es acentuar las cosas, separarlo de su familia, porque con más facilidad podrá ser de todos. Corbo quedó pues, solo. Y seguía riendo como si las cosas le salieran a pedir de boca. También fue entonces que se pasó de la caña al alcohol puro, siempre con los buenos modales y la disposición servicial. Se le fue volviendo terrón la piel, se le blanqueó la cabeza y arquearon las piernas. Le corrieron varios años en uno. Ya no pudo hombrear bolsas y volvió a los baldes y a los mandados.

El barrio simplemente se dará cuenta que hace días que Corbo no anda por el almacén. Y quedará un rectángulo vacío en el cuadro. Puede ser que alguno de ustedes sienta que en su lugar no deba pintarse nada. En ese caso es porque habré acertado en las líneas, los colores de Corbo y del barrio.

       
 

 

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