PALABRAS DEL PROFESOR CARLOS NELSON JACQUES EN
OCASIÓN DE LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO LOS DÍAS DE ROGELIO.

 

 

Quizá, en días próximos, nos convoque la presentación de un nuevo libro de poemas de Leonardo. Hoy, nos reúne "Los días de Rogelio", volumen de cuentos que inaugura, como afirma Sylvia Lago, una nueva instancia de plenitud en su trayectoria creativa.

Washington Lockhart, Aníbal Alves, Jorge Arbeleche y Elbio Rodríguez Barilari, entre otros, han valorado la obra en prosa de Leonardo, desde “Los hombres del agua”, hasta “La casa del juglar”, señalando con lucidez sus distintas líneas temáticas y las peculiaridades de su estilo, siempre rico, profundamente personal y sugerente.

Por creerlos notablemente definidores de sus vertientes narrativas, recuerdo los juicios de Jorge Arbeleche y Rodríguez Barilari, a propósito de “Los hombres del agua” y “Los hombres del fuego”, respectivamente.

Afirma Arbeleche que “estamos ante un universo que se inicia, como si asistiéramos al comienzo de los tiempos, alrededor de los elementos fundamentales, -el agua, por ejemplo- y a los ritos sagrados que los celebran. Mundo mágico, que se entremezcla con el real y cotidiano, donde lo fabuloso convive con lo prosaico, donde se festeja, a través del símbolo agua, el misterio renovado de la vida".

Barilari sostiene que, “Como en “Los hombres del agua”, en “Los hombres del fuego”, se plantea una inquietud o vocación antropológica... Garet intenta la etnia, pero también debe darle un Tiempo Histórico (que tampoco tenemos)”.

Me permito acotar que en este sentido, Leonardo es un demiurgo, al modo del formidable José Arcadio Buendía de “Cien años de Soledad”: un implacable hurgador de sus “Macondos”. Agregaría, también, que en estos libros iniciales e iniciáticos, los personajes de muchos de sus cuentos se mueven impulsados por un hondo anhelo de una revelación trascendente: seres de un mundo rico e inquietante en complejidades, buscan las remotas claves explicativas del demiurgo que lo animó. Al fin y al cabo, Leonardo, hombre profundamente afincado en nuestro tiempo, no intenta sino interpretar, desde el ayer, este aquí y ahora, que nos regocija, pero también y sobre todo, nos duele y nos confunde.

Entiendo, además, que en sus relatos inaugurales, como en los últimos, que intentaremos reseñar, hay una arquitectura secreta, una admirable coherencia interna, que nos permite leerlos como un todo, sin que pierdan su particular singularidad: cada cuento contiene como claves para su comprensión, algo de los anteriores, y lo reelabora, generando nuevas claves.

“La casa del juglar” es libro en que se desarrollan y bifurcan las vertientes anotadas. A propósito de él, quiero, brevemente, dejar algunas observaciones.

A quién que es, no le interesa esa vivencia tan nuestra, que llamamos muerte?

Leonardo es convocado por el tema de la muerte en muchos de sus mejores cuentos. No sé si paradójicamente, encuentro en ellos cimas de poético lirismo,

La muerte. La muerte seca, violenta, mera liquidación de la vida, en ese admirable, descarnado relato de impactante final: “El negro Wanta”.

La muerte, una lenta, morosa invasión del cuerpo y sus sentidos, en “Lectura de labios”.

La muerte, que nos lleva a otra dimensión del tiempo y del espacio, poblada por ánimas inmersas en una eterna luz lunar, en “Los cuentos y mi hermano”.

La muerte, en fin, con ribetes de un humor muy peculiar, en “Paisanos con lagunas”, donde se unen los viejos “aparecidos” de nuestros cuentos de interior, y la laguna, ese espejo de aguas inmóviles, inquietantes y tentadoras, que tantas veces excitó nuestras fantasías infantiles.

Pero es momento de ocuparnos de “Los días de Rogelio”: ya sabemos que el tiempo de quien presenta un libro, debe ser elegantemente breve.

Ante todo, entiendo que es un libro de cuentos en los que se notan con mayor nitidez puntos de partida que se afincan en experiencias concretas de hechos vividos, o recibidos desde muy cerca.

Paralelamente, hay un aflojamiento del hermetismo de parte considerable de sus relatos anteriores: el desarrollo, de la anécdota es límpido, y el estilo, más libre, nos lleva siempre fruitivamente, hacia esos finales impactantes que revelan al escritor con pleno dominio de su oficio.

Tres secciones, de pareja calidad, componen el libro. En la inaugural, merecen mención especial “El cuidadoso entrenador”, y “El padre de Funes”. En el primero cobra vida la figura de un entrañable amigo común, ya desaparecido, Carlos Alves, Carlitos para nosotros, fue hombre de múltiples intereses: aquí, la pelea entre su gallo, “Recuerdo”, y “Olvido”, propiedad de Funes, nuestro viejo conocido, se vuelve una fina metáfora sobre los poderes de estas dos realidades que se disputan nuestros días.

“El padre de Funes” es un logrado ejemplo de lo que llamamos “literatura de la literatura”. Borges la practicó con excelencia; Leonardo descubre una zona de sombra en uno de los más conocidos relator del maestro, y la ilumina con luz propia.

En la segunda sección, en “Viva el cometa”, nos encontramos con un relato de ciencia ficción, en el que el escritor Leonardo Garet, desconfiado de la tecnología, encuentra una solución feliz para el problema de la recuperación de las olvidadas y bienamadas palabras.

“Tercer Piso” es una nueva versión de la licantropía: es la mujer, y no el hombre, la que enlobizona, a través del amor físico.

“El bebé” es un inquietante relato exploratorio de las posibles formas de persistencia del amor obsesivo.

Los catorce cuentos de la tercera sección, que comparten su título con el del libro, constituyen, en realidad, un solo cuento, mitad invención, y mitad, creo, biografía íntima. El hilo de la memoria conduce estos relatos, que nos van revelando, al margen de todo tiempo cronológico, la madurez de un niño marcado por una temprana sed de conocer.

Desde el primero pasta el décimo cuarto, asistimos con él, entonces, al inicio de la aventura del saber, por vía del pensamiento y del ensueño; al despertar pudoroso de los instintos sexuales; al descubrimiento del valor de las palabras, y del poder de las palabras; al asombro ante la diversidad, la multiplicidad infinita del mundo. También asistimos a sus primeros atisbos de percepción de las realidades que se ocultan detrás de las apariencias de las cosas; a sus primeros temores, y a sus primeras inconscientes crueldades. Pero dejemos que Rogelio, mano a mano, les revele sus vivencias.

Quiero finalizar con una afirmación y una confesión. Afirmo que “Los días de Rogelio”, es simple y maravillosamente, un libro que incita al placer de la lectura.

Confieso que después de leer sus catorce cuentos finales, sentí la tentación de proponer a Leonardo que los incluyera, a manera de singular prólogo, en las reediciones de sus primeros libros... creo que el rostro de Rogelio se asoma vigilante en cada uno de los cuentos de “Los hombres del Agua”, “Los hombres del fuego” y “La casa del juglar”...

Por supuesto, me impuse luego la sensatez de pensar que los creadores son más sabios, más exactas que los críticos y que aquellos que, modestamente, a veces, opinamos sobre las obras de arte.

Muchas gracias

 

Carlos Nelson Jacques, Artigas, Uruguay (1943). Profesor de Literatura. Investigador. Ha publicado en medios periodísticos de Uruguay y en Brasil.

       
 

 

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