EL ATAÚD ESFÉRICO

No sé quién leerá esta carta, (suponiendo que alguien note mi ausencia o se percate de un olor fétido al pasar frente a mi casa.), ni cuando. Pero algo que sí sé es que seguramente se preguntará: ¿Porqué?. ¿Porqué este hombre decidió dejarse morir dentro de esta esfera de madera? Y eso es lo que quiero contar, obviaré otros hechos de mi vida pues no tienen importancia, y aunque la tuvieran todos se verían eclipsados por esta última decisión.

Todo comenzó un domingo. Había llovido todo el día, no tenía ningún libro que me interesara, comenzaba a leer y los dejaba abiertos sobre la mesa. Por la noche sentado en el water, mirando caer la sombra de la pileta, a escasos centímetros de las líneas de las baldosas, sentí rabia. Rabia por esa incorrección y me pregunté que evitaba que todo en mi baño y en mi casa, respondiera a mi gusto estético, a mi sentido de armonía,... a la perfección. Enseguida fui a buscar mis herramientas y removí todas las baldosas. Al día siguiente compré nuevas y las coloqué de manera que la sombra del lavamanos terminara justo sobre una de las líneas de unión. Pero a medida que continuaba avanzando encontraba dificultades para cubrir la superficie del baño sin romper las baldosas, (cuestión que me alejaría aún más de mi objetivo.) Harto de intentar ese puzzle imposible cubrí toda la superficie del baño y de la casa con cinco centímetros de hormigón. Procurando dejar el suelo lo más liso posible. Trabajé de un tirón por todo un día y una noche. Feliz como nunca, me quedé observando mi obra culminada. Al otro día retiré del baño las cortinas y todo lo que me pareció sobrante, como el termofón, y la silla que me servía de mesa. Después pasé al cuarto. Era mi lugar favorito de la casa, por eso me sentía aún más alegre al trabajar en él. Solo dejé la cama y la estantería con mis libros, todo lo demás, como los cuadros, las fotos, y el ropero lo tiré afuera, en el patio. También deseché el espejo, pues es imposible recrear sus caprichosas simetrías. Además era lo único, quitando mi sombra, que

 

me unía al entorno, que no me permitía ser un mero observador. Centré la cama y clausuré la ventana. Compré otra estantería idéntica y la coloqué en la pared opuesta a la primera. Por meses busqué ejemplares de cada uno de mis libros; debían ser de la misma edición y usados. Al final no tuve otra alternativa que robar la biblioteca. Incluso subrayé frases, transcribí anotaciones que aparecían en los míos. Desgraciadamente me fue imposible encontrar algunos. Tuve que quemarlos.

Me disponía a retomar la reforma, en este caso el living, cuando me di cuenta: toda mi casa estaba mal, no tenía armonía, piezas grandes y pequeñas todas unidas sin equilibrio ni un verdadero sentido de unidad. No servía de nada trabajar sobre lo ya hecho, había que empezar de nuevo, desde el principio.

Por dos días y dos noches intenté crear el plano de esa casa perfecta. Al fin llegué a la conclusión de que debía ser una sola pieza. Pero la única forma que funcionaría sería que estuviese vacía, y además sin puertas ni ventanas. Solo la total oscuridad evitaría que diferenciara sus lados y sus aristas. Pero no... enseguida rechacé la idea, pues incluso en la total oscuridad, si solo me parara en el centro de la habitación, en mi memoria diferenciaría sus lados. ¡Era imposible!

Horas, quizá días, pasé acostado en el suelo mirando las telarañas del techo. Hasta que me iluminó un poema que había olvidado, creado para ese momento, por un autor que aún hoy no puedo nombrar, (natural atributo de una divinidad):

 

“Quiero palabras como esferas

pero estancado en mi nombre

mi brazo dibuja círculos.

Entré a la casa las cosas del patio y me aboqué a la tarea. Casi un año me llevó la construcción de las partes de la esfera. Debía tener un diámetro de casi dos metros y un espesor de veinticinco centímetros. Además ser perfectamente esférica, hermética e inviolable tanto por fuerzas exteriores como interiores.

Hace media hora que ensamblé la mayor parte de las piezas y comencé a escribir esta nota mientras esperaba que se secara el cemento. Voy a entrar. Increíblemente hoy es mi último día aquí. Ya no soporto la visión de las cosas que me rodean, me hubiera vendado los ojos si me fuera posible trabajar sin ver. Pero ya no más si todo sale bien no saldré, no sufriré la necesidad de salir, de romper el círculo.

 

Tierra en los bolsillos

En lo más alto del tanque de O.S.E. esperaba el amanecer. Miraba la ciudad a los ojos: miraba el hospital. Le sorprendió su apariencia de caja, y que le sorprendiera la sorprendió más, ella que creía haber perdido la capacidad de asombro hacía demasiado tiempo. Justo ayer había hablado del hospital como de su casa con un poco de vergüenza. Erica reparó en las luces de la ciudad por primera vez y sintió ganas de hablarle como a niñas, de juntarlas como piedras.

Intentó recordar el día en que conoció a Ernesto. Enseguida notó que estaba muy enfermo, no por la parsimonia de sus movimientos o su terrible tos que olía a vino, sino por un río de resignación que recorría su cuerpo en círculos. Casi sin hablar lo atendió en “Emergencia”. Erica sentía el peso del asma “como un hacha en la espalda”, “es como correr y correr sin poder ver la meta” le dijo Ernesto en uno de sus ataques.

Ese primer día también sin hablar se metieron en la cama. Tan segura de quien era se sintió en esa ocasión que sin pensarlo lo mordió en el hombro hasta la sangre. Él no dijo nada, tampoco después, solo el silbido de su respiración se cortó por un momento. Fue esa misma noche cuando Ernesto buscando el encendedor encontró la tierra en su bolsillo. Erica no lo volvió a hacer.

Sacó el puñado de tierra de su bolsillo derecho y lo dejó armoniosamente sobre uno de los escalones de hierro. Instantáneamente al contacto con la tierra, como siempre, se vio a sí misma de rodillas sobre una fosa removida, sintió la marca fría y oscura de la “E” de cobre de la lápida, y recordó su promesa: escaparía a un sangriento destino; irónicamente se uniría a la cruz roja. Hoy más que nunca supo que el rostro que miraba sin ver la ciudad, y el que leía su propio nombre en el mármol, eran el mismo, por dentro y por fuera.

El viento de la madrugada hizo brotar algunas monedas de cobre del montón. No quiso mirar su bata, a pesar de la oscuridad sentía su resplandor blanquecino. Se la quitó y la arrojó al vacío. Sabía que eran las cinco. Se desnudó y quemó su ropa, las medias ayudaron a que ardiera a pesar de estar algo húmeda por el sereno. El viento hizo caer las llamas que pronto se ahogaron, por la escalera; los trapos chamuscados la esperaban a medio camino. Persistía aun el sabor a sangre en su boca. Se dio cuenta que había tenido la boca abierta todo este tiempo, pensó también que debía sentir frío, pero su cuerpo ardía. Se paró estirándose en la noche desnuda, sentía el viento entre sus piernas, a los lados y entre sus dedos secando la sangre. Eran las cinco y mediaTres horas hacía que Ernesto había muerto. Quién sabe quién lo encontraría vaciado y amarillento como un papel sobre su cama, y se fijaría en las gotas de sangre de sus sábanas que como puntos suspensivos aguardaban

 

El ataque de esa noche había sido realmente fuerte. Los efectos del medicamento demoraban, solo se podía esperar. Ernesto boca arriba inhalaba y resoplaba arena, mecánicamente. Sus ojos estaban más allá del techo. A pesar de todo ella se durmió vencida por el cansancio. El hombre se rascaba la sangre seca de días, en su hombro pensando en la tierra, en como Erica llegaba con la noche, en su cuerpo fibroso y nervoso como un árbol, en su sed inmensa de instantes, de texturas, de como le gustaba sentir su barba incipiente, y como sonreía tristemente mientras lo afeitaba. Recordó su cariño por los gatos, y como acariciaba en su falda el lomo de los libros, que decía no haber leído ni pensar hacerlo. En esta deriva estaba cuando encalló sin asombro, como caemos a la vida cada mañana, en la oscura idea de que ella era un vampiro. Entre sueño y agonía las imágenes apelmazadas apretaban la arena de sus pulmones. Los hombros mostraban su tortura. Se le ocurrió un movimiento, como no podía ser de otra manera desesperado y bajo. De un manotazo tomó el tubo de vidrio del mechero a kerosen y lo quebró entre las frazadas, para no hacer ruido, con uno de los pedazos se hizo una pequeña incisión en el cuello, sin querer demasiado profunda, (no le hubiera sorprendido que sus manos se le hubieran llenado de arena) Erica se movió en la cama bruscamente y dijo palabras incomprensibles. La sangre tibia le acariciaba los pelos del pecho. Mojó los labios de la mujer, ella bebió sus dedos sin violencia como si bebiera agua de sus manos.

Serían las seis. Erica seguía de pie. Dos surcos de lágrimas la arañaban hasta el vientre. El esperado párpado de luz comenzó a abrirse en el horizonte. Vio su cuerpo desnudo, blanquísimo al igual que su bata que esperaba allá abajo como un perro echado. Cerró los ojos y saltó.

Al barrendero que pasó por ahí, minutos después, no le asombró encontrar una túnica de médico en la vereda pues él había encontrado muchos restos de naufragios en la orilla de la noche.

 

Leonardo Flores

Nació en Montevideo en 1982, vivió en Salto desde 1986 hasta el año 2004 en que se radica en San José.

Profesor de Lengua y Literatura. Publicó poemas en el Semanario Propuesta de Artigas. Está incluido en la antología Los nombres del cuento, Ediciones Aldebarán, 2004.

       
 

 

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