ATENEO N° 3

Horacio Quiroga

El hombre de dos patrias

 

Por Leonardo Garet

El río Paraná, mirado desde la meseta donde Quiroga construyó su casa, ofrece un panorama que reproduce el del río Uruguay mirado desde la Piedra Alta de la Costanera Sur de Salto. La determinación con que el escritor se afincó en el paisaje misionero, se corresponde con su alejamiento de la ciudad que lo vio nacer.

Horacio Silvestre Quiroga nació en Salto, el 31 de diciembre de 1878. Escuela y liceo en Salto. Tiempo de la experimentación de diversos oficios; de las primeras lecturas compartidas con un grupo de amigos, "Los tres mosqueteros"; y de una publicación literaria, "La revista del Salto", ( veinte números desde el 11 de diciembre de 1899, al 4 de febrero de 1900).

Su inquieto espíritu comienza una larga búsqueda. Se va de Salto a Montevideo, el 21 de marzo de 1900, nueve días después embarca en el Cittá di Torino hacia Paris, vía Génova, adonde arribaría el 24 de abril. Apenas dos meses en París porque el 12 de julio desembarca de regreso en Montevideo.

Sus visitas a Salto serán escasas; en la capital están los amigos salteños con los que vive ahora la aventura del Consistorio del Gay Saber, cenáculo de despreocupada bohemia y febril experimentación modernista, que se trunca por la trágica muerte de Federico Ferrando, uno de los cofrades, el 5 de marzo de 1902. Una vez que se demuestra su inocencia -Quiroga le enseñaba el manejo de una pistola a Ferrando cuando se escapó el disparo fatal-, se radica en Buenos Aires.

Viaja a Misiones en 1903, acompañando como fotógrafo a Leopoldo Lugones, y adquiere 185 hectáreas en Misiones. Prepara su radicación- "un poco de vida brava", que sucederá en 1910, después de contraer matrimonio con Ana María Cirés, en 1909. Períodos de vida en Misiones y otros tantos en Buenos Aires; pero allí, a la orilla del río y de la selva, en la meseta que él planta y en la casa que él se construye, transcurrirán sus años más fecundos, los de la búsqueda solitaria de la cual la literatura sería el mejor espejo.

Allá abajo, el río Paraná cumplía con la ilusión del viaje a lo desconocido que a la vez represente el encuentro consigo mismo. Salto y Misiones, Montevideo y Buenos Aires, confirmarían las dos patrias que llevaba en la sangre. De madre uruguaya, Pastora Forteza, y de padre argentino, Prudencio Quiroga, Horacio nació en Salto, pero en el Consulado argentino. Y a su muerte, ocurrida por propia determinación en el Hospital de Buenos Aires, el 28 de febrero de 1937, sus amigos retornarían a Salto sus cenizas, para ser depositadas en la urna depositada en la talla de algarrobo, que realizara el escultor Stefan Erzia.

 

Este contemporáneo nuestro

De pocos elegidos del destino es que su obra artística siga interesando más allá de las líneas espacio temporales de su autor. Quiroga es hoy tanto motivo de asombro en los jóvenes que lo descubren como en los adultos que lo releen, tanto en nuestros dos países del Plata, como en países alejados en el espacio y en el idioma. Interesa al que apenas se acerca a la literatura y al estudioso que jerarquiza los aportes considerando rigurosamente sus valores.

Periódicamente visitan Salto estudiantes de diversas universidades, que preparan su tesis sobre "el mejor cuentista del idioma" y desean conocer ese algo imponderable que en algún momento podemos suponer queda en el lugar donde transitó alguien por quien se siente una admiración especial. De lo material, es poco lo que pueden encontrar: la casa donde nació, aunque muy reformada, en calle Uruguay Nº 866 - entonces calle Real-; la casa quinta donde transcurrió su infancia, hoy convertida en escuela Nº 78, que lleva su nombre; su cabeza tallada en algarrobo por Stefan Erzia y que contiene una urna con sus cenizas; su bicicleta y algunos elementos menores, en el rincón que lleva su nombre en el Museo Histórico. Y poco más. No hay duda que por suerte y para todos, Quiroga se encuentra entero en las mejores páginas de sus libros.

 

Una vida enteramente escrita

Escritor como parte del irrefrenable impulso de hacedor, comenzó a darse a conocer joven y torrencialmente. Para navegar hay que hacerse el barco (en Misiones se hizo la canoa bautizada "La gaviota") y en Salto, se animó a una revista literaria.

En Montevideo publicó el que sería considerado el primer libro modernista del Uruguay, Los arrecifes de coral (1901), de verso y prosa, y se despidió para siempre de la poesía. Un clima alucinatorio recorre este libro que procuró escandalizar y en ese sentido tuvo éxito.

Ya en Argentina, colaboró en los principales órganos periodísticos, "La Nación " y "Caras y caretas ". De entre esas colaboraciones elegiría los textos para sus libros procurando que la variedad de temas presentara "cuentos de todos los colores".

Su primer libro de cuentos El crimen del otro ( Imprenta de obras y Casa Editora de Emilio Spinelli, Bs. As. 1904), muestra una muy visible influencia del norteamericano Edgar Allan Poe y titubeos estilísticos de quien está ingresando al género.

Enseguida experimenta con un texto extenso, Los perseguidos, escrito en 1905, pero publicado junto a Historia de una amor turbio, (Bs. As. Arnoldo Moen, 1908). Los perseguidos es una nouvelle de ambiente ciudadano que alienta vida propia a pesar de provenir de la atmósfera de Poe. ("Cree en un maestro Poe Maupassant, Kipling..." "Decálogo del perfecto cuentista".)

Historia de un amor turbio es una novela que afecta la forma de diario personal. La temática es el amor disperso entre dos hermanas, y otra vez -como en Los arrecifes-, el mérito se puede encontrar en la audacia de los planteos.

Cuentos de amor de locura y de muerte ( Bs As, Soc. Cop. Ed. Ltda. "Buenos Aires", Imprenta Mercatali, 1917), presenta las influencias de pensamiento bien asimiladas, integrándose a lo mejor de su experiencia vital. Ambientó las vivencias más conflictivas en un paisaje hasta entonces habitado en la literatura, por personajes sin cuestionamientos interiores. El éxito del libro fue un acontecimiento en Buenos Aires. Su autor comenzó a gozar el amplio reconocimiento de crítica y de lectores.

A pesar de que en su anterior libro, Quiroga ha descubierto su ambiente -la selva-, y su tema -el enfrentamiento del hombre con la muerte-, cree que también debe dedicarse a los niños. Y concibe Cuentos de la selva (B.As. Soc. Cop. Ed. Ltda. "Buenos Aires", 1918), logrando el tono adecuado para trasmitir una dimensión donde el hombre convive con los animales.

El salvaje (Bs. As. Soc. Cop. Ltda. "Buenos Aires", 1920); Anaconda (Bs. As. Agencia Gral. de Librerías y Publicaciones, 1921); El desierto (Bs.As. Babel, 1924) son otros tantos títulos que confirman los temas y el lenguaje de quien ya es reconocido el mejor cuentista de América.

Aparecen, en España, una antología La gallina degollada y otros cuentos; en París, traducciones al francés del cuento "Anaconda", (1922), y de Cuentos de la selva (1927), ambas por el traductor Francis de Miomandre; en Londres, traducción al inglés de Cuentos de la selva (1923); y en Berlín, traducción al alemán de Los desterrados en 1931.

En 1926 se publica el que será reconocido como su mejor libro, Los desterrados (Bs.As. Babel, 1926). Quiroga había reconocido dos líneas en sus cuentos: : "los de efecto y los cuentos a puño limpio". Los primeros son aquellos que buscan conmover con su final; y los segundos, aquellos que apuestan a una lectura sin sorpresas. Los cuentos de Los desterrados guardan entre sí relaciones de personajes, y de tiempo de los sucesos, y son todos "a puño limpio".

El inconformiso creador lo hace reincidir en la novela con Pasado amor (Bs.As.Ed. Babel,1928) con similar falta de fortuna que en 1908. También escribe en colaboración con Leonardo Glusberg un texto de lectura escolar Suelo natal (Bs.As.F.Crespillo editor, 1931).

Su último libro Más allá (Bs. As. Ed. Soc. Amigos del Libro rioplatense, 1935), recoge textos de variadas fechas de composición y de ambientes -salvo "El hijo"- muy lejanos a la selva. El experimentador deja a su imaginación ingresar a las regiones de lo fantástico. Y en las posibilidades de la técnica, cercanas al interés seudo-científico, se comporta para la literatura americana, otra vez como un un pionero.

Fue la suya, una vida enteramente escrita. Un importante legado de correspondencia, del que hay que destacar las cartas a Ezequiel Martínez Estrada. Cuatro incursiones en la novela con el seudónimo S. Fragoso Lima. La adaptación para teatro del cuento "Una estación de amor", con el título Las sacrificadas, se estrenó en 1921. Pero sin discusión su más fecunda capacidad creativa estuvo entregada al cuento. Quedaron muchos de ellos dispersos en diarios y revistas.

Los textos -cuentos, novelas, cartas, artículos, y una pequeña obra teatral, "El soldado"-, dejados por su autor fuera del libro se irían, aunque tardíamente, recopilando. Obras inéditas y desconocidas, con plan y dirección general de Angel Rama (Ed. Arca, 8 tomos, Montevideo, 1967 y l973) fue el primer intento; La selva y la ciudad, con selección y prólogo de Leonardo Garet (Academia Uruguay de Letras y Ed. Asociados, 1994); y Lo que no puede decirse y otros textos, con selección y prólogo de Pablo Rocca (Ed. de la Banda Oriental, 1994), han concluído la publicación de todo el material conocido.

Quiroga dirá en carta de julio de 1934 a César Tiempo: "Al recorrer mi archivo literario, a propósito de Más allá, anoté ciento ocho historias editadas y sesenta y dos que quedaron rezagadas. La suma da 170 cuentos, lo que es ya una enormidad para un hombre solo. Incluya usted algo como el doble de artículos más o menos literarios y convendrá en que tengo mi derecho a resistirme a escribir más.Si en dicha cantidad de páginas no dije lo que quería, no es tiempo ya de decirlo. Tal es."

 

Antena para la tragedia

Escasos dos meses tenía Horacio, el cuarto hijo del matrimonio de Juana Petrona ( "Pastora" ) Forteza y Prudencio Quiroga, cuando muere el padre, en infortunado accidente al disparársele la escopeta durante una excursión de paseo con su esposa y su hijo más pequeño, por el arroyo San Antonio de Salto. Cuando este hijo comience a escribir se reconocerá, extremando los términos, como póstumo.

Pastora Forteza se casa con Ascencio Barcos en 1891 y según sus biógrafos Delgado y Brígnole, las relaciones de éste con Horacio resultaron muy afectivas. Una hemorragia cerebral lo deja paralítico a Barcos, Quiroga le sirve de intérprete, y será quien descubra su cuerpo cuando en 1896, accionando con un dedo del pie, se quite la vida con una escopeta.

En Montevideo, en 1902, ocurre el malhadado episodio en que se le escapa un tiro mientras le enseñaba a su amigo Federico Ferrando el uso del arma que le habría de valer en un probable duelo. Ante la luz de este episodio la cercana determinación de vivir en la selva no parece tanto deseo de consubstanciación con la naturaleza cuanto necesidad de olvido y provocación al destino.

El 30 de diciembre de 1909 se casa con su alumna de castellano del Colegio Normal Nº 8, Ana María Cirés, la convence para ir a vivir a Misiones, venciendo la previsible oposición de los padres de Ana María. Por expresa voluntad de Horacio, Eglé, su primera hija, nacerá en San Ignacio, el 29 de enero de 1911, con la sola atención que él podía suministrarle. El 15 de enero de 1911 nace en Buenos Aires, Darío. La educación de ambos se realiza de acuerdo a un riguroso plan de aprendizaje del peligro. El 14 de diciembre de 1915 se suicida su esposa, ingiriendo sublimado, después de una agonía de 8 días. El hombre queda con sus hijos solo en la selva, anticipándose a los terrores del personaje de "El desierto".

En diciembre del año siguiente vuelve a Buenos Aires. Vive con sus dos hijos en un sótano en la calle Cánning Nº 164. Llega el tiempo de los reconocimientos: ingresa en 1917 al Consulado General en la Argentina; en 1919 es el comentarista de estrenos cinematográficos de"Caras y Caretas"; prosigue con sus colaboraciones en "La Nación" y "Billiken"; en 1926 ocupa una casa-quinta en la localidad de Vicente López y contrae matrimonio el 16 de julio de 1927 con María Elena Bravo, de la misma edad que Eglé. La hija de ambos, que llevará el nombre de su madre, nace en l928, y se la conocerá por "Pitoca". Problemas matrimoniales que comienzan a agravarse en 1931, volverán más frecuentes sus retornos a San Ignacio. La estrella decae también en lo literario por el desconocimiento ostentoso de su obra que practican las nuevas generaciones.

El 19 de febrero de l937, en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires, se suicida Quiroga con una fuerte dosis de cianuro que había comprado el día anterior. La tragedia, en el punto más alto de la antena, seguirá despidiendo sus rayos. En 1939 se suicida Eglé, en 1954 Darío y en 1988, Pitoca.

Enseguida de su muerte la casa de Quiroga en Misiones fue "literalmente saqueada", según informa su amigo Ezequiel Martínez Estrada.

 

Nunca se conformó con ser espectador

Su propia vida se ha vuelto centro de referencias, obra y vida de Quiroga han "perdido el respeto a la ley severa" y se encuentran a nuestro lado, planteando alternativas que siguen inquietando, quizás porque nada se ha perdido tanto con el avance de la civilización del "todo pronto", como el valor de la propia experimentación. Nadie como Quiroga se resignó menos a ser pasivo integrante de una fila con destino marcado.

La Química le interesaba más por las posibilidades de la propia experimentación que por lo que podía aprender en el liceo. Tal lo que informan Delgado y Brígnole (Vida y obra de Horacio Quiroga, Mont. Biblioteca Rodó, 1939) y se confirmará en su vida de colono en forma de afanes industriales. Desde niño le atrajo el ciclismo: "La gloria tenía para él -cuentan Delgado y Brígnole- dos pedales y un manubrio". Fue el que primero unió Salto y Paysandú en bicicleta; fundó el "Club Ciclista Salteño"; corrió en París en bicicleta.

En 1905 se lo ubica de lleno en la galvanoplastia. Dicen Oscar Massotta y Jorge Laforgue: "Carlos Giambiagi, en 1942, narra a Germán de Laferrère algunas " aventuras" compartidas con Quiroga: fabricación de yateí (dulce de maní y miel) y de macetas especiales para el trasplante de la yerba, invención de un aparato para matar hormigas, destilación de naranja; cabe agregar: fabricación de maíz quebrado, mosaicos de bleck, y arena ferruginosa, resina de incienso por destilación seca, carbón, cáscaras abrillantadas de apepí, tintura de lapacho precipitada por la potasa, extracción de caucho, construcción de secadores y carriles; pero su ocupación primera es, sin duda, el trabajo de la tierra". ("Cronología", en Horacio Quiroga, de Noé Jitrik, Montevideo, Arca, 1967).

Siguen diciendo Massotta y Laforgue citando en este caso a W. G. Weyland, en nota que ubican en 1928: "Lo he visto en su taller, instalado en el garage de la casa, construir muebles dignos de un ebanista, y una canoa angosta y muy alargada, muy marinera, con la que realizó una excursión por el río Paraná. También armar y desarmar su viejo, trepidante Ford a bigotes ( que había comprado tres años antes), y su motocicleta. El pequeño zoológico doméstico le demandaba infinitos cuidados. Tenía en jaulas de madera un aguará y un coatí, y sueltos en el jardín, un oso hormiguero, un carpincho muy manso y diversas aves del orden de las zancudas: flamencos, chuñas, etc."

Desde joven le atrajo la fotografía, y como fotógrafo conoció el Chaco. Se construye su propia casa en 1908, de madera; no la que actualmente se puede conocer en Misiones, de piedra, y de la que fue más que constructor, reformador.

Tuvo al cine como motivo literario en especulaciones seudo-científicas que dan entrada a lo fantástico en la literatura americana. Y fue también de los primeros que lo tomó como arte de valederas posibilidades.

En el capítulo donde desarrolla su idea de Horacio Quiroga como "homo faber", dice Noé Jitrik: "Hay seguramente una técnica de hacer cosas que Quiroga maneja bien, porque ha sido inventor e industrial y aprecia particularmente el lado manual de la vida. Pero no se puede limitar a una simple familiaridad de medios el recurso a una actividad que aclara todo un modo de entender la realidad. No siempre Quiroga fue inventor , y, cuando lo fue, lo fue un poco a la manera de Lugones, más por humor y vanidad renacentista que por impulso constructivo práctico. Como fabricante, sus ideas fueron esplendorosas pero infinitamente deficitarias cuando no impracticables; como hombre de empresa tuvo que acojerse a empleos nacionales o escribir cuentos para revistas de gran difusión. Todo eso, sin embargo, confluyó para engendrarle un amor por las cosas y su funcionamiento que no quedó en " hobby" del fin de semana o en empresa productiva o ilusa, sino que lo acercó al trabajo como forma de contacto con la realidad y a la acción como modo de penetración en el mundo y forma de lograr el deslinde de uno mismo ". (" Op. cit.)

       
 

 

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